Tarde para la Ira

Ganar el Goya a la Mejor Película cuando tus competidoras son Julieta (Pedro Almodóvar, 2016); El hombre de las mil caras (Alberto Rodríguez, 2016), Que Dios nos perdone (Rodrigo Sorogoyen , 2016) y Un monstruo viene a verme (J. A. Bayona, 2016), sólo puede certificar que la película premiada es, salvo error garrafal de la Academia de Cine, una auténtica maravilla. Y en este caso no se equivocó. Con semejante plantel de rivales, de un nivel extraordinario de calidad y perfección, resulta aún más meritorio el triunfo de Tarde para la ira, el debut en la dirección del reconocido actor Raúl Arévalo. Ganadora de 4 Goyas de los 11 a los que estaba nominada, este thriller seleccionado para la sección Orizzonti del Festival de Venecia es una de las óperas primas más deslumbrantes, fascinantes y extraordinarias que ha dado el cine español a lo largo de su historia. La veo y me resulta increíble que haya sido filmada por un director novel, por mucho que en sus venas corriera cine prácticamente desde que nació: cada plano, cada decisión creativa, cada construcción de los personajes y cada plano parecen más propios de alguien que lleva toda una vida dirigiendo -buen- cine que de alguien se pone por primera vez detrás de una cámara -exceptuando sus cortos Un amor y Foigrás-. 

La acción se sitúa en el caluroso verano de Madrid de 2007. La vida de Jose (Antonio de la Torre) y Curro (Luis Bermejo) quedará marcada para siempre después de un robo a una joyería que acabará con la entrada en prisión del segundo de ellos, el conductor del coche que se dio a la fuga. 8 años después Curro sale de la cárcel dispuesto a comenzar una vida nueva con su novia Ana (Ruth Díaz) y su hijo, pero hay algo con lo que no cuenta: la irrupción en su vida de Jose, el que para él no más que un desconocido. Resulta innegable que uno de los pilares más recios de la película son sus actores: desde el último secundario hasta el principal protagonista. Desde una Ruth Díaz premiada en Venecia por su impecable interpretación hasta un Luis Callejo absolutamente bestial pasando por un Antonio de la Torre sobre el que recae casi todo el peso de la película, las interpretaciones de Tarde para la ira son de esas que te dejan helado en la butaca. Imposible también no mencionar a Manolo Solo, ganador del Goya por su breve pero decisivo papel en la trama, en la piel de un macarra disfónico que consigue en sus apenas 10 minutos de aparición eclipsar a sus mismísimos compañeros de reparto en la que para mí es la mejor escena de la película. 

Tarde para la Ira es una película de almas heridas, depravadas, incorregibles, solitarias. Una película tan áspera, sucia y seca como el corazón de sus personajes, los cuales arrastran unas cicatrices imposibles de cicatrizar y poseen una intensidad emocional extrema. Auténtica reflexión sobre la venganza y el -lento y meticuloso- proceso de gestación de la ira, si por algo destaca también la película es por estar meticulosamente calculada, estudiada. Es complicado encontrar una grieta, por mínima que sea, en una cinta en la que es imposible quitar ni un segundo de metraje; todo está construido con una concisión y una exactitud realmente abrumadoras. Desde su inolvidable plano secuencia inicial hasta ese final abierto, un auténtico puñetazo en el estómago, la película es de un prodigio se mire por donde se mire. Escrita junto a su colega David Pulido, Raúl Arévalo amortiza hasta el máximo los 1,2 millones de € de presupuesto, parte del cual se invirtió al rodar la película en Súper 16 mm, un formato en desuso que obligaba mandar cada día el material rodado a Rumanía para revelarlo. Pese a las reticencias iniciales de los productores, rodar con este formato ha sido un acierto al aportar a la imagen un grano y una textura que potencian ese ambiente enrarecido y marginal en el que se mueven los personajes. 

Cinematográficamente la película es una master class para cualquiera que opte por dedicarse al mundo del cine. A través de una puesta en escena inquietante y perturbadora, Arévalo nos va sumergiendo poco a a poco en una espiral en la que tardas en unir las piezas del puzzle pero que, cuando lo haces, todo te parece magistral. Imprevisible, apoteósica y poseedora de uno los clímax más inolvidables que se recuerden en el cine español, Tarde para la ira, una de esas películas que no te puedes quitar de la cabeza tiempo después de su visionado, es una locomotora que va arrasando todo a su paso, donde cada primer plano, cada línea de guión y cada tiro de cámara evidencian que el ganador del Goya al mejor actor de reparto por Gordos (Daniel Sánchez Arévalo, 2009) ha aprendido -y mucho- de todos los directores con los que ha trabajado, aportando además un estilo y una voz propias en un género tan difícil como el thriller, donde parecía que todo estaba inventado. Hasta que Raúl Arévalo se puso detrás de una cámara.

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