Asesinato en el Orient Express

Habrá quien se pregunte en la necesidad de poner en marcha esta nueva adaptación cinematográfica de la ya casi centenaria novela de Agatha Christie Asesinato en el Orient Express teniendo en cuenta la existencia de la mítica película de Sidney Lumet, quien en 1974 logró reunir a un cast de auténtico lujo para trasladar en imágenes la que muchos califican como la obra magna de la llamada Dama del Misterio. Y el resultado, lejos de ser una obra maestra, fue un trabajo más que digno muy aplaudido por la crítica, como demuestran sus 6 nominaciones a los Oscar y la estatuilla conseguida por Ingrid Bergman en el papel que ahora interpreta Penélope Cruz. Hay que destacar que igual de digna de aquella, lo es también este remake pilotado por Kenneth Branagh. Sí, es cierto que las comparaciones con su predecesora son inevitables y que la sombra de la obra de Lumet es alargada, pero intentaremos hacer una crítica de la película sin caer en comparaciones estériles e injustas. Merece la pena valorar esta nueva Asesinato en el Orient Express (2017) de forma independiente, porque cuenta con las suficientes virtudes como para sostenerse -y defenderse- por sí sola. 

El argumento es de sobra conocido -como, por desgracia, su resolución-. En el transcurso de un viaje del legendario tren Orient Express se descubre que un pasajero ha sido asesinado en su compartimento poco después de la medianoche. El mejor detective del mundo, Hércules Poirot (Kenneth Branagh), será el encargado de investigar un crimen en el que todos los pasajeros son sospechosos. Lo primero que merece la pena destacar de la película es un reparto de suprema categoría, el cual no tiene nada que envidiar al de su homónima predecesora. Michelle Pfeiffer, Judi Dench, Johnny Depp, Willen Dafoe o la antes mencionada Penélope Cruz son algunas de las primeras espadas con las que cuenta Branagh para su particular adaptación cinematográfica de este legendario título de la literatura universal. Y, como viene siendo habitual en ellos, todos brillan en sus respectivos papeles. Algunas voces críticas señalan que muchos de los intérpretes están desaprovechados -en el caso de Dench, por ejemplo, su tiempo en pantalla se reduce a unos escasos minutos-, pero me temo que esta cuestión es injusta reprochársela a la película, sino más bien a su material de partida. Con todo, quien esto escribe considera que el reducido peso de la mayoría de personajes es algo lógico en una trama tan coral, tanto en la novela como en la película. Todos gozan del peso necesario para que la obra no se haga excesivamente larga y, lo más importante, para que el espectador sospeche de todos y cada uno de ellos. 

Rodada con ejemplar solvencia, Branagh se beneficia enormemente de que la historia que está adaptando es magistral a todos los niveles. Eso siempre facilita las cosas. Con todo, en manos de otro director, el resultado podría haber sido un fiasco. No lo es en absoluto esta Asesinato en el Orient Express, contada en todo momento de una forma atractiva, estimulante y con una honestidad a prueba de bombas. Además de conseguir esa sensación de claustrofobia constante -a pesar de que el peaje a pagar sea un exceso de primeros planos-, el director sorprende incorporando imponentes imágenes de exteriores y alguna que otra secuencia de acción que contribuyen a enriquecer el conjunto. En todo momento se nota que el acabado formal de la película es de primer nivel; consigue que el espectador perciba que, a pesar de que no inventa nada nuevo, está visionando una producción cuidada hasta el más mínimo detalle. No hay más que prestar atención al apartado de vestuario o a su banda sonora, una de las más bellas que este cronista ha tenido la oportunidad de escuchar en cine en los últimos años. La partitura de Patrick Doyle, que suena justo cuando tiene que sonar, dota a la historia de una dimensión épica y emocional casi avasalladora. La bellísima melodía principal, como digo, es uno de los puntos fuertes de un trabajo que brilla en sus últimos 20 minutos, los correspondientes a la resolución del caso. Minutos en los que emerge uno de los aspectos por los que esta novela ha generado tanto debate y se ha distanciado de otras del montón: su (inesperada) hondura moral. En efecto, es un trabajo sobre el que discutir tras su visionado, pues a buen seguro su desenlace generará diferentes puntos de vista, y eso siempre enriquece una película. 

A pesar de algún que otro desmayo en su metraje, como un comienzo un tanto caótico, la falta de tensión generalizada o el ya mencionado abuso de los primeros planos, nada que reprochar a un trabajo que no será de referencia obligada para los cineastas, pero que cumple con su cometido con una dignidad fuera de toda duda. Y además, y esto también es importante, capaz de devolver a la primera plana un género en desuso. Las películas de detectives, con ese aroma clásico y ese virtuosismo formal asociado al género, son un oasis en una cartelera llena de superhéroes, cine de terror y dibujos animados. Disfrutémoslo. 

 

 

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