Elle

En un tiempo en el que cada vez más directores sucumben a la tentación de lo políticamente correcto, en el que cada vez cuesta más encontrar riesgo, atrevimiento y osadía en el séptimo arte, se agradece (y mucho) un film como Elle y un director como Paul Verhoeven, autor de una filmografía que se caracteriza precisamente por no casarse con ningún parámetro preestablecido y hacer básicamente el cine que le da la gana, ajeno a si éste resulta más o menos polémico. Y este adjetivo es, precisamente, el que mejor describe a su última criatura, un film que desde su triunfal proyección en el Festival de Cannes (dentro de la sección oficial de largometrajes a concurso) ha despertado un inusitado respaldo unánime de la crítica. Los factores que convierten a Elle, la elegida por Francia para representarle en los Oscar, en una película polémica van mucho más allá del hecho de mostrar algo que nunca se ha visto en el cine -como es el retrato de una mujer violada que se niega a aceptar el papel de víctima-, sino en todo el conjunto de debates morales que va desplegando su(s) trama(s) y la aguda mirada del director por mostrar un mundo enfermo. 

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Esta co-producción entre Francia, Alemania y Bélgica gira en torno a Michèle Leblanc, una mujer de alma fría y fascinante en su mezquindad que de la noche a la mañana se ve inmersa en una espiral de violencia y agresiones sexuales por parte de un encapuchado en su propia casa. ¿Quién es este hombre? ¿Por qué Leblanc se niega a denunciarlo a la policía? ¿Quién es la víctima y quién el verdugo en este fascinante juego en el que Verhoeven imposibilita al espectador anticiparse a lo que va acontecer en la siguiente escena? Junto con su trama principal, destaca todo su excelso plantel de secundarios e historia paralelas que enriquecen la película, las cuales están muy bien llevadas y entremezcladas. No es fácil juntar en una misma película la trama central de los abusos sexuales con los problemas de la protagonista con su madre, su hijo, su nuera, sus compañeros de trabajo, su ex marido, su atractivo vecino, su mejor amiga, etc. Todo fluye a la perfección en una película que destaca por un guión de hierro, sin fisuras, que desde su impactante primera escena mantiene al espectador en un estado de permanente tensión. 

Adaptación de la novela Oh… de Philippe Djian, si por algo he conectado personalmente con esta extraña y poco convencional mezcla de thriller, comedia negra y drama social es porque es un film realizado con absoluta libertad, como si al director no le importase lo más mínimo lo que los demás puedan pensar de él. Asimismo es un punto a su favor que en ningún momento juzgue moralmente a sus personajes: el director de Instinto básico (1992) o Desafío total (1990) es plenamente consciente que ahí está el espectador para dictar sentencia, para decidir si la falta de empatía que despierta su personaje central está justificada o no, si el fin justifica los medios o si el director exagera en este explosivo y corrosivo retrato de la alta burguesía francesa. Mi humilde opinión es que no sólo no exagera, sino que Verhoeven se queda corto en su retrato de una sociedad decadente; esa en la que unos están dispuestos a aceptar un fajo de billetes con tal de vulnerar la privacidad de los demás, otros se encargan de cuestionar la forma de disfrutar de su sexualidad de una mujer octogenaria y otros no tienen reparos en engañar a su mujer de la forma más ruin posible. El director explora con precisión y astucia la condición humana en una película que debería estudiarse en todas las facultades de psicología por el carrusel de puntos interesantes que subyacen en su desarrollo, como su magnífica reflexión sobre el deseo, la venganza, el perdón o el dolor. 

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De una capacidad hipnótica fuera de toda duda, si hay algo por lo que se recordará a Elle será por obsequiarnos con uno de los más complejos y consistentes personajes femeninos de los últimos tiempos. La superdotada Isabelle Huppert, “la mejor actriz del mundo” según palabras del propio director, ofrece aquí un auténtico prodigio de interpretación, llena de matices y detalles, capaz de dejar boquiabierto al espectador. No es un film agradable de ver, pero ahí está su grandeza. Nadie dijo que el arte tuviese que ser necesariamente agradable. Dispuesta a sembrar el desconcierto entre aquellos que se atrevan a disfrutarla -o sufrirla- estamos sin duda ante una obra imprescindible de la que, sin ninguna duda, se seguirá hablando (y debatiendo) durante décadas. 

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