Las maestras de la República

Que a estas alturas de la película haya a quien sus prejuicios ideológicos les distancie de un trabajo de documentación tan necesario y comprometido como Las maestras de la República (Pilar Pérez Solano, 2013), simple y llanamente por su título, es para hacérselo mirar. Éste es el principal escollo al que se enfrenta esta obra de humanidad desbordante: que exista gente que catalogue de izquierdas o de derechas algo que va más allá de esta reducción simplista. Y es que lo que pretende este documental es de sentido común: rendir homenaje a todas esas mujeres que revolucionaron la educación en España durante la Segunda República, transgrediendo normas obsoletas e insuflando aires regeneradores en el sistema. Unas pedagogas que se caracterizaron por comulgar, fuera y dentro de las aulas, con los postulados del régimen que defendían; postulados que iban desde la lucha contra la segregación por sexos -argumentada aquí como que “compartir la hora de comer también es educación”– hasta la implantación de un sistema laico, desligado de la religión. Temas, la mayoría de ellos, que siguen de máxima actualidad y que hacen que resulte especialmente doloroso comprobar cómo por lo que tanto pelearon este acervo de pedagogas hace casi un siglo esté hoy amenazado por los poderes políticos. 

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En la casa

François Ozon, uno de los máximos renovadores del cine francés desde la década de los 90 gracias a  trabajos como Mi refugio (2009) o Amantes criminales (1998), volvió a demostrar, más que nunca, su admirable libertad creativa y su brillante ejercicio de estilo en la obra maestra En la casa (2012). Adicto también a escribir el guión de sus propias películas, el cineasta adapta la novela El chico de la última fila del dramaturgo español Juan Moyarga. Rica en sutilezas y matices, esta perturbadora pieza angular del cine galo es un relato que exige de un segundo visionado para capturar e interiorizar todo su conjunto de pliegues narrativos, que abarcan desde la aparente sutilidad hasta la imprevisibilidad más absoluta. Partiendo de la base temática de un joven que se adentra en la casa de un compañero de clase con el fin de inspirarse para unas redacciones encargadas por su profesor de literatura-con quién establecerá una extraña e insólita relación-, En la casa demuestra una habilidad asombrosa para transformar lo que comienza siendo un inocente juego sobre la amistad en una espiral donde se fusiona auténtico cine negro con el meramente contemplativo, donde nada es lo que parece y donde ni los personajes -ni el propio espectador- son capaces de discernir entre realidad y ficción.

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El indomable Will Hunting

Probablemente, si elaborásemos una lista con las películas más recomendables para la juventud, El indomable Will Hunting (Gus Van Sant, 1997), ocuparía uno de sus primeros puestos. Una de las cintas más aplaudidas del cine americano reciente consigue, sin necesidad de recurrir a los efectos especiales ni grandes algarabías, un relato que bien podría entenderse como una guía en la que aparecen reseñadas algunas de las claves para triunfar en la vida. La película, que ya digo que no cae en lo meramente comercial, se apoya fundamentalmente en un sólido y convincente guión -escrito por Matt Damon y Ben Affleck y galardonado con el Oscar- y unas interpretaciones que llegan al alma, destacando además de Damon, que se reveló como uno de los actores más preparados de su generación, un carismático Robin Williams en uno de los mejores trabajos de su carrera. El consagrado actor fue premiado con la otra estatuilla dorada que logró la película -de un total de 9 nominaciones-, y eso que el intérprete no hace acto de presencia hasta transcurrida casi una hora de metraje, lo que no quita con que su papel sea vital, protagonizando además las escenas más aplaudidas del film. 

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Semilla de maldad

El filósofo alemán Friedrich Nietzsche dijo una vez: “poca gratitud se tiene por el maestro cuando se continúa siendo siempre alumno”. En el caso de los estudiantes del North Manual Hight School la gratitud hacia su nuevo profesor de gramática, un veterano del ejército que entra a trabajar en esta escuela pública, es directamente inexistente. El recién incorporado Richard Dadier (un sólido Glenn Ford) no tardará en comprender que el mundo de la enseñanza es más duro que lo que jamás imaginó cuando tenga que lidiar con el grupo de criaturas rebeldes e indomables que tiene por alumnos. Todo un colectivo de jóvenes con el que la película pretende reflejar esa conflictiva generación que surgió de la posguerra, agresivos e inconformistas. Dadier soportará en sus propias carnes vejaciones, insultos, agresiones físicas y, lo que es más grave, amenazas telefónicas a su esposa, Anne (Anne Francis), que se encuentra embarazada. Semilla de maldad (Richard Brooks, 1955), en este sentido, fue pionera en retratar a la perfección, además de cómo era el día a día en la enseñanza pública, ese segmento de la juventud americana de la década de los 50 organizado en torno a bandas lideradas por peligrosos y caricaturescos personajes. Su valor documental es, por tanto, impagable. 

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