Alien: Covenant

Hay pocas sagas en la Historia del Cine que me vea capaz de defender con uñas y dientes en su totalidad. Por mucho que sea amante de una saga en concreto, siempre encuentro uno o varios capítulos de la misma que me resultan decepcionantes, cuando no malos. Por eso acudo temeroso a mi cita con cada nueva película de la serie Alien porque esta es, precisamente, una de las escasas sagas que nunca ha dejado de entusiasmarme. Porque, aunque la lista de películas que la integran sean mejores o peores, todas me terminan ganando porque me dan exactamente lo que les pido. No obstante, con Prometheus (Ridley Scott, 2012) esta relación de amor casi se va al traste. ¿Era mala? En absoluto, pero sí era la más floja de todas las rodadas hasta la fecha, ahogada en su (impostada) pretenciosidad y sin escrúpulos a la hora de traicionar una de las reglas fundamentales de la serie: dar miedo de verdad. Prometheus era visualmente impoluta, y tenía escenas muy logradas, pero la presencia de las criaturas malignas era tan escasa que casi había que parar la película para presenciarlas. Sin embargo, y a pesar de que despertó mis temores de que a partir de ahí todo fuese cuesta abajo, Prometheus me gustó. Pero nada comparado con Alien: Covenant (2017), su secuela, sin duda la entrega más visceral, entretenida y gore de la saga.

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Prometheus

Cuando uno se llama Ridley Scott, tiene 75 años y puede presumir de una carrera más que digna a sus espaldas, habrá quien se pregunte qué necesidad tenía el creador de Alien: el 8º pasajero (1979) en elaborar una precuela –a pesar de que la película funcione por sí sola y el director se empeñe en repetir, una y otra vez, que no lo es- de la gran obra maestra de su filmografía (con permiso de Blade Runner, 1982). Máxime si este proyecto, que desde su proceso embrionario hasta su estreno mundial ha permanecido en el más absoluto de los secretos, no se sitúa a la altura de su predecesor. Prometheus (2012), en efecto, no sólo no mejora al original –las comparaciones son inevitables-, sino que defrauda por las altas expectativas depositadas en ella, quizá porque nació bajo la sombra de una película que marcó a toda una generación y que no tardó en convertirse en un auténtico título de culto. De nada le ha servido en esta ocasión a Scott aliarse con uno de los máximos guionistas de la serie Lost, Damon Lindelof, y de impregnar al film de esa atmósfera oscura, fría y con esa esencia de trasfondo siniestro con el que ya nos sorprendió hace más de treinta años, marcando uno de los puntos y aparte más rotundos dentro de la ciencia ficción. El ADN, por tanto, podemos concluir que es el mismo. ¿Qué falla, pues? Más allá de la nula capacidad de sorpresa y de su incapacidad para marcar un hito o, en su defecto, de un capítulo mínimamente destacable dentro del género –dos de los mayores puntos fuertes de Alien o de la propia Blade Runner (1982)-, el verdadero problema de Prometheus es la torpeza de un guión endeble, cargado de tópicos y sustentado en un argumento casi risible e infantiloide, de desarrollo confuso que no hace sino imposibilitar cualquier empatía con la historia, provocando un inevitable deja-vu.

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Alien, el octavo pasajero

Nunca he sentido especial devoción por el género de la ciencia ficción, aunque Alien, el octavo pasajero (Ridley Scott, 1979) es una de las inevitables excepciones. No sólo por su indudable condición de clásico del cine, sino porque con su carácter visionario e innovador sentó las bases de un género que, a pesar de no ser de mis favoritos, tiene obras maestras incontestables. Y lo más importante: es una cinta más cercana al terror que a la ciencia ficción. En realidad, lo que hizo Scott en esta película fue uno de los más hábiles híbridos de género que se recuerdan, convirtiendo a esta narración surrealista de invasión alienígena en un cuento de terror puro y duro, sí, pero donde tampoco faltan elementos del mejor cine de aventuras, fantástico, incluso alguna licencia erótica -esa escena que ha quedado para la posterioridad de la inmortalizada (y semi-desnuda) Sigourney Weaver, gracias a su papel de la suboficial Ellen Ripley-. La película, que originó varias secuelas e imitaciones, está protagonizada por siete tripulantes que viajan en la nave de carga Astromo y que, de regreso a la Tierra, son advertidos por el ordenador central, MADRE, de la existencia de una forma de transmisión desconocida. Al investigar, descubren que es una señal enviada desde fuera del Sistema Solar y deciden ir a comprobar su origen, con el capitán Dallas (Tom Skerritt) al mando. No tardarán en comprobar que no ha sido una buena idea.

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