Techo y comida

Cuentan que cuando la actriz Natalia de Molina terminó de leer el guión de Techo y comida (Juan Miguel del Castillo, 2015), no podía parar de llorar. Tampoco podía parar de preguntarse cómo en un país europeo como España, en pleno siglo XXI, todavía hubiesen niños que pasasen hambre o que siguiese existiendo la lacra de los desahucios. Estas injusticias reforzaron el compromiso de la actriz con la historia de esta valiente opera prima, entregándose en cuerpo y alma en uno de esos papeles que marcan la carrera de una intérprete. El jerezano Miguel del Castillo escribe y dirige una película que se nutre de la crisis económica para denunciar los -graves- descosidos que arrastra un país como España al mismo tiempo -y esto es lo más indignante- que el Gobierno intenta, sin ruborizarse, poner a nuestro país como máximo estandarte de la recuperación económica. Rodada con voluntad de llegar a un público amplio y de instalar el debate en los espectadores, a los que sin duda esta película removerá por dentro, Techo y comida no es un trabajo en absoluto sensacionalista: es el más fiel retrato que ha podido rodarse sobre la desigualdad y la falta de humanidad de este mundo en el que vivimos.

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Ambientada en Jerez de la Frontera en 2012, la opera prima del director andaluz narra la historia de Rocío, una mujer que lleva años en el paro, y su hijo de ocho años, sobre los cuales pesa la amenaza de un desahucio tras llevar meses sin pagar el alquiler. El poco dinero que Rocío consigue vendiendo en el top-manta objetos encontrados en la basura o repartiendo publicidad no le alcanzan para pagar sus deudas ni para vivir una vida digna. Una de las cosas que mejor deja de manifiesto la película es cómo un término tan manido y abstracto como los recortes repercuten directamente en las personas, en gente con nombre y apellidos. La brillante escena rodada en plano secuencia en la que la trabajadora social le comunica a Rocío que las ayudas y subsidios están tardando mucho en llegar, es bastante significativa a este respecto, y pone de relieve lo poco que pueden hacer los de abajo cuando los de arriba demuestran un absoluto desinterés y una absoluta falta de empatía por un problema que late en muchas de las calles de nuestro país. Porque si algo deja claro Techo y comida que no hace falta irse fuera de nuestras fronteras para ver pobreza. La vemos día tras día en nuestras calles, por mucho que otros prefieran mirar hacia otro lado.

Era fundamental que la historia estuviese pilotada por alguien capaz de aportar una mirada humanista, nada tremendista, a un conflicto tan contemporáneo y tan delicado. Juan Miguel del Castillo, que ya demostró con su cortometraje Rosario (2005) protagonizado por Asunción Balaguer que la contención y la sensibilidad eran sus señas de identidad, cumple con creces la misión. Atrincherada en el humanismo más desgarrador, donde permanece desde la primera escena -ese ataque de ansiedad de una Natalia de Molina justificando el segundo Goya de su carrera, tras el que consiguió por Vivir es fácil con los ojos cerrados (David Trueba, 2013)- hasta la última, el director plantea la película como un viaje emocional; nos invita a identificarnos con Rocío y su hijo y sentir su drama como propio gracias a la cantidad de lugares comunes y al extremo realismo que destilan sus escenas. Tanto ella como el niño podrían ser perfectamente nuestros vecinos, a los que vemos diariamente comprando en el supermercado o a la salida de los colegios. En lo puramente escénico, por tanto, la película es inmejorable: hasta el piso en el que los protagonistas viven no podía haber sido seleccionado mejor. Todas las situaciones que plantea del Castillo en el film están directamente extraídas de la realidad; una realidad instalada en esa España del éxito, paradigma del crecimiento, de la que muchos hablan. Pero que en realidad es la España del fracaso. 

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De 500.000 euros de presupuesto, Techo y comida no es, en contra de lo que pueda parecer, una película lacrimógena. La emoción es subcutánea. La obra estremece por lo que cuenta, y no hace falta hinchar más un caso que, sin ningún tipo de manipulación emocional, ya es lo suficientemente grave. El resultado final es una película que exhibe en todo momento un máximo respeto por lo que cuenta y, también, por el espectador, al que trata en todo momento como un ser inteligente y al que le confía algo que nuestros representantes políticos han demostrado no tener: un mínimo de sensibilidad. Y lanza un mensaje tan urgente como desgarrado: está en nuestras manos parar esto. 

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