Que Dios nos perdone

3 años después de dar la sorpresa con Stockholm (2013), aclamada cinta de corte independiente que se hizo en el Festival de Málaga con los premios de Mejor Actriz, Director y Guión Novel-, Rodrigo Sorogoyen vuelve a situarse en la primera línea del tablero cinematográfico por el importante salto cualitativo que supone su segundo largometraje en solitario, la imprescindible Que Dios nos perdone (2016), ganadora del Mejor Guión en el Festival de San Sebastián. No es para menos: estamos ante la mejor película española del 2016, un thriller compacto y sin fisuras capaz de dejar con la boca abierta al espectador, que se mantendrá pegado a la butaca durante las dos horas que dura este espectáculo seco, opresivo y lleno de violencia. Habrá quien vea en el nuevo trabajo del director madrileño -el tercero, si contamos la comedia que co-dirigió junto a Peris Romano, 8 citas (2008)- una película de intriga. Y no le faltará razón. Pero también podría funcionar perfectamente como un extraordinario documental sobre la condición humana, como un espeluznante reflejo de nuestro tiempo o como una reflexión filmada acerca de la delgada línea que separa a los monstruos de la gente aparentemente normal.

quediosnosperdone

Escrita por el propio director junto a Isabel Peña -con la que también firmó Stockholm-, Que Dios nos perdone gira en torno a Velarde (Antonio de la Torre) y Alfaro (Roberto Álamo), una pareja de inspectores que acuden al levantamiento de un cadáver de una mujer en un peso en el centro de Madrid en pleno verano del 2011. Cuando aparece un segundo cuerpo se dan cuenta que lo que parecía un accidente sin más trascendencia es en realidad obra de un asesino en serie, al que intentarán detener. Sorogoyen acierta al retratar un Madrid castizo, convulso -esas manifestaciones del 15M-, efervescente -esos peregrinos disfrutando de la visita del Papa Benedicto XVI dentro de las Jornadas Mundiales de la Juventud- y sucio, en todos los sentidos de la palabra. Tan sucio como el alma de unos personajes que, en realidad, no son muy diferentes unos de otros. Y es que el film remueve conciencias al recordarnos lo ligada que está la violencia a los seres humanos y la multitud de formas en la que ésta puede manifestarse, ya sea violando una ley -e imponiendo la tuya propia-, faltando el respeto o agrediendo físicamente, por poner solo tres ejemplos. ¿Hay diferentes tipos de violencia?; ¿Son unas más justificables que otras?; ¿Quiénes son verdaderamente los monstruos en esta historia llena de personajes complejos, oscuros, atormentados, indescifrables y, por otro lado, extraordinariamente dibujados? 

Dejando de lado la identidad del asesino encarnado por un actor que va a dejar a más de uno con la boca abierta, no solo por su buen hacer, sino por su sorprendente cambio físico, merece la penad estacar lo sobresaliente que resulta Que Dios nos perdone en todo su apartado técnico. Desde su asfixiante y envolvente banda sonora, realmente incómoda -en el mejor sentido de la palabra- en multitud de momentos y perfectamente amoldada a las imágenes, hasta su deslumbrante estilo visual o lo bien parada que sale del que quizá sea el mayor desafío técnico de la película: la escena en la que el asesino salta por la ventana, un plano secuencia para enmarcar. Si a ello le sumamos una atmósfera de intriga que se mantiene desde el minuto uno, con la aparición de la primera víctima, hasta el final -uno de los desenlaces más retorcidos, concisos y secos del cine español reciente, a pesar de desarrollarse bajo la lluvia- el resultado es un film imperdible. Y con un reparto encabezado por dos de los mejores actores patrios de su generación: un Antonio de la Torre que vuelve a bordar ese retrato de policía acomplejado, de personalidad oscura, y un Roberto Álamo que por fin tiene la oportunidad de lucirse con su primer protagónico después de una larga carrera cinematográfica como eterno secundario. Ambos brillan en sus respectivos papeles, y llevan sobre sus hombros una película trufada de momentos desoladores e inquietantes, como esa sucesión de imágenes de archivo de la visita del Papa Benedicto XVI a España -perfectamente editadas, montadas- o esa escena en la que apreciamos todo el proceso de ataque del asesino a una de sus víctimas tras ayudarle con las bolsas de la compra, extraordinariamente filmado. 

Estamos, pues, ante una pequeña gran joya de nuestro cine con la extraordinaria capacidad de que uno se levante de la butaca realmente tocado por lo que acaba de ver: es la vida misma filmada a 25 frames por segundo. Que Dios nos perdone, que viene a adscribirse en ese género policíaco que tan grandes alegrías está dando al cine español con películas como El Niño, La isla mínima o la más reciente Tarde para la ira, es un artefacto que si bien no constituye una crítica a la religión en sí misma, nos recuerda que, a veces, los más devotos pueden ser los más dañinos, los más siniestros. Por los siglos de los siglos.  

 

 

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