La la land

Ocurre de cuando en cuando. Y, cuando sucede, no cabe otra que celebrarlo. Estoy hablando de la película perfecta. Aquella a la que es (casi) imposible ponerle un “pero”. Me estoy refiriendo al que muchos califican como el musical del S.XXI y, sin duda, uno de los fenómenos cinematográficos  más importantes de los últimos años. Y lo más fuerte de todo es que, a la hora de escribir estas líneas, la cinta apenas lleva unos días en cartel. Tiempo más que suficiente para comprobar como La la land (2016) ha trascendido su condición de película para pasar a convertirse en un fenómeno social; no hay rincón del planeta en el que no se hable del tercer largometraje de Damien Chazelle, el aclamado director de Whiplash (2014). Como no soy de dejarme llevar por las opiniones mayoritarias, me dejé caer en una sala de cine dos días después del estreno de la película temeroso de que las expectativas disparadas -algo inevitable, después de leer y escuchar todo lo BUENO que se estaba diciendo del film en cuestión- no se cumplieran. Pero se cumplieron. La la land es una de esas bendiciones que agradecemos todos los amantes del cine. Un regalo. 

La historia pivota en torno a dos personajes principales: Mia (Emma Stone) y Sebastian (Ryan Gosling). Dos jóvenes que se cruzan por casualidad y que no tardan en enamorarse. Quien no la haya visto pensará que este es el argumento del 99% de las películas románticas que desfilan por la cartelera, pero al verla descubrirán que La la land es especial. No sólo por tratarse de un musical, sino porque su vertiente romántica no es nada empalagosa. Estamos ante una historia de amor madura, compleja y nada típica dentro del género, números musicales aparte. Es increíble cómo, a mitad de la función, en esa escena de la discusión para enmarcar -de las decenas de escenas para enmarcar que tiene la película- la cinta pega un giro inesperado y pasa a reflexionar sobre temas tan vitales como la imposibilidad de tenerlo todo en la vida, el precio del éxito, la tremenda huella que deja el verdadero amor o la tenacidad para conseguir tus sueños, entre otros muchos. Auténtico antídoto contra la depresión, el mal humor, y en definitiva, la tristeza, La la land trasmite toda la emoción que seamos capaces de imaginar. Y lo hace a través de unos giros de guión tan imprevisibles como brillantes, y un libreto que deja un buen puñado de frases para la posterioridad (“la gente ama lo que a los otros les apasiona”). Y, aunque a partir de un determinado momento, vire hacia el drama -en realidad la película es más drama que comedia, ojo- el film nunca pierde su encanto y ese halo encantador que han hecho de él algo tan grande. 

La cinta, que hizo historia en los Globo de Oro al ganar los 7 premios a los que optaba, convirtiéndose en la película más galardonada en la historia de estos premios, nos conquista desde su maravillosa apertura -ese número musical en la autovía de Los Ángeles del que todo el mundo habla al salir de ver la película- hasta su impagable final, donde el peso de las miradas de los protagonistas -y todo lo que se dicen en silencio- termina de encumbrar este clásico contemporáneo al Olimpo. Claro que quien la firma, tanto en dirección como en guión, es un tipo que sabe muy bien lo que hace. Chazelle ha sido muy hábil por haber confeccionado una película adaptada a todos los paladares, del más al menos exigente. La cuestión es gustar a todo el mundo, sin que ello implique perder un ápice de calidad. ¿La receta? Haber filmado un musical capaz de gustar tanto a los amantes del género como a los que no -no es, en este sentido, como Los miserables (Tom Hooper, 2012), un musical capaz de causar urticaria a aquellos que detestan el género-. Asimismo disfrutarán la película tanto los fans de las historias de amor al uso como los que piden algo más -y aquí entra en juego esas reflexiones sobre temas existenciales de las que antes hablábamos-. O, lo que es lo mismo, los que prefieren quedarse en la superficie como los que opten ir más allá. Y también se enamorarán de La la land los incondicionales del cine clásico por sus continuos homenajes que hacen a los musicales de toda la vida, ya no sólo en el plano técnico -al grabar en pleno secuencia muchas de las escenas de canto-, sino por las referencias explícitas a films como Todos dicen I love you (Woody Allen, 1996), Cantando bajo la lluvia (S. Donen & G. Kelly, 1952), Sombrero de copa (M. Sandrich, 1935) o Melodías de Broadway (V. Minelli, 1953). 

Entre su legión de momentos perfectos, es imposible quedarse solo con uno. Un servidor no sabe si decantarse por la escena en la que el personaje de Gosling le explica al de Stone lo genial que es el jazz, la escena de la discusión antes citada – de un realismo y una carga dramática que impresiona- o ese genial cruce de miradas final entre ambos intérpretes, los cuales nunca han estado mejor en sus respectivas carreras. Aunque la escenografía y algunos números musicales se podían haber llevado un pelín más lejos -el único “inconveniente” que se le puede poner a la cinta: números musicales como el de la piscina daban para mucho más- esto no empaña en absoluto un trabajo que se gana a pulso su condición de obra maestra. Una película que contagia buen rollo hecha para reír, llorar, sufrir y cantar. Y aplaudir, claro. 

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