Múltiple

Imagino que para cualquier artista debe resultar agotador que el público compare cada una de sus nuevas creaciones con su obra cumbre. De esta realidad no se libran, ni mucho menos, los directores de cine. El cineasta M. Night Shyamalan firmó a finales de los años 90 un título clave ya no sólo para el cine de misterio -con un giro final del que se habló hasta en el rincón más recóndito del planeta-, sino también para la cultura popular, provocando un impacto social con pocos precedentes. El bombazo de El sexto sentido (1999) fue tal que, le guste o no, el director hindú tiene que soportar que público y crítica, a veces por mera rutina, infravaloren algunos de sus nuevos trabajos por el hecho de no estar a la altura de la mítica película protagonizada por Bruce Willis. Sirva esta introducción como autocrítica por no juzgar, a veces, las obras de un director de forma independiente, sino comparándolas con -digamos- el buque insignia de la filmografía del cineasta en cuestión. En cualquier caso, y como en en la cosecha de todo director de cine, Shyamalan ha firmado películas para recordar y otras para olvidar. Múltiple es de las primeras. Con sus puntos fuertes -la mayoría- y los débiles -la minoría-, este thriller psicológico termina en el lado de la balanza de las películas del cineasta que no nos podemos perder. 

No hace falta esperar mucho para detectar que Múltiple será una de las piezas más destacables en la filmografía de Shyamalan. Su impactante prólogo de apenas unos minutos, una auténtica lección de cine, es más que suficiente para percatarnos de que el hindú está en plena forma. Con una sencillez de recursos pasmosa y una puesta en escena soberbia, la forma en la que el realizador filma la escena del secuestro bien merece un estudio aparte. Kevin (James McAvoy), un hombre con trastorno de identidad, es quien lleva a cabo el rapto de 3 jóvenes. Encerradas en un búnker subterráneo, las chicas deberán encontrar la manera de enfrentarse a su secuestrador, un joven esquizofrénico que alberga en su interior hasta 23 personalidades diferentes  -aunque, a diferencia de lo que han publicado muchos medios cinematográficos, el espectador sólo puede disfrutar de muy pocas de ellas-. A raíz de este enigmático secuestro se va desarrollando una película que, con sus altibajos en el guión y sus escenas más o menos logradas, va ganándose a un espectador que nunca deja de sentir curiosidad por lo que sucederá en la próxima escena. 

Es admirable la maestría de Shyamalan a la hora de enhebrar las escenas del cautiverio, los consejos de la doctora (Betty Buckley) en cuyas manos se pone el propio Kevin y toda la hilera de flashbacks de una de las jóvenes. Esto da como resultado un entramado de escenas tan extraño como estimulante que desemboca en un impactante clímax, quizá lo mejor de la película junto con su prólogo, que otorga a todo lo que acabamos de ver una nueva dimensión -junto con un inesperado cameo que enlaza directamente esta película con El protegido (2000), otro de los trabajos más brillantes del hindú-. Al margen del auténtico tour de force interpretativo del actor escocés McAvoy, capaz de cambiar en cuestión de segundos su acento o actitud corporal para dar vida a otro personaje, Múltiple encuentra uno de sus mejores apoyos en un reparto tan eficaz como poco conocido por el gran público y en la lograda atmósfera que crea Shyamalan, tan turbia como lírica, tan enigmática como poética. Y es que, en medio de ese aire siniestro, oscuro y misterioso, en medio de esa insana locura que recorre de punta a punta el film, Múltiple tiene algo que la hace hermosa. Quizá porque el cineasta, lejos de conformarse con hacer una película de terror al uso, prefiere ir más allá y reflexionar sobre muchos de sus temas de cabecera como el Mal, los seres marginados –¿qué pasa si las personas que consideramos inferiores fuesen en realidad superiores?, reza una de las frases que mejor resume el espíritu del film-, la locura o la importancia de la mente para superar los traumas del pasado. 

Además de confirmar que Shyamalan está en uno de sus mejores momentos artísticos -cameo en la película incluido-, Múltiple combina escenas de fascinante crudeza -sin una gota de sangre: no la necesita-, de auténtica tensión, con una certera y aguda reflexión sobre el trastorno de personalidad múltiple. Y, aunque la sensación final es que el director podía haber llevado un pelín más lejos este retorcido festín, no hay duda que, con los años, este será uno de los trabajos más a tener en cuenta de un creador que, tras unos últimos trabajos para olvidar –After Earth (2013), Airbender, el último guerrero (2010)-, parece haberse reconciliado con el público. ¿Cómo? Habiendo vuelto a tomar al espectador por alguien inteligente.

 

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