El ciudadano ilustre

Viendo quienes la firman, no debería resultarnos un hallazgo sorprendente “El ciudadano ilustre” (2016). Estamos hablando del duplo Mariano Cohn y Gastón Duprat, probablemente la pareja artística más importante en el ámbito del séptimo arte de toda latinoamérica. Responsables de la imprescindible “El hombre de al lado” -obra que supuso su gran salto internacional-, era de esperar que tras aquella maravilla este tándem de creadores lúcidos, inteligentes y poseedores de un extraordinario don para entender el cine como herramienta para diseccionar lo cotidiano y hablar del aquí y ahora, nos regalaran otra maravilla. Lo que pocos imaginábamos era el extraordinario alcance cinematográfico que iba a suponer este nuevo trabajo, el cuarto de su carrera, un incontestable salto adelante en su ya de por sí estimable filmografía. Seleccionada por Argentina para los Oscar, “El ciudadano ilustre” es una obra tan inabarcable que hasta las subcapas tienen subcapas: un trabajo tan lleno de sustancia que exige necesariamente de un segundo visionado. Una de esas películas, en suma, a las que es imposible acceder a su totalidad con una única proyección. 

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Relatos salvajes

“Hasta que alguien no cometa una locura esto no va a cambiar”. El grito desesperado de una mujer contra el sistema en un determinado momento de Relatos salvajes (Damián Szifrón, 2014) resume a la perfección el espíritu de la que tiene el mérito de ser la película de habla no inglesa más taquillera de la historia de Argentina. La última criatura del creador del fenómeno catódico Los simuladores (2002-2003) o Tiempo de valientes (2005) funciona como catalizador de emociones para todos aquellos que se han sentido en alguna ocasión títeres o seres insignificantes por parte de un sistema cada vez más caduco y obsoleto, pero también para los que cuestionan cada vez más la independencia judicial, la honradez de las autoridades o se averguenzan de unas celebraciones matrimoniales más próximas al circo que a una fiesta más o menos seria. El retrato social que dibuja Relatos salvajes, en efecto, es francamente demoledor. Tan demoledor como la vida misma. Porque si de algo puede presumir la cinta es la de someter a sátira los principales males de la sociedad contemporánea. Szifrón condensa en 6 historias independientes -tan sólo ligadas por el afán de venganza- temas como la corrupción, la falsedad o la hipocresía con resultados extraordinarios.

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Sin retorno

Si algo caracteriza a buena parte del cine argentino, al igual que al francés, es por invitar al espectador a la reflexión. Sin retorno (Miguel Cohan, 2010) no sólo hace pensar, sino que además es una de las más impúdicas y nada complacientes miradas a las entrañas de un sistema judicial podrido, obsoleto. El debut tras la cámara del que fue ayudante de dirección de películas como Plata quemada  o El método (Marcelo Piñeyro, 2000-2005), tardó cuatro años en escribir con su hermana una historia basada en la contaminación que los medios de comunicación, también conocidos como cuarto poder, ejercen no sólo sobre las sentencias judiciales, sino al conjunto de la sociedad; una sociedad que, amparada en el rumor y bulos varios, no duda en omitir un principio tan básico del Derecho como es la presunción de inocencia para señalar con el dedo y criminalizar al sospechoso de turno. Y es que si de algo puede presumir Sin retorno es de ambición temática, esquivando en todo instante los manidos derroteros del morbo y construyendo un relato valiente, realista y necesario.

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El secreto de sus ojos

Cuando Juan José Campanella dirigió Luna de Avellaneda (2004) hubo quien lo interpretó como una película menor -a pesar de que con Campanella sucede lo mismo que con Woody Allen: cualquier película menor resulta igual de recomendable-, dentro de una filmografía en la que figuran obras tan redondas como El mismo amor, la misma lluvia (1999) o El hijo de la novia (2001). Cinco años después, el aclamado cineasta argentino se puso al frente de El secreto de sus ojos (2009), con la que volvió a demostrar que era uno de los grandes. En la que fue su primera adaptación de una novela –La pregunta de sus ojos, de Eduardo Sacheri, que se convirtió en coautor del guión junto al propio cineasta-, Campanella no renuncia a algunos de sus temas de cabecera, como la pasión, la nostalgia y el amor, aunque en esta ocasión desarrolla estos conceptos dentro de una mixtura de géneros tan arriesgada como envolvente. A medio camino entre el thriller, el drama y con serios (y necesarios) tintes de cine social puro y duro, El secreto de sus ojos es una película en la que, por encima de todo, destaca una trama sentimental que, además de ser la encargada de abrir y cerrar la obra, es la que otorga ese halo de esperanza al descompuesto panorama social de un país azotado por la dictadura militar.

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Martín (Hache)

Cuando el escritor y guionista de cine argentino Adolfo Aristarain rodó -la que para muchos es considerada la gran obra de su filmografía- Martín (Hache) (1997), el cineasta ya era responsable de obras como Un lugar en el mundo (1991) que bien podría ser también el título de esta película. Porque esta historia de conflicto generacional y de búsqueda de la felicidad que es Martín Hache se sustenta en un cuarteto protagonista que lucha por encontrar la felicidad, su propio camino, su lugar en el mundo. A través de una corrosiva y vertiginosa riada dialéctiva, el director nos presenta una obra que se apoya principalmente en un genial guión, que se revela aquí como el ingrediente principal para que la historia funcione. En efecto, son precisamente estos acertados diálogos -discursivos en muchos casos- los que otorgan al film, no sólo de un cierto aroma de teatralidad, sino también de una potente fragancia reflexiva, mordaz, hiriente, sarcástica… elevándolo a la categoría de culto. 

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