El bar

Álex de la Iglesia pertenece a la familia de directores que resultan imprevisibles. Por mucho que sus películas sean un recital de desenfreno y locura nunca sabes cómo van a terminar, cómo van a actuar los personajes o qué será lo que ocurrirá en la siguiente escena. Y El Bar (2017) no es una excepción. Estrenada a nivel mundial en el Festival de Berlín y encargada también de inaugurar la 20ª edición del Festival de Cine Español de Málaga, la decimocuarta película del director bilbaino es una película 100% Álex de la Iglesia. Es decir, que los incondicionales del director se lo pasarán en grande mientras que, los que no lo son, conviene que sigan alejados. El Bar es un trabajo para disfrutar y partirse de risa, aunque las múltiples lecturas que podemos extraer de ella -algunas más explícitas que otras- no tengan ninguna gracia. Muchos la han catalogado de comedia y lo cierto es que está en las antípodas de serlo. De hecho, adscribir este inclasificable film dentro de algún género es complicado teniendo en cuenta que es un híbrido entre thriller, terror, acción, drama, retrato social, cine fantástico y, efectivamente, comedia. Pero, por encima de todo, El bar es una película sobre la supervivencia.

La acción arranca con un muy logrado plano secuencia en el que se nos presentan a parte de los personajes de la película. Ninguno de ellos imagina que minutos más tarde se verán encerrados en el interior del bar al que han ido a desayunar. Presos del pánico, comprobarán como todo aquel que intenta salir se convierte en víctima de un francotirador invisible. Con El ángel exterminador (Luis Buñuel, 1962) como máximo referente, De la Iglesia y su coguionista habitual Jorge Guerricaechevarría alumbran un trabajo que se sigue con sumo interés, creando situaciones que consiguen mantener la atención del espectador durante su poco más de hora y media de metraje. Claro que algunos gags o escenas están más conseguidas que otras, pero esto ocurre hasta con las más grandes obras maestras. Lo  que realmente importa de una película son las sensaciones con las que sales de la sala de cine, y con El bar, éstas son positivas.

Rodada de forma enérgica, con esa pasión y convicción tan propias de su director, si por algo destaca El Bar es, junto con su enrarecida y fascinante atmósfera, por lo extraordinariamente bien que mueve la cámara el director en un espacio tan reducido como en el que se desenvuelve la acción, sobre todo en la primera mitad. Es admirable cómo De La Iglesia sale totalmente ileso del grandísimo reto que supone manejar a 8 personajes totalmente diferentes entre sí durante casi una hora por un espacio de apenas unos metros cuadrados. A su trepidante montaje y sus originales tiros y movimientos de cámara, hay que sumar el excelente retrato de personajes, que no por ser arquetipos o caricaturas, resultan menos creíbles. ¿Y si la realidad fuese así de caricaturesca? Por ello, que algunos destaquen la brocha gorda con la que están dibujados los personajes me parece absurdo: todos y cada uno de ellos (el hipster, la pija, la ludópata, el mendigo…) existen en nuestras calles y barrios. Interpretados por unos actores en estado de gracia (desde una soberbia Blanca Suárez hasta unas siempre eficaces Terele Pávez o Carmen Machi), los personajes de El Bar tienen como misión, aunque ellos no lo sepan, demostrar al espectador lo miserable que puede llegar a ser el ser humano cuando el miedo se apodera de él. “El miedo muestra a las personas tal y como son”, llega a decir en un determinado momento el personaje de Mario Casas. Y este es el principal objetivo de la cinta: reflejar cómo en los momentos de angustia hasta la persona más admirable puede convertirse en la más despreciable. Y que todos estemos expuestos a convertirnos en gente carroñera cuando el miedo hace acto de presencia da verdadero pavor.

El hitchcockiano guión se nutre de toda la ironía, mala baba y humor negro que seamos capaces de imaginar, regalándonos algunas de las mejores escenas de la filmografía del director -todas las relacionadas con el aceite de oliva, ese paseo por la Gran Vía madrileña- y ofreciéndonos una metáfora que vale su peso en oro: esos personajes sumergiéndose, en fondo y forma, en las alcantarillas, como ratas que son. No me cabe duda que, como muchas obras maestras, El bar es una corredora de fondo, que sólo con el tiempo ocupará la verdadera dimensión que merece dentro de la trayectoria de su creador y dentro del cine en general. Quizá hoy no estemos preparados para descifrar su (rotundo y tan necesario) grito feminista, su profundo calado social y su certera y terrorífica estampa del mundo en el que vivimos, pero dentro de unos años servirá como testimonio de una época: la nuestra. La de ahora. Aunque puede que por entonces no hayamos cambiado tanto.

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