La Habitación

¿Puede una película ser profundamente desagradable y profundamente hermosa al mismo tiempo? La respuesta es sí. Se llama La Habitación (2015) y la firma Lenny Abrahamson, responsable de las inclasificables Garaje (2007) o Frank (2014). El director irlandés debuta en Hollywood con una película reposada, tierna, llena de sentimientos y, al mismo tiempo, tremebunda, desgarradora y, por instantes, terrorífica. Queda claro que no es una película al uso. Más que un relato sobre la perversión moral de la condición humana, la libertad, el poder de la imaginación o la niñez, el film es una historia de amor entre una madre y su hijo, aún en las más adversas y terribles circunstancias. En efecto: lo que verdaderamente sostiene la película y el fin último de la misma es mostrarnos lo fuerte que puede llegar a ser el vínculo que, desde el propio instante del nacimiento, se establece entre un hijo y su progenitora; un lazo irrompible que ni la más cruel perversión humana puede romper. Se agradece, por tanto, que el director no ahonde en lo escabroso, en la parte más oscura del relato, y se centre en la vertiente afectiva. 

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Requisitos para ser una persona normal

Son tan pocas las películas que se estrenan con la capacidad de hacernos llorar, reír y, finalmente, aplaudir, que cuando esta ocurre no cabe más que celebrarlo. Es el caso de Requisitos para ser una persona normal (2015), debut en el largometraje de Leticia Dolera, quien además protagoniza y escribe la película. Estamos, en efecto, ante una de esas rarezas que se ven y disfrutan con una sonrisa permanente -y alguna que otra lágrima- y con una sensación de felicidad que hace que salgas del cine totalmente regenerado, con ganas de vivir. Con ganas, incluso, de dar abrazos; pero no sólo a los demás, también a ti mismo por haber estado considerándote durante tanto tiempo un bicho raro cuando, en el fondo, no lo eras. La película, que habla de la necesidad que tienen algunas personas por encajar en los parámetros prefijados por la sociedad, intenta responder a varias preguntas interesantes: ¿quién dictamina lo que es normal o no?; ¿por qué hay gente que se empeña en buscar permanentemente la felicidad sin darse cuenta, quizá, que lo tienen todo para ser felices? Quizá lo único que haya que cambiar sea el concepto que tenemos sobre lo que significa ser feliz.

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Joe

Joe (David Gordon Green, 2013) es una película que va de menos a más; un drama rural al que le cuesta arrancar pero que, cuando lo hace, va creciendo en intensidad hasta desembocar en uno de esos explosivos finales que están llamados a permanecer en la retina. En efecto: los primeros coletazos de este relato de complicidad entre Joe (Nicolas Cage), un ex presidiario, y Gary, un joven (Tye Sheridan) maltratado por su padre, nos puede echar para atrás, bien por su sensación de algo visto mil veces, bien por su momentánea imprecisión. Tendrá que llegar esa improvisada entrevista de trabajo del primero al segundo para que nuestra concepción cambie. Es a partir de entonces cuando la nueva criatura del director de raíces indies comience a coger cuerpo y se revele como lo que verdaderamente es: un interesante estudio acerca de las relaciones humanas, sobre la búsqueda de referentes; el enésimo reflejo de cómo los lazos del afecto, el cariño y la comprensión pueden ser más fuertes que los de la sangre. Así, la emocionante relación que se va forjando entre los dos protagonistas es el mayor atractivo de una cinta cargada de buenas intenciones.

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Don Jon

Si hay un rasgo que defina a Joseph Gordon-Levitt es la inteligencia a la hora de elegir sus proyectos. Tras conjugar espléndidamente el indie más delicioso –500 días juntos (Marc Webb, 2010), Brick (R. Johnson, 2005)- con el blockbuster de calidad –Origen; El caballero oscurso: la leyenda renace (C. Nolan, 2010 y 2012 respectivamente)- el angelino se ha convertido en uno de los rostros más valorados del cine actual. Con Don Jon (2013), su esperado salto a la dirección, confirma que su talento no se queda sólo delante de las cámaras: Gordon-Levitt firma una de las óperas primas más frescas, mordaces y dedicidamente contemporáneas que se recuerden. El cineasta dirige, escribe y protagoniza una película que arrasó en el último festival de Sundance y que atesora todo lo mejor del cine independiente, por mucho que su reparto incluya figuras tan conocidas como Scarlet Johansson o Julianne Moore, actrices que le dan un plus de calidad a cualquier largometraje y que aquí se muestran especialmente cómodas en sus papeles. Apadrinado por Christopher Nolan, el cual estuvo dándole consejos técnicos durante la grabación, Levitt demuestra una gran disciplina cinematográfica -sobre todo en la depuración narrativa- y sorprende con un proyecto cargado de buenas intenciones.

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No amarás

Antes de quedar consagrado con la denominada “trilogía de los colores”, Krzysztof Kieslowski ya hizo uso del mismo registro operístico y de su singular universo creativo en No amarás (1988). La película es la versión extendida -y con sustanciales cambios en el guión, como su desenlace- del mediometraje Decálogo 6, de la serie de 10 episodios que el propio director realizó para la televisión polaca. Tras darse a conocer por toda Europa con su anterior trabajo –No matarás (1988), donde elaboró una feroz condena a la pena de muerte y al propio acto de matar- el cineasta se hizo cargo de una película que sirve como reflexión del amor, la locura, la obsesión, la falta de escrúpulos, la intimidad, el sexo y, en última instancia, la soledad. La acción se sitúa en un bloque de edificios marginales de una Varsovia consumida por el comunismo, lugar donde Tomek (Olaf Lubaszenko) un chaval que ronda los veinte años espía y acosa a su vecina Magda (Grazyna Szapolowska), una pintora liberal y desprejuiciada de la que vive obsesionado. El joven pone a girar su vida en torno a esta mujer, mucho mayor que él, a la que viola su intimidad día y noche sin ningún tipo de remordimiento; el marco de su ventana, de ecos a La ventana indiscreta (Alfred Hitchcock, 1954) es el escenario perfecto para observar cómo ésta mantiene relaciones sexuales diarias con personas diferentes.

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Ruby Sparks

Tras el enorme campanazo mundial que supuso Pequeña Miss Sunshine (2006), uno de esos sleeper cuya frescura y  magnetismo permanece impasible al paso del tiempo, no era fácil para sus directores enfrentarse a un nuevo proyecto cinematográfico. El listón estaba por las nubes y tanto Jonathan Dayton como Valerie Faris sabían que las más exigentes miradas del mundo del cine estaban puestas en su segundo largometraje. Con estas altas expectativas llegó Ruby Sparks (2012), la confirmación de que el matrimonio sigue manejando las reglas del cine tan bien como en su citada opera prima. Si bien es cierto que no alcanza las cotas de perfección ni golpea las conciencias de forma tan contundente que en el cuento de esa niña que quería ser modelo, Ruby Sparks se trata de la confirmación de que lo que caracteriza al cine de este férreo tándem artístico es, además de por su capacidad de dejar un poso irrefrenable de ternura y un excelente sabor de boca -algo sólo al alcance de muy pocos-, el abismal componente de humanidad y pulcritud que hay en cada uno de sus trabajos.

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