La librería

La librería (Isabel Coixet, 2017) es uno de esos caramelos envenenados que de cuando en cuando llegan a la gran pantalla. Todo vaticina que será una película de esas que muchos cinéfilos denominamos como “agradables de ver”. Desde el cartel promocional, hasta el tráiler o la propia sinopsis nos vaticinan una obra bonita, liviana, sin más trascendencia que su bonita fotografía y el toque intimista necesario para que salgas del cine con una sonrisa. Nada más lejos de la realidad. Cierto es que la nueva obra de la directora, una nueva cima en una carrera plagada de éxitos, es una película con mucho, muchísimo encanto, y su fotografía, en efecto, es preciosa, pero de liviana no tiene absolutamente nada. Algo lógico, por otra parte, viniendo de quien la firma. Estamos ante una cinta exquisita trufada de sensibilidad, emoción y humanidad que aparenta ser extremadamente simple cuando en el fondo es extremadamente compleja, pura dinamita. Un trabajo que habla de tantos temas y de forma tan natural que parece que no está contando nada cuando, en realidad, te lo está contando todo.

Adaptación de la novela homónima de Penelope Fitzgerald por parte de Isabel Coixet, la encargada de inaugurar la 62 Seminci pivota en torno al personaje de Florence (Emily Mortimer), una joven que verá cómo su sueño de abrir una librería en un pequeño pueblo británico a finales de los años 50 será una tarea más ardua de lo que pensaba por culpa de la rígida sociedad de la época. Estamos ante una película más importante y trascendente de lo que puede parecer a simple vista, ya que es uno de esos trabajos que crece -y mucho- después de su primer visionado. Llena de sutilezas, lenguaje soterrado, emociones contenidas, poderosísimas escenas -ese momento romántico frente al mar, de lo mejor que ha rodado nunca Coixet- y recorrida de punta a punta por una delicadeza extrema, La librería es un trabajo que ha venido para quedarse, para ocupar un puesto de honor en ese rincón de la estantería donde conservamos las películas que consiguen penetrar de forma pulcra y con cero artificios nuestro corazón. Culpa del carácter imperecedero de esta coproducción entre España, Reino Unido y Alemania la tiene la inteligencia de la cineasta por construir su película en torno al coraje, una palabra que se hace más necesaria que nunca en los tiempos que vivimos. 

La librería viene a demostrarnos que las personas que al final son recordadas -para bien- en este mundo son las que un día tuvieron el coraje y la valentía de perseguir sus sueños, por mucho que éstos no gocen del beneplácito de la sociedad. Cuando la protagonista se muestra decidida a abrir una librería en una zona en la que nunca ha existido ninguna debido al conservadurismo y la ignorancia de sus gentes se convierte automáticamente en una heroína. Y por eso empatizamos tan rápido con ella, porque son personas como ella las que el mundo necesita, y no como las que intentan boicotear su misión -una vez más queda demostrado que ser de clase alta no tiene nada que ver con disponer de una gran cultura, muchas veces es más bien todo lo contrario-. Al final, lo que la película demuestra de una forma brillante, es que la única forma de derribar la triste, mezquina, encorsetada y perversa moral es a través de la educación y la cultura. Y, en este sentido, los libros juegan un papel trascendental. La literatura como motor para cambiar el mundo: no se me ocurre un mensaje más extrapolable a nuestros días y, al mismo tiempo, más atemporal. Auténtico homenaje de la directora a las palabras, a la literatura, La librería no pretende, no obstante, moralizar, ni establecer quiénes son los buenos ni quienes son los malos, esa tarea la deja para el espectador, pero sí deja claro que la educación y la transmisión de valores deben empezar en la niñez -ojo a su revelador epílogo-. 

Y aunque, en efecto, el coraje es el tema central del film -hay una frase muy hermosa de la película que viene a decir algo así como que en el momento en el que la protagonista comenzó a colocar todos los libros en su sitio y vio que su sueño empezaba a coger forma, todos los obstáculos que había sufrido para llegar hasta ahí habían merecido la pena- en La librería termina predominando la vertiente amarga, cruel y desencantada. Y es que en sus casi 2 horas de metraje se dan cita las pasiones prohibidas, la resignación, el inmovilismo, la soledad, la muerte, la vejez, el deseo frustrado, el paso del tiempo, la cobardía y la putrefacción moral, entre otros muchos temas de magnitud extrema.  Y todo eso narrado de forma casi imperceptible, como el que no quiere la cosa. Por eso es tan importante conectar con la obra desde el primer minuto porque, al igual que sucede con los libros, sólo los que comiencen a sentirla desde la primera palabra, desde la primera escena, penetrarán realmente en sus -colosales, indescifrables, demoledoras- entrañas. 

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