Cantábrico

Se hace difícil empezar a hablar de Cantábrico (Joaquín Gutiérrez Acha, 2017) sin mencionar primero los récords que ha atesorado el que, sin duda, es uno de los documentales españoles más ambiciosos de la historia. En primer lugar, su presupuesto: 2 millones de euros, lo que lo convierten en el documental más caro de nuestra industria. Seguidamente hay que mencionar de su recaudación, en torno a los 600.000 €, una cifra espectacular para un trabajo que apenas se ha podido ver en 60 salas, compitiendo con los blockbusters de turno y películas de un potencial comercial mucho mayor. Su taquilla, en cualquier caso, hace que estemos hablando del segundo documental más taquillero de los últimos tiempos, sólo superado por La última cima (Juan Manuel Cotelo, 2010), que con 800.000€ recaudados sigue ostentando el puesto de documental más exitoso de nuestro cine. Cifras aparte, y centrándonos ya en su argumento, si por algo pasará a la historia el nuevo trabajo del director de Guadalquivir (2013) -el que hasta ahora era, probablemente, el documento audiovisual naturista más importante rodado jamás en España- es por grabar de forma tan brillante una manada de lobos ibéricos de cacería. Casi 3 minutos de metraje que están grabados ya con letras de oro no sólo en la cinematografía española, sino mundial. 

Por su carácter visionario y pionero, es inevitable mencionar al gran naturista Félix Rodríguez de la Fuente al diseccionar cualquier documental sobre naturaleza que se ruede en nuestro país, pero ni el maestro fue capaz de rodar una escena como la de antes mencionada de la cacería con animales en libertad -las escenas de caza de Rodríguez de la Fuente estaban protagonizadas por animales en cautividad-. Sirva este ejemplo para comprobar la importancia de un trabajo cuyo principal objetivo es mostrar al espectador el rico patrimonio cultural que hay en España, en concreto esa gran cordillera de más de 400 kilómetros al norte de la Península Ibérica. Narrado a través de una perfecta locución en voz en off, Cantábrico muestra a lo largo de las 4 estaciones del año como conviven la flora y fauna del lugar, mostrando los aspectos más tiernos (cómo el mayor pájaro carpintero de Europa se construye su hogar, cómo las hormigas trabajan juntas a destajo…) pero también los más salvajes (la propia escena del ciervo antes citada, esa planta carnívora devorando sin piedad a una avispa…) de la madre naturaleza. La mayor virtud del documental es que entusiasmará tanto a los amantes de la naturaleza como a los que no, gracias al profundo respeto de sus responsables por los que están contando y filmando y, especialmente, por la espectacularidad de sus imágenes. 

Se nota que detrás de las cámaras hay un máximo responsable que siente una admiración absoluta por el medio ambiente. Tanto Gutiérrez Acha, director y guionista de la cinta, como su fiel aliado y productor, José María Morales, destilan en cada fotografía una pasión que se contagia al espectador. La lucha diaria, la supervivencia, las inclemencias de la meteorología, el increíble contraste de texturas y colores en un entorno que supera con creces lo que podemos denominar paradisíaco… todo está retratado con una admiración absoluta y, lo que es más importante, sin estancarse narrativamente en ningún momento. Rodado en 5 K, con cámaras de súper alta velocidad y de ultra definición, drones teledirigidos, estabilizadores en helicópteros y fotografía time-lapse, entre otras hazañas impensables para la mayoría de producciones que llegan a nuestras carteleras -con la dificultad añadida de un rodaje íntegramente en exteriores-, no cabe duda que Cantábrico pone a su servicio la tecnología más avanzada para que los primeros planos de los animales sean los más realistas posibles y para que la inmensidad de los paisajes filmados quiten, literalmente, el aliento -la experiencia del director en la BBC o en National Geographic también suma-. Pero, sin duda, su gran baza es su innata capacidad para enseñar, su esencia puramente didáctica, sin que esto se traduzca en aburrimiento: podríamos definir a Cantábrico como un conjunto de microcapítulos absolutamente apasionantes por sí solos englobados bajo el fin último de la cinta, que es, ya digo, hacer que el público tome conciencia de la relevancia de uno de los parajes naturales más importantes de Europa. 

Narrativamente ágil y didáctica, hay quien define a este trabajo rodado en Castilla León, Cantabria, Asturias y Euskadi como una maravillosa película de aventuras camuflada bajo la etiqueta de cine documental, y probablemente no le falte razón. Y, como toda película de aventuras, también está presente el humor, que contribuye a que el resultado final sea mucho más agradable, por mucho que en el camino hayamos visto escenas duras y viscerales… pero nadie dijo que la naturaleza fuese piadosa en determinados momentos. Un excelente trabajo que se siente, se escucha -ojo al término “paisaje sonoro” que emplea el documental para definir toda la riqueza de sonidos presentes en la cordillera, y a la extrema importancia que otorgan sus responsables a este apartado técnico- y, en definitiva, se ama. Y aunque desgraciadamente no tendrá la dimensión que realmente se merece -a día de hoy se sigue considerando injustamente al documental un género menor- Cantábrico ha venido para quedarse en ese privilegiado pódium sólo reservado para las películas con alma, fondo y corazón. 

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