Verónica

Confieso que tenía mucho miedo antes de ver Verónica (2017), la última película de Paco Plaza. Pero no miedo del que te entra al ver el tráiler del film en cuestión, sino del que se apodera de un cinéfilo cuando sabe que la cinta de terror que se dispone a ver es, según todo parece indicar, un compendio de ouijas, casas encantadas, espíritus y puertas que se abren y cierran solas. ¿Otra vez? ¡Pero si esto nos lo han contado un millón de veces! Luego recordé el nombre de quien la firma y me tranquilicé. Estamos hablando de un primera espada del cine de terror patrio de los últimos 10 años, consagrado para la eternidad con esa obra imprescindible del género como es Rec (2007), que codirigió junto a Jaume Balagueró.  Y, cuando salí del cine, absolutamente espeluznado por lo que acababa de ver, recordé que prejuzgar es uno de los principales cánceres a combatir de todos aquellos que nos dedicamos a ver películas y analizarlas. Verónica es una maravilla. Turbadora. Terrorífica. Consiguió lo que el 90% de películas de terror que se estrenan no consiguen: dejarme petrificado en la putada. Sus responsables lograron que varios días después de disfrutarla -o sufrirla, según se mire- sea incapaz de quitármela de la cabeza. Y es que se agradece ver una película en la que en ningún momento intentan manipularte, en la que te crees absolutamente todo lo que ocurre en pantalla.

Escrita al alimón junto a Fernando Navarro, Paco Plaza traslada a la pantalla el llamado Expediente Vallecas, uno de los casos paranormales más insólitos de los jamás vividos en nuestro país. Un caso nunca resuelto, ocurrido en 1991, que cuenta con el único informe policial calificado como “paranormal” en la historia de España. La película muestra cómo, a raíz de hacer una ouija con sus amigas un día de eclipse solar, la joven Verónica (Sandra Escacena) empieza a sufrir aterradoras presencias que amenazan con desintegrar su hogar familiar. A pesar de que en ella, como anteriormente he escrito, se dan cita más o menos todos los tópicos que se pueden encontrar en cualquier cinta de terror al uso, Verónica es algo totalmente diferente de todo lo visto hasta ahora. Estamos ante una película que goza de absoluta autonomía, que se distancia por completo del resto de trabajos del estilo. A pesar de todas sus influencias -la principal: Cría cuervos (Carlos Saura, 1975)- este film implacablemente narrado se erige como un entretenimiento de primer nivel gracias a la personalidad de quien la firma y su máxima de no conformarse con ser una película de sustos más -que los hay-, sino  con ser también un relato sobre el despertar en el mundo adulto y el miedo a crecer, que son, en definitiva, los dos principales leitmotivs que atraviesan la obra. 

Era fundamental en un trabajo de estas dimensiones -en el que hasta el propio título lleva su nombre- encontrar a una protagonista femenina potente, que saliese airosa de escenas especialmente difíciles de rodar -como la de la posesión o la de la comida, ambas brillantes- y con el carisma y empaque suficiente para conectar con el espectador. Todo ello lo consigue Sandra Escacena, todo un hallazgo. La joven interprete, que está presente prácticamente en todas las escenas del film, defiende su personaje con una madurez asombrosa, como si en vez de debutar en el medio con este trabajo llevase toda la vida en él. Te la crees totalmente, como también ocurre con los niños. Esta es una de las pocas veces en el cine español que los niños parecen niños de verdad y no actores. La complicidad que se establece entre los pequeños y el personaje de Escacena irradia familiaridad, autenticidad, y traspasa la pantalla. Esto hace que sean personas por las que sufrimos a lo largo del metraje, que nos importe realmente lo que les pasa. Esta impecable conexión entre sus personajes -sin olvidar a una Ana Torrent fantástica, a la que se agradecería mucho ver en pantalla grande más a menudo- unido a la excelente ambientación de los años 90 y la ausencia total de efectismos, hace que la película exhale verdad por cada uno de sus poros, que irradie, en plena época de los efectos digitales, ese inconfundible aroma del terror de toda la vida, a la vieja usanza. 

A lo largo de sus 95 minutos, Plaza arroja en su trabajo más personal hasta la fecha escenas memorables -ese Ana Torrent saliendo del bar abatida, ese reflejo nocturno en la televisión…- un buen puñado de sustos perfectamente coreografiados y, sobre todo, corazón. Porque aunque haya aspectos desagradables y difíciles de ver, al final lo que predomina es la gran sensibilidad con la que el director dibuja una unidad familiar que amenaza con desintegrarse. Esos baños con esponja, esos paseos hacia el colegio o esos momentos de compartir mesa para comer, son por los que esta película puede definirse como (sobre)humana. En pocos trabajos se había conjugado tan bien lo normal con lo paranormal, lo físico como lo etéreo, lo natural con lo sobrenatural. Los aficionados al género no se la pueden perder: esta película está hecha para ellos. 

 

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