Sully

Siempre he sido un ardiente entusiasta del cine de Clint Eastwood. Desde que tengo uso de razón lo he considerado uno de los más grandes directores en activo, poseedor de una extraordinaria sensibilidad tras la cámara, una habilidad innata para contar historias apasionantes y un gran conocedor de la condición humana. Por eso me pregunto en qué momento dejó de interesarme su cine o, dicho de otra forma, dejé de esperar sus películas como agua de mayo. Hago la vista atrás y descubro que ese punto de inflexión se produce a partir de esa -incomprendida, infravalorada- obra maestra llamada Más allá de la vida (2010), una de las películas más valientes, arriesgadas y desgarradoras de la filmografía del director americano. De ahí para atrás soy incapaz de detectar tropiezo alguno en la carrera de tan brillante creador. Sin embargo, es, ya digo, a partir de hace algo más de un lustro hasta la actualidad cuando Eastwood ha ido encadenando proyectos tan descafeinados como torpes. Películas tan rutinarias, planas y, en algunos casos, malas, que parece mentira que hayan sido firmadas por él. Me estoy refiriendo a: J. Edgar (2011) -quizá la peor película de su cosecha-, Jersey Boys (2014), El francotirador (2014) y, finalmente, la que hoy nos ocupa: Sully (2016), trabajo que acentúa el declive cinematográfico del otrora maestro Clint Eastwood. 

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Sully es el mote del Capitán Chesley Sullenberger (Tom Hanks), quien consiguió salvar la vida de los 155 pasajeros que viajaban en el avión que él mismo pilotaba al provocar un aterrizaje de emergencia en las heladas aguas del río Hudson después de que unas aves dañasen el motor del aparato. Lo primero que tengo que decir es que, de entrada, no me interesa lo más mínimo la hazaña de este hombre, al parecer un icono para los americanos. Héroe o no héroe -que cada cual saque sus conclusiones-, la proeza del tal Sullenberger -y todo lo que vino después, que en realidad es menos de lo que parece- no creo que sea materia prima suficiente para sostener una película de más de hora y media de duración. En cualquier caso se agradece que Eastwood haya recortado el tiempo de sus obras: recordemos que sus últimos 5 proyectos superaban el umbral de los 130 minutos, resultando éstos excesivos en la mayoría de ocasiones. De entrada, ya digo, la historia no me convencía. Pero decidí darle una oportunidad: lo que no me imaginaba -o sí, viendo la decadencia en la que ha ido cayendo su cine- es el desastre que se avecinaba. Sin llegar a ser un telefilm, que se queda cerca, lo que más me llamó la atención es presenciar una historia que ya nos han contado mil veces. Y, en la mayoría de casos, mejor. Basta citar la reciente El vuelo (Robert Zemeckis, 2012); un film que, sin ser santo de mi devoción, está a años luz de esta Sully. Por lo menos la cinta de Zemeckis tenía una primera media hora inolvidable, en mi opinión el mejor accidente aéreo jamás rodado en cine. Mientras, aquí, no hay nada que la haga memorable. Una película en la que hasta las escenas de efectos especiales -que ocupan, agárrense, un total de 20 segundos en 96 minutos de metraje- son tan fugaces que parece como si no existieran. 

Vale, de acuerdo, no estamos ante una película de catástrofes. Que al bueno de Clint lo que verdaderamente le importa es hacer una disección de la psique humana, el sentido de la culpa y bla, bla, bla, pero pocos me negaréis que una escena potente sobre el accidente -y no una, repito, que dure 10 segundos- habría hecho sumar enteros a la función. Ésta, además, no hubiese tenido por qué ser incompatible con lo que Eastwood nos quería contar. De hecho, también El vuelo tenía mucho de debate social, y no por ello se nos privó de disfrutar de un accidente aéreo como Dios manda. No ayuda a mejorar el resultado final una tendencia horrible al subrayado -¿es necesario mostrarnos dos veces la escena del accidente, entre otras muchas?-. Está claro que estos segundos que dura el accidente es lo más interesante de la película, pero eso no justifica que se nos repita dos veces, la segunda de ellas en medio de todo ese fragmento de ese juicio soporífero, lento y en la que el bostezo, definitivamente, se apodera de mí. 

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Sully no tiene un átomo de la capacidad emocional de la mayoría de trabajos del genio: no veo a esa madre desesperada por recuperar a su hijo en la formidable El intercambio (2008), ni esa Bryce Dallas Howard devastada en el suelo por haber despertado la peor de las pesadillas en la ya citada Más allá de la vida (2010), ni tampoco se dan cita en mí esas lágrimas que brotaban al recordar lo dura que había tenido que ser la vida de Nelson Mandela, perfectamente retratada en Invictus (2009). Nada de todo esto veo en la 35ª película del director, una obra totalmente desprovista de emoción, garra y de corazón pilotada por un director que a sus 86 años debería ir considerando seriamente la idea de retirarse. No tanto por él, sino por los espectadores que pagamos una entrada de cine y no nos merecemos películas tan insustanciales, tan poco lúcidas y tan poco destacables como esta. Clint Eastwood, ¿dónde estás? 

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