La bella y la bestia

Empecemos hablando claro: quien piense que por adaptar una obra maestra de la animación a acción real el resultado tiene que ser necesariamente otra obra maestra, está profundamente equivocado. Es más, puede que lo que salga de dicho experimento sea una película poco recomendable o, directamente, una mala película. Hay revisiones -o repeticiones- que sobran, y La Bella y la bestia -última criatura de esa factoría Disney dispuesta a rentabilizar a toda costa sus grandes éxitos de animación de la Historia- ha sido la última en engrosar esta lista. Dirigida por Bill Condon y escrita a cuatro manos -por increíble que parezca, ya que el 80% de los diálogos están calcados de la original-, esta adaptación de la mítica película de 1991, el primer largometraje de animación nominado a la Mejor Película en los Oscar, es un trabajo injustificable se mire por donde se mire que lo único que pone de manifiesto es la falta de creatividad y de ideas originales del Hollywood actual. Acabará el año como la película más taquillera de 2017: quizá aquí tengamos la justificación de haberla puesto en marcha. 

La película narra la historia de Bella (Emma Watson), una joven llena de inquietudes que acepta ser prisionera de Bestia (Dan Stevens) para salvar a su padre del castillo en el que ésta le tiene encerrado. Al tiempo que el prepotente Gastón (Luke Evans) intenta conquistarla por todos los medios, Bella irá descubriendo que tras la apariencia de Bestia se esconde una persona noble. El problema no es que la película se limite a copiar a la original, esto podría interpretarse incluso como un punto a su favor por los incondicionales del aclamado musical de 1991, el problema es que se extirpa por completo la magia y el encanto de la versión animada de Disney, la cual marcó -y sigue marcando- a varias generaciones. El diseño de producción es espectacular, es cierto, y los escenarios donde se desarrolla la historia quitan el aliento -ya sean diseñados por ordenador o construidos físicamente-, pero ponerle a Bella un vestido caro no transforma a esta nueva versión de La bella y la bestia en una gran película. Junto con lo trabajado que está todo el apartado artístico, a pesar de sus deficientes efectos especiales -¡esa nula expresión de Bestia detrás de todos los retoques digitales!-, si hay otra razón por la que la criatura de Condon se libra del suspenso es su banda sonora.

Cierto que su banda sonora no es mérito exclusivo de esta nueva película, ya que las canciones que realmente funcionan son las que ya nos había presentado Disney hace más de 25 años. Pero lo cierto es que las nuevas incorporaciones musicales no desafinan y tampoco molestan. Hay que destacar al respecto el número musical de ¡Qué festín!, la secuencia más difícil de rodar en la carrera del director según sus propias palabras y, con diferencia, la escena más competente de la película. Ésta podría haber sido la esperada secuencia del baile entre Bella y Bestia, pero la forma en la que está rodada, más preocupada de copiar los tiros de cámara y los planos de la versión de Disney que en dotar de alma y encanto el momento, hace que este momento quede en segundo lugar. También hay que situar en el lado positivo de la balanza lo conseguidos que están los objetos animados: Lumiè-re, Din Don y la Sra Potts, todos encarnados por actores de primera fila. Respecto a Emma Watson al frente de Bella la cosa no pinta tan bien: aunque a lo largo de su carrera ha demostrado su valía como actriz, creo que este papel en cuestión le viene grande, pues no tiene el carisma ni los recursos expresivos suficientes para dar vida a la que muchos consideran la Princesa Disney por excelencia. 

Está claro que los incondicionales de la original celebrarán esta nueva adaptación, aunque no haya nada que la haga memorable. Aunque solo sea por el ejercicio nostálgico que supone, los que crecieron con La bella y la Bestia volverán a disfrutar en pantalla grande. Les dará igual que a la nueva versión le sobre, como mínimo, media hora -precisamente esa media hora de más que se añade respecto a la original-, que el personaje gay -el primero de la factoría Disney- chirríe por tópico y conservador o que no haya ningún número musical digno de ser catalogado como CINE en mayúsculas. Podía haber sido un pastiche infumable y no lo es, pero tampoco es una película para ver más de una vez. Para que nos entendamos: sales del cine igual que has entrado. O, dicho de otra forma: se ve tan fácil como se olvida. 

 

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