No respires

Debería existir una máxima en el mundo del cine que impidiese rodar un remake si éste no nace con la ambición de mejorar o, por lo menos, igualar, a la obra original. Dicha máxima, ignorada o directamente despreciada por la mayoría de cineastas que se aventuran a hacer un remake, se la tomó muy en serio Fede Álvarez cuando en 2013 decidió hacer su particular versión del clásico de Sam Raimi Posesión infernal (1981). El debut del director en el largometraje, tras una exitosa carrera como cortometrajista, nos dejó a todos de piedra: no sólo por conseguir superar en calidad a la icónica obra de Raimi -tomándose muy en serio lo que para el director de la saga Spider-man era un cachondeo puro y duro-, sino por demostrar una personalidad fílmica, una concisión y un tono estilístico impropio en un director novel. No respires (2016), película en la que Álvarez reincide en el terror, viene a confirmar que lo que parecía un espejismo no lo es en absoluto y que el uruguayo, último de una estirpe de cineastas iberoamericanos afincados en Hollywood, ya puede considerarse uno de los más grandes directores de terror de los últimos años. 

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La historia trata sobre un grupo de jóvenes que se disponen a robar en la casa de un hombre ciego mientras éste duerme. Sin embargo, a medida que empiezan a articular su plan, se dan cuentan de que lo que parecía un pobre anciano desvalido es en realidad la peor de las bestias. Ante todo hay que comenzar destacando la inmensa interpretación de Stephen Lang en uno de esos papeles que marcan la carrera de cualquier actor; el simple rostro de Lang, explotado por el director con esos primeros planos en los que destacan esos ojos vidriosos y malignos, son ya una estampa tan icónica en el cine de terror como, por poner un ejemplo, esa Sissy Spacek embadurnada en sangre en el final de Carrie (Brian de Palma, 1976). No es el único actor que brilla en su papel: el resto del reparto también ofrecen unas interpretaciones dignas, muy por encima de lo que nos tiene acostumbrado el género. 

Narrativamente frenética y plagada de recovecos y giros de guión que impiden que nos anticipemos a lo que va a ocurrir, No respires es una película que te mantiene con un nudo en el estómago del principio hasta el final. No hay un minuto de respiro en una obra que, además de garantizar un buen puñado de sustos, constituye un ejercicio de tensión impecable, como hacía tiempo no se recordaba en el cine -especialmente virtuosa resulta en este sentido la escena en el interior del coche del tramo final-. El director, que como ya viene siendo habitual escribe la película junto a su compañero Rodo Sayagues, se las ingenia para tener al público en tensión en todo momento. Lo que empieza como un robo común, casi frívolo, va adquiriendo tintes mucho más serios, y Álvarez no decepciona: diseña una película para satisfacer al 100% a los amantes de las películas de intriga y de terror, género éste último al que habría que adscribir este film. Porque, por encima de su misterio, lo que esconde No respires es el horror más absoluto, con escenas capaces de provocar el pánico total. No obstante, la película no se conforma con ser un mero entretenimiento y plantea por el camino jugosos dilemas morales como quién es la víctima y quién el verdugo en este juego en el que un bando intenta engañar al otro y en el que todos cometen actor reprobables. Así, por ejemplo, el film nos obliga a responder a cuestiones tales como: ¿es moralmente aceptable tomarse la justicia por tu mano cuando un grupo de delincuentes ponen en peligro tu integridad física en tu propia casa?; ¿qué hubiésemos hecho nosotros en la situación del protagonista? La película, en efecto, desentraña el alma humana casi sin darnos cuenta y, mientras saltamos en la butaca y nuestros ojos se resisten a apartar la vista de este libérrimo y gozoso espectáculo, quienes la firman nos van mostrando hasta qué punto es capaz de llegar el ser humano por mantener vivo el recuerdo de un ser querido, cómo la avaricia es uno de los principales venenos de nuestro tiempo o a los extremos a los que podemos llegar cuando de lo que se trata es, literalmente, de sobrevivir. 

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La película traspasa en más de una ocasión el umbral de la credibilidad y trasciende todos los límites de la lógica, pero precisamente por eso nos gusta: siendo sinceros, ¿qué película de terror no lo hace? Con los mínimos elementos posibles -un número reducido de personajes, un único escenario, una premisa tan simple como eficaz- Álvarez logra una película máxima, mayúscula. El uruguayo transforma un punto de partida aparentemente descabellado e improbable en una obra emocionante, llena de creatividad, inteligentísima, absolutamente trepidante, que por su carrusel de atractivos -en la que debería figurar en un primerísimo término la gran banda sonora de Roque Baños, compositor aquí consagrado en el cine de terror tras su excelsa partitura en el primer largometraje del director- destinada a convertirse en un clásico del género. Una bendita locura. Un (mal)sano entretenimiento. Una obra maestra. 

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