Moonlight

Resulta casi un milagro que una película como Moonlight (Barry Jenkins, 2016) haya llegado hasta donde ha llegado. Hay que exprimir mucho la mente para recordar cuándo una película tan alejada de los parámetros comerciales tradicionales, protagonizada por actores prácticamente desconocidos para el gran público y pilotada por un director casi debutante -por no hablar de su escaso presupuesto: apenas 5 millones de dólares, cifra casi insólita en el Hollywood actual- llegaba a las carteleras de todo el mundo de forma tan masiva, cosechando entusiastas acogidas de público y crítica. Un recorrido fulgurante que vivió su punto álgido la noche del 26 de febrero, fecha en la que esta cinta de corte independiente acerca de lo duro que es ser gay y afroamericano en América se alzó con el Oscar a la Mejor Película -uno de los tres galardones que logró de un total de 8 nominaciones-, arrebatándole el premio gordo a la que todas las quinielas daban como gran favorita: La la land (Damien Chazelle, 2016). Se convertía, así, en la primera película de temática LGTB en ganar el Oscar más importante. Pero, ¿es justificable este fenómeno? ¿por qué tras su historia aparentemente manida, y pese a abordar temas muy sobados en el cine -maltrato escolar, drogas, las trabas de la homosexualidad-, ha logrado conquistar al público?

Moonlight cuenta la historia de Chiron a través de 3 etapas bien diferenciadas: la fase de su niñez -en una zona conflictiva de Miami, sin más lazos afectivos a los que agarrarse más allá de Juan (Mahershala Ali), un traficante de drogas que se convertirá casi en un padre para él-, el tramo de la adolescencia -en el que el protagonista seguirá intentando superar su timidez y vivir abiertamente su homosexualidad, tarea nada fácil en un entorno tóxico- y la etapa adulta, en la que comprobamos cómo ha afectado a Chiron el contexto social que le ha tocado vivir. La razón de que Moonlight sea una película más importante de lo que parece es la ingente cantidad de verdad que hay detrás de cada uno de sus planos; la cojas por donde la cojas es más que patente el compromiso del director por ser fiel a la realidad, plasmando con suma sensibilidad y cero artificios el drama de la intolerancia, el horror constante en la vida cotidiana, el miedo o, simplemente, lo que significa sobrevivir, no sólo contigo mismo -todo el proceso de autodescubrimiento personal está perfectamente reflejado en la película-, sino en un entorno obtuso y cruel. Es interesante cómo el director muestra el tránsito de la niñez a la edad adulta del protagonista, cerrando la historia con uno de los finales más bonitos y sentidos que se recuerden.

A través de una puesta en escena rigurosa, una banda sonora excepcionalmente escogida -algunos destellos musicales saben a gloria y elevan la película de forma espectacular- y, ya digo, el firme compromiso de quien la firma por huir como de la peste de efectismos y el melodrama más rancio, Moonlight termina erigiéndose como un ejercicio cinematográfico de primer nivel, más caudaloso de lo que parece a simple vista. Ya no sólo porque lo que refleja la película sigue sucediendo a día de hoy, sino por la delicadeza, el humanismo y el sentimiento con el que está contado. Las escenas de sexo, por poner un ejemplo, podían haber sido mucho más explícitas, mientras que la realidad es que son contenidas y casi invisibles. No hace falta mostrar para que el espectador se haga una idea de lo que está sucediendo, y más en una película en la que los gestos, los silencios y las miradas adquieren una importancia capital; todo está articulado en torno a ellos. Autor también del guión del film, basándose en la historia de Tarell Alvin McCraney, Barry Jenkins hace gala de una puesta en escena funcional, repleta de estampas de un fulgor y una belleza incontestables, desvelando en todo momento de forma más descriptiva que crítica lo que significa ser negro y homosexual en uno de los continentes, se supone, más avanzados del mundo.  

Sólidamente armada a nivel interpretativo, fotografía y guión -algunas frases son para enmarcar-, Moonlight nos conquista principalmente por sus imágenes de sobrecogedora pureza, como esa conversación en la cafetería o ese abrazo final -con el que se eleva la emoción al infinito-  de una intensidad emocional sólo perceptible en un público maduro, de una sensibilidad fuera de toda duda. Es a éste target al que está dirigido la película: el resto que ni se acerque. Cine riguroso, cine necesario, cine que sacude, Moonlight es una película absolutamente recomendable.

 

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