A primera vista

En 2010 el director y guionista brasileño Daniel Ribeiro alumbró No quiero volver solo, un cortometraje de corte homosexual que encandiló a público y crítica -se alzó con el galardón al mejor cortometraje en el prestigioso Festival de Sao Paulo-. Dicho trabajo, en el que el director experimentó lo que suponía trabajar con un actor joven dando vida a un adolescente ciego, permitió a Ribeiro conseguir la financiación para rodar su primer largometraje, A primera vista (2014), film que profundiza en la trama de dicho cortometraje y que está protagonizado por el mismo elenco principal. En ambos proyectos es palpable la sensibilidad y el buen hacer del cineasta tras la cámara, así como su afán por conseguir transmitir la máxima emoción posible con el menor número de trucos y artificios. Si por algo destaca tanto el cortometraje, primero, como el largometraje, después, es por huir de cualquier tipo de exceso: sorprende encontrarse en la parcela de películas de temática LGTB, tan dadas a lo explícito y a lo superficial, un trabajo que deje de lado cualquier atisbo de provocación y morbo y no se deje arrastrar tampoco por el dramatismo que bien podría derivarse de muchas de las situaciones que aquí se nos plantean -los compañeros de clase homófobos, el sufrimiento interior del protagonista, etc-. 

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El alma y protagonista de la película es Leonardo (Ghilherme Lobo), un joven de 15 años que atraviesa los mismos miedos e incertidumbres que cualquier otro adolescente de su edad, con la peculiaridad de que es ciego de nacimiento: se acerca el final del verano en Sao Paulo y todavía anda en busca de su primer beso, sueña con independizarse y le gustaría que sus padres le dejaran más margen de libertad. La vida de Leonardo, quien pasa los días en compañía de su mejor amiga Giovana (Tess Amorim), cambiará para siempre cuando se cruce en su camino Gabriel (Fabio Audi), su nuevo compañero de clase. Con él comenzará una bonita amistad que progresivamente irá derivando en otra cosa. Más allá de su discurso sobre la diversidad sexual, la tolerancia y el derecho de amar por encima de los prejuicios y la falta de miras de los demás -una lacra en la que aquí, por fortuna, no se ahonda más de lo que necesario-, una de las cosas que más llama la atención de la película es el fidedigno y complejo retrato que hace de una época tan agridulce como la adolescencia, fértil campo de frustraciones, angustias, miedos, descubrimiento sexual y anhelos de toda índole. 

Envuelta en una carcasa emocional a prueba de bombas, A primera vista no flaquea prácticamente en ningún aspecto. Lo único que se le podría reprochar son un par de tramos muertos o cierta previsibilidad, aspectos que no restan un ápice de interés a una historia en la que se le da un peso capital a las miradas, los gestos y los detalles sólo al alcance de los espectadores con el mínimo de sensibilidad para sentir un espectáculo de una dimensión humana tan descomunal. Junto con lo bien que aplica el director la excelente banda sonora al relato -conjugando temas clásicos de Mozart, Bach o Tchaikovsky con otros más modernos de grupos como Bella & Sebastian, con “There´s too much love” como auténtico himno de la película-, otro de los aspectos que destacan en este trabajo estrenado en la sección Panorama del Festival Internacional de Cine de Berlín que ha gozado también de un amplio recorrido en festivales de todo el mundo es lo bien que se desenvuelve en los momentos de intimidad del protagonista, ya sea ensayando cómo sería su primer beso en la ducha o bien (y aquí está el gran momento del film, junto a su magistral epílogo) en la mítica escena de la sudadera en la soledad de su habitación, donde la película da una de las más rotundas lecciones de romanticismo, delicadeza y ternura que este crítico es capaz de recordar.

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Diría que es una de las películas de temática LGTB más importantes de los últimos años, pero sería una pena que una película de estas dimensiones -sociales, sentimentales, culturales- quedase reducida a tal espacio. Por ello, sería más justo decir que A primera vista es una de las películas más importantes de los últimos años, a secas. Sin dorsales ni etiquetas. Tal y como nos enseñan a vivir los personajes de esta película, que en su último minuto nos regalan una metáfora (sobre ruedas) de incalculables proporciones: hasta el acto más aparentemente peligroso se convierte en el más seguro del mundo cuando estás acompañado de la persona a la que amas. 

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