Los Archivos del Pentágono

El llamado Rey Midas de Hollywood se ha ganado por méritos propios que cualquier estreno suyo en pantalla grande se convierta de forma instantánea en una cita ineludible, inexcusable. Convertido en el único director vivo que ha dirigido 11 películas nominadas en la categoría de mejor película en los Oscar, Spielberg es de esos tipos que nunca fallan. Y, cuando lo hacen, no quedan por debajo del 8 en una escala del 1 al 10, por lo que el notable lo tenemos más que garantizado. En esta ocasión, y para no perder la costumbre, el responsable de títulos tan míticos de la historia del cine como Tiburón (1975), E.T., el extraterrestre (1982) o Jurassic Park (1997), ha alumbrado una nueva obra maestra. Un 10. Una película de una perfección tan abrumadora que asusta y conmueve al mismo tiempo. Se titula Los Archivos del Pentágono y está predestinada a convertirse no sólo en uno de los títulos más emblemáticos de la filmografía de Spielberg, también en una de las cintas más importantes – y necesarias- de los últimos años.

La película reseña un momento histórico preciso: la alianza que establecieron el New York Times y el Washington Post para desenmascarar las mentiras del gobierno acerca de la Guerra de Vietman, atreviéndose a publicar unos documentos del Pentágono con información clasificada que durante más de 4 décadas y 4 gobiernos estadounidenses habían permanecido ocultos. El coraje y la valentía de Katherine Graham (Meryl Streep, brillante una vez más), la primera mujer editora del Post, junto con su director Ben Bradlee (Tom Hanks, sublime), fueron decisivos para uno de los episodios más trascendentales acerca de la libertad de prensa y la separación de poderes de nuestra era reciente. Porque, en efecto, aunque está ambientada en los años 70, la historia (o historias) que cuenta Los archivos del Pentágono es perfectamente extrapolable a nuestros días, en plena era Trump; una era convulsa e incierta en la que predomina la mentira, el sexismo, y en la que urge más que nunca clamar a favor de una prensa libre, veraz y objetiva. Si a eso le añadimos la esencia claramente feminista de la película -una mujer abriéndose paso en un mundo de hombres- y el imperioso alegato que hace el film del papel trascendental que debe tener el periodismo en una democracia, Los archivos del Pentágono no podía haberse estrenado en mejor momento.

Parece mentira que Spielberg sólo haya dedicado poco más de 1 año en sacar adelante una película de esta magnitud, máxime teniendo en cuenta que alternó su rodaje con el de Ready Player One (2018), que verá la luz el próximo marzo. Porque Los Archivos del Pentágono es una película crucial, de una trascendencia abrumadora, de esas que han venido para quedarse. Pasarán mil años y se seguirá hablando de ella, entre otras cosas por su carácter netamente atemporal. Imprescindible en todas las facultades de periodismo y en todas las sedes de los partidos políticos, si algo llama especialmente la atención de esta producción escrita por Liz Hannah y el responsable de Spotlight (2015) Josh Singer, es su flagrante accesibilidad. Era una tarea titánica explicar a un público de todas las edades un episodio tan complejo de una forma clara, sencilla y, por qué no decirlo, didáctica. Y Spielberg, que vuelve a demostrar un extraordinario dominio del lenguaje cinematográfico, lo hace de forma sobresaliente, dinámica y, lo más importante, sin caer en ningún momento en lo panfletario ni en la reivindicación de manual. Sólo por el tratamiento que se hace del personaje de Graham, el más importante de la película, merece la pena que esta obra ocupe una posición privilegiada en cualquier estantería: poliédrica, atormentada, atrapada en una dicotomía moral asfixiante, decidida e incluso divertida, la forma que tiene el director de profundizar en los más íntimos sentimientos de este personaje es una lección de cine en sí misma.

Spielberg siempre se ha caracterizado por huir de cualquier moda, por situarse -en el mejor de los sentidos- por encima del bien y del mal. Es un artista hecho de otra pasta, un genio. Y los genios no tienen que rendir cuentas a nadie, solo manifestar su talento. Y el de Spielberg sigue intacto. En una época de cine exclamativo, en la que cada vez más directores optan por abrazar todo tipo de efectos para llamar la atención, se agradece que sigan existiendo artesanos que hagan bien su trabajo, sin injerencias de ningún tipo. Artistas libres. Como los buenos periodistas.

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