El secreto de Marrowbone

La última vez que me salí del cine en plena sesión fue con la infame Historia de mi muerte (Albert Serra, 2013), una película que provocó la mayor estampida en una sala de cine que soy capaz de recordar -cuando empezó la proyección éramos unas 200 personas en la sala; cuando me salí sólo quedábamos dentro 10-. Desde entonces, en todos estos años, nunca he abandonado una sala de cine, por muy tentado que haya estado para ello en no pocas ocasiones. Pienso que para juzgar una película, por muy mala que sea, hay que visionarla en su totalidad. Lo que ocurre es que, en algunos casos muy concretos, aguantar hasta el final de metraje de una película que no te está gustando nada es un ejercicio tan tortuoso que hace tiempo que decidí dejar de ponerlo en práctica. El secreto de Morrowbone (2017) ha sido la última en engrosar esta infame lista de películas; a pesar de intentarlo con todas mis fuerzas he sido incapaz de aguantar sus 110 minutos en el interior del cine. Al minuto 90 me he salido de la sala porque consideraba que lo que el director me estaba contando -todavía no sé muy bien qué es- era de una simpleza absoluta, carente del más mínimo interés. 

La trama del que es el debut en el largometraje del afamado y prestigioso guionista Sergio. G. Sánchez -autor del libreto de obras tan brillantes como Lo imposible o El Orfanato– pivota en torno a 4 hermanos que, tras la muerte de su madre, se esconden en una apartada granja de la América rural de finales de los 60. El objetivo es mantener en secreto la muerte de su madre para que no los separen, pero unas presencias inesperadas alterarán la vida de estos jóvenes. Leído así, el argumento puede resultar hasta atractivo. De hecho, lo es. Lo que ocurre es que estamos ante el típico ejemplo de idea que sobre el papel resulta juguetona pero que en fotogramas se vuelve inerte, exenta de los mimbres necesarios para atraer la atención del espectador. Conocido por ser un guionista especializado en el terror y el drama, y por aliñar sus historias con elementos fantásticos y con una potente carga de unión familiar, hay quien dice que el cineasta ha querido rodar una historia de amor, otros que su intención era filmar un cuento de terror y, por último, los que apuntan que lo que pretendía era contar una alegoría sobre la familia. Puede que el director haya pretendido contarlo todo, pulsando de cuando en cuando las notas del thriller, pero el resultado es un mejunje que no tiene ni pies ni cabeza. Dicho de otra forma: es una película consumida en su exceso de ambición. Dirigida y escrita por el propio G. Sánchez, se hubiera agradecido que éste hubiera centrado la acción en un foco concreto y no ofrecer un relato tan disperso, tan difícil de catalogar. 

Además de narrar un relato incapaz de despertar una brizna de interés, el film tiene un problema serio en cuanto a desarrollo y presentación de la historia. Sus primeros 30 minutos son caóticos, como si sus responsables hiciesen todo lo posible para que el espectador conecte lo menos posible con lo que pretenden contar a continuación. Y luego está, claro, el gran fallo de la película: la permanente sensación de deja vú que recurre de punta a punta la obra. Todo suena a visto y oído con anterioridad. Y cuando digo todo es TODO. Ya no hablo sólo de las manchas en las paredes, el ruido de las grietas de las puertas o los repentinos sustos con subida de volumen; es que parece como si el director, exento de una personalidad cinematográfica potente y definida, se limitase a seguir una fórmula prefabricada; una fórmula heredera de su hermano mayor -cinematográficamente hablando- J. A. Bayona, que ejerce aquí de productor junto a Telecinco Cinema. Queda claro que los responsables de esta película se han adscrito, con todo el derecho del mundo, a una fórmula comercial que a la productora le ha funcionado a la perfección. La jugada les salió redonda en producciones como la antes citada El orfanato o Un monstruo viene a verme porque, al potente look visual marca de la casa, se sumaba una historia potente. El problema es que a El secreto de Marrowbone se extirpa lo segundo y se queda solo con lo primero. 

Dejando al margen la bonita banda sonora de Fernando Velázquez, capaz de dar un tono poético al film, su trabajado tratamiento del color y el reto técnico que supone el haber rodado casi la totalidad de metraje con luz natural -loable mérito teniendo en cuenta que casi la mayoría de escenas transcurren en interiores-, poco bueno se puede decir de esa opera prima descafeinada, torpe y terriblemente aburrida. No ha contado con una gran campaña de promoción por parte de Mediaset, quizá porque sabían -tontos no son- que el producto que tenían entre manos no iba a conectar con el gran público como otros de su factoría, pese a su vocación indiscutiblemente comercial. Quitando su admirable factura, y por mucho que lo intente, no encuentro diferencias entre esta película y los telefilms que podemos ver los fines de semana en Antena 3. Mala. 

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