El guardián invisible

Muy de vez en cuando llega a los cines la adaptación cinematográfica de una novela de éxito capaz de contentar por igual a los lectores, a la crítica y también a la autora de la misma. Es el caso de El guardián invisible (2017), dirigida por Fernando González Molina, todo un experto a la hora de trasladar a imágenes fenómenos editoriales. Ahí tenemos el ejemplo de A 3 metros sobre el cielo (2010), Tengo ganas de ti (2012) o  Palmeras en la nieve (2015), tres taquillazos indiscutibles. El guardián invisible es, en efecto, la última adaptación del director pampilonense. Se trata de la primera novela de la archiconocida Trilogía del Baztán de la escritora vasca Dolores Redondo, uno de los fenómenos literarios en castellano más importantes de los últimos tiempos; estamos hablando de unos libros que han vendido alrededor de un millón de ejemplares en todo el mundo y han sido traducidos a más de 30 idiomas, lo que convierten a esta trilogía en un éxito sin parangón. La expectación, por tanto, era máxima. Parecía imposible plasmar en fotogramas una novela tan compleja, con la virtud de debatirse en todo momento entre lo místico  y lo puramente terrenal, entre lo perverso y lo fascinante, pero el director sale más que airoso de la jugada. 

La inspectora jefa de homicidios Amaia Salazar (Marta Etura) debe volver a su pueblo natal para capturar a un asesino de niñas que tiene aterrorizado a Elizondo, el lugar donde Amaia nació y del que ha intentado huir toda su vida. Llevada por su astucia y profundo conocimiento de la zona, Salazar se enfrentará no solo a el Mal, sino con su tormentoso pasado y sus frustraciones personales. Este es el argumento de una película larga que nunca se hace larga; es increíble cómo vuelan los 129 minutos de esta co-producción entre España y Alemania. Esto se debe principalmente a que el director ha sabido capturar perfectamente el espíritu de la novela y plasmarlo en la gran pantalla, haciendo que desde el minuto uno el espectador se sumerja dentro de este relato ante el que es imposible quedar impasible. Adaptación extremadamente fiel a su material de partida -muchas frases del guión están sacadas literalmente de la novela-, El guardián invisible contentará a los que, como es mi caso, devoraron el libro casi sin pestañear, mientras que corre el riesgo de no contentar del todo a los que acuden vírgenes a la cita, que se perderán sin duda varios detalles y matices de una película rodada con una firme intención grabada a fuego: la de no defraudar a los lectores. 

Dejando de lado algunas críticas sin fundamento, como los que destacan el exceso de lluvia en la película -cuando es así como debe de ser-, El guardián invisible sabe entremezclar perfectamente toda la parte de la infancia traumática de su protagonista -una inmensa, descomunal Marta Etura, que lleva sobre sus hombros todo el peso del film al salir prácticamente en todas las escenas- y todos sus problemas familiares y conyugales con lo que es la verdadera espina dorsal de la película: averiguar quién es el asesino o asesina que está detrás de los atroces crímenes que van sucediéndose. Por otro lado, era importante contar con un potente diseño de producción para llevar a cabo una adaptación de esta magnitud, algo que se cumple: visualmente estilizada, El guardián invisible sale más que airosa de todos sus retos técnicos: desde la dificultad que entraña el rodar en exteriores, máxime con la lluvia omnipresente, como el contar con una fotografía que refleja perfectamente ese halo mágico que es toda una seña de identidad de la novela, amortizando hasta el último céntimo sus 5 millones de presupuesto. El resultado no es sólo la mejor película de toda la filmografía del director, también la primera -gran- pieza del cine noir en español de este siglo y una de las películas de género más compactas y adictivas que este cronista es capaz de recordar. 

Entre los pocos reproches que se le pueden hacer es el de contar con algún que otro secundario que no está a la altura -el padre latino, la tía anciana- del nivel del resto de intérpretes que no admiten reproches -me sigo reafirmando en mi idea de que Elvira Mínguez no es de este planeta-. Plagada de escenas desasosegantes -las palizas que la madre de Amaia le daba a su hija, ese clímax final apoteósico- y recorrida de punta a punta por ese aura entre lo mágico y lo perverso, por esa belleza aterradora que atrapa e hipnotiza, la película deja la puerta abierta para una segunda parte que, esperemos, mantenga el listón de calidad de esta primera entrega. Crucemos los dedos. 

 

 

 

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