La chica del tren

Partamos de la base de que no era fácil trasladar a imágenes La chica del tren, una novela contada desde múltiples puntos de vista, trufada de flashbacks y viajes temporales de todo tipo. Adaptar un best seller tan complejo narrativamente a la gran pantalla, sin duda, no era moco de pavo, si se me permite la expresión. Y eso sin contar la enorme presión que supone filmar la adaptación del que es considerado el último gran fenómeno editorial mundial, como demuestran sus 11 millones de ejemplares vendidos. Para que nos hagamos una idea, basta decir que cada 6 segundos se despachan en las librerías de todo el mundo un ejemplar de esta novela negra que ha convertido a su autora, Paula Hawkins, en multimillonaria. La cuestión es si la película está a la altura del potente material en el que se basa y, como suele suceder en la mayoría de ocasiones, desgraciadamente no es así. Si la novela de Hawkins se caracterizaba por su ritmo ágil, su carácter imprevisible y su intriga más o menos lograda, en la película (Tate Taylor, 2016) todo sabe a añejo, a algo mil veces visto. No ayuda, en absoluto, el tono desganado y frío con el que parece que está rodada, dando como resultado una película espesa, pasada de moda, taciturna. 

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Desde que se separó, la vida de Rachel (Emily Blunt) es un completo desastre: bebe sin límites, acosa a su ex marido con llamadas telefónicas y el tiempo que le sobra lo dedica a fantasear sobre la vida de una pareja anónima que cada mañana ve desde la ventanilla de un tren. En medio de este panorama, Rachel se ve envuelta en la turbia desaparición de Megan Hipwell (Haley Bennett), la joven en la que la protagonista se llevaba fijando cada mañana y que, casualidades del destino, está ligada a su pasado. Con Alfred Hitchcock como claro referente -especialmente por su obra La ventana indiscreta (1954), obra culmen del voyerismo, del que aquí se hace casi un alegato-, el director de Criadas y señoras (2011) o I Feel Good (2014) construye una película de la que desgraciadamente pocas cosas buenas se pueden decir. Una vez reconocido su mérito por aventurarse a trasladar a fotogramas un material tan arriesgado, se me antoja imposible defender La chica del tren desde el punto de vista cinematográfico. No sólo por no aportar nada nuevo al género -algo que sería perfectamente válido: no todas las películas tienen que añadir aspectos novedosos al género al que se adscriben-, sino porque no tiene ningún pudor en sucumbir a la principal tentación a la que se enfrentaba una producción de estas características: la del telefilm de sobremesa. 

En efecto, lo que podría haber sido un thriller competente, con buen acabado técnico y formal, con giros narrativos sorprendentes y un diseño de producción deslumbrante, se queda en un trabajo anodino, con una puesta en escena desangelada, unos decorados mediocres, unos diálogos que rozan el patetismo y un factor sorpresa que en ningún momento hace acto de presencia, algo imperdonable en cualquier película de intriga que se precie. Rodada con desgana, sin alma y con un alarmante déficit de ritmo, el principal fallo de la película es que no conectamos en ningún momento con los personajes; si escritos en tinta estos resultaban oscuros, fascinantes y llenos de recovecos, en tres dimensiones se vuelven insípidos, unidimensionales y totalmente planos. En el plano técnico son imperdonables sus extraños movimientos de cámara, esos innecesarios y constantes primeros planos o esa irritante -e innecesaria- cámara de lenta al que el director recurre una y otra vez. Algunas críticas hablan de lo bien que está Emily Blunt en su papel de divorciada a la deriva -el primer papel protagonista de su carrera, por cierto-, pero yo la encuentro totalmente desubicada. Ver a la joven poniendo la misma cara de circunstancia durante casi dos horas, lejos de suponer un aliciente, resulta una odisea. Si a eso le sumamos el horroroso doblaje español que le han puesto, la cosa no hay por donde cogerla.  

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A pesar de que sus 10 primeros minutos apuntan maneras -Taylor explota muy bien el recurso de la voz en off, combinándolo con las imágenes de forma efectiva-, la cinta se vuelve abajo de forma progresiva, amoldándose de forma nada disimulada a las convenciones del género hasta desembocar en un desenlace tan ridículo como falto de garra. Los amantes de la novela pasarán el rato, los demás que ni se acerquen a este intento de hacer un thriller provocativo -hasta las pretenciosas escenas de sexo parecen de otra época- que, sin embargo, está más pasado de rosca que ese viejo tren de cercanías desde el que cada mañana la protagonista fantasea con las vidas ajenas. 

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