Lo que de verdad importa

Intenso dilema al que me he enfrentado con Lo que de verdad importa (2017) el segundo largometraje de Paco Arango, que hace cinco años debutó con Maktub, película nominada a 3 premios Goya. Y digo dilema porque no es plato de buen gusto hablar mal de una producción que se nos ha vendido como “la primera película 100% benéfica de la historia del cine”. Y es cierto. Todo lo recaudado por esta producción que toma su título de una asociación sin ánimo de lucro cuyo fin es promover valores fundamentales para la sociedad a la gente joven está yendo destinado íntegramente a Serious Fun Children´s Network -de la que Arango es miembro a través de su fundación Aladina-; una asociación creada hace más de 20 años por el mítico actor Paul Newman cuyo fin es acoger a niños enfermos de cáncer. Nada que objetar al respecto, más bien todo lo contrario: me resulta admirable cómo un director -y, en este caso, también guionista- es capaz de renunciar a su propio sueldo y pagar de su bolsillo a los cientos de profesionales que han trabajado en la película a cambio de que hasta el último céntimo recaudado vaya destinado a mejorar la calidad de vida de niños enfermos.

Para más inri, sus cifras de recaudación, a pesar de su escasa distribución inicial y casi nula promoción, han sido de escándalo en España: casi 3 millones de € recaudados en apenas mes y medio en cartel, convirtiéndose en una de las películas españolas más taquilleras del 2017. A eso habrá que sumarle su recaudación internacional, lo cual certifica el éxito incontestable de una película que, a priori, lo tenía todo en contra para triunfar, incluyendo las sangrantes críticas de la prensa especializada española, que tachaban a la película de una tomadura de pelo y un horror. No ha importado al público la opinión de la crítica, pues ha acudido al cine en masa a verla -se calcula que en torno a medio millón de españoles han visto la película en los cines-, pero sin duda la labor de los que nos dedicamos a esto es, por muchas buenas intenciones que haya detrás de una película, juzgar a ésta desde el punto de vista cinematográfico. Y Lo que de verdad importa es, en este sentido, un absoluto dislate. Un cachondeo. Estamos ante una de las peores películas españolas de los últimos tiempos; una película tan mala que cuesta creer que alguien haya sido capaz de sacarla adelante. 

Ojo a la premisa argumental: un joven mecánico (Oliver Jackson-Cohen) decide dar un giro radical a su vida e irse a vivir a Canadá después de que un familiar que ni siquiera conocía (¿de dónde diablos sale este hombre y quién es?) se ofrezca pagar todas su deudas si, en efecto, se va a vivir allí durante 1 año. Allí descubrirá que tiene el don de sanar a la gente, por lo que la gente del pueblo comienza a llamarlo “el curandero”. Da igual la dolencia que se presente -tartamudez, artritis o cáncer-, pues ya está ahí el joven protagonista, una especie de enviado de Dios, para hacer desaparecer el dolor de la noche a la mañana. Si alguien sigue vivo después de leer semejante disparate, tiene que saber que es mucho más duro verlo que leerlo. Lo que de verdad importa son 113 interminables minutos repletos de situaciones sin un ápice de originalidad, trufada de lugares comunes, puesta en escena sonrojante y diálogos de vergüenza ajena. Ni la bellísima fotografía del gran Javier Aguirresarobe, lo único destacable de la cinta -que realza los preciosos paisajes de Canadá donde se rodó el film-, ni sus aceptables interpretaciones, salvan de la quema una película que se vanagloria de transmitir mensajes positivos pero que, en realidad, proyecta uno terrible: dar más importancia a los milagros y a la fe que a la ciencia y la medicina a la hora de curar enfermedades. Que éstas dos últimas ni se nombren ni hagan acto de presencia en una película cuyo tema central es el cáncer infantil no es que sea preocupante, es que resulta directamente insultante.

Extraña y horripilante mezcla de screwball comedy, drama y realismo mágico -con unos efectos especiales más propios de la serie televisiva Sabrina, cosas de brujas, que de una producción cinematográfica-, Lo que de verdad importa quiere enarbolar la bandera de la espiritualidad, de la importancia de vivir la vida o la generosidad, pero su oleada de aspectos para lamentar hacen imposible tomársela en serio. En resumen, un sonrojante panfleto ultraconservador y moralista, del que la Iglesia católica estará orgulloso, que chirriará a los amantes del buen cine y las buenas historias. Me alegra que la película haya sido un éxito por las razones antes citadas, pero me inquieta que alguien haya sido capaz de rodar una película que nos dice literalmente que rezar es la solución a todos los problemas. Que el Señor nos pille confesados. 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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