Alien: Covenant

Hay pocas sagas en la Historia del Cine que me vea capaz de defender con uñas y dientes en su totalidad. Por mucho que sea amante de una saga en concreto, siempre encuentro uno o varios capítulos de la misma que me resultan decepcionantes, cuando no malos. Por eso acudo temeroso a mi cita con cada nueva película de la serie Alien porque esta es, precisamente, una de las escasas sagas que nunca ha dejado de entusiasmarme. Porque, aunque la lista de películas que la integran sean mejores o peores, todas me terminan ganando porque me dan exactamente lo que les pido. No obstante, con Prometheus (Ridley Scott, 2012) esta relación de amor casi se va al traste. ¿Era mala? En absoluto, pero sí era la más floja de todas las rodadas hasta la fecha, ahogada en su (impostada) pretenciosidad y sin escrúpulos a la hora de traicionar una de las reglas fundamentales de la serie: dar miedo de verdad. Prometheus era visualmente impoluta, y tenía escenas muy logradas, pero la presencia de las criaturas malignas era tan escasa que casi había que parar la película para presenciarlas. Sin embargo, y a pesar de que despertó mis temores de que a partir de ahí todo fuese cuesta abajo, Prometheus me gustó. Pero nada comparado con Alien: Covenant (2017), su secuela, sin duda la entrega más visceral, entretenida y gore de la saga.

A través de una trama en la que una tripulación de una nave colonial va a parar a un planeta aparentemente deshabitado que resulta ser el mismísimo infierno, esta segunda entrega de la trilogía precuela de la original, demuestra lo equivocadas que estaban esas voces que, una vez vista Prometheus, aseguraban que la saga estaba acabada o en proceso de decadencia. Esta nueva entrega, la sexta de la serie, pega un puñetazo en la mesa y demuestra que el espíritu de Alien sigue más vivo que nunca. Esto es: ambiente claustrofóbico, la lucha por la supervivencia, el diseño de las criaturas, los efectos especiales, la dualidad entre el bien y el mal… todos estos ingredientes con los que está macerado el producto, claras señas de identidad de la saga, se llevan aquí a un extremo inimaginable, dando como resultado, ya digo, la entrega más salvaje de todas las rodadas hasta la fecha. Y, junto con la mítica Alien, el octavo pasajero (1979), la más adictiva de principio a fin. Porque Scott, en plenas facultades artísticas y cinematográficas, te atrapa desde el minuto uno y no te suelta hasta el final, envolviendo al público en una espiral creciente de tensión, pánico y angustia. Imposible olvidar la ingente cantidad de escenas memorables que vemos en el film, algunas de una belleza fuera de toda duda. Porque, aunque haya quien no se lo crea, Alien: Covenant es una película hermosa.

En efecto. En medio de la sangre y toda la viscosidad que seamos capaces de imaginar, este nuevo capítulo rebosa elegancia, estilo, belleza. Ahí está el cuidado con el que está rodada, su casi patológica minuciosidad por los detalles o sus encuadres perfectos, por no hablar de la importancia que le da el director a la música clásica, pues son partituras de los más grandes compositores de música clásica los que abren y cierran la película -de forma brutal, por cierto: imágenes y música no pueden casar mejor-. Pero la prueba más nítida de lo bella que es la película la tenemos en toda esa serie de panorámicas y planos generales que nos regala el director -que sigue siendo un maestro en la grandiosidad de los espacios- cuando la nave aterriza en el planeta inexplorado. Es una película bella, pero también terrible: tanto lo que vemos -bravo por el excelso diseño de producción, manifestado principalmente en el gran diseño de las amenazas andantes- como lo que no. Porque es el fuera de campo, en el fondo, lo que da más miedo: esa pavorosa sensación de que el monstruo puede hacer acto de presencia en cualquier momento. 

El hecho de estar impregnada de oscuridad durante sus dos horas de metraje no impide que podamos ver a los aliens de forma nítida, algo de lo que pecan las películas del estilo. Bien por escasez presupuestaria o bien porque parece que al director le molesta que veamos CLARAMENTE a los monstruos -cuando debería ser todo lo contrario- lo cierto es que las mayoría de películas de ciencia ficción con criaturas extrañas éstas son casi impalpables para el ojo humano. No es el caso de Alien: Covenant, donde hasta el más exigente con las películas de terror disfrutará de un festín de bichos sin igual. Ni lo mal desarrollados que están sus personajes, ni la poca empatía que despiertan, ni siquiera algunas escenas perfectamente prescindibles -cuando no ridículas: la de la flauta, la escena impostada de sexo…-, empañan una película amarrada con solvencia, pilotada por un capitán que multiplica por dos su genialidad: larga vida a Michael Fassbender. Una película importante no sólo en la filmografía del director, sino en el cine de terror en general. El tiempo decidirá si se convierte en un clásico. 

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