Julieta

Almodóvar abre su película número 20 con una bella metáfora que es toda una declaración de intenciones: la protagonista envolviendo –o más bien protegiendo- una pequeña figura de rasgos humanos con plástico de burbujas. Y, de forma absolutamente explícita pero, al mismo tiempo, absolutamente velada, el manchego ya nos ha dado la clave de su último trabajo: cómo los humanos nos vemos obligados a construir una coraza para refugiarnos del dolor, de los fatídicos golpes que asesta el destino. Lo que ocurre, y aquí radica la verdadera esencia del film, es que el dolor es tan fuerte y el peso de la pérdida es tan grande que no hay coraza ni protección que valga. En efecto, Julieta (2016) es una película sobre el dolor: sobre cómo éste afecta a las personas y sobre cómo éstas tienen que aprender a vivir –o sobrevivir- con las ardientes magulladuras derivadas de él. La responsable de vivir esto en primera persona será Julieta, personaje central del film -interpretado por dos actrices diferentes, Adriana Ugarte y Emma Suárez- a lo largo de 30 años. Más que un conocedor del universo femenino, como verdaderamente se revela el director de Los amantes pasajeros (2013), definitivamente instalado en un fértil periodo de madurez absoluta, es como un maestro de las emociones y los sentimientos, principales materias primas sobre las que se construye Julieta.

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Basándose en tres relatos de la Premio Nobel de Literatura canadiense Alice Munro –Destino, Pronto y Silencio-, Pedro Almodóvar escribe uno de los mejores melodramas de su carrera, lo cual es mucho decir en una trayectoria con títulos como Volver, Todo sobre mi madre o La flor de mi secreto. La historia abarca del año 1985 al 2005; tres décadas en las que Julieta ha tenido que enfrentarse a muchas fatalidades, pero ninguna comparable a la soledad que le produce la ausencia de su hija, Antía. La muerte del padre de la joven, y marido de la protagonista, provocó un distanciamiento entre ellas que parece irreparable; una brecha que, entre otras cosas, le servirá a Julieta para comprobar lo poco que conocía a su hija. Muchas cosas buenas se pueden decir del último trabajo del manchego, pero ninguna comparable a su extraordinario manejo del lenguaje cinematográfico; es magistral cómo Almodóvar cuenta una historia durante 30 años sorteando todo tipo de piruetas narrativas, cayendo de pie incluso de las acrobacias más arriesgadas -esa escena de puro cine en la que las dos actrices principales se dan el relevo, de lo mejor que ha rodado nunca el genio-, como si no le costara el más mínimo esfuerzo hacer avanzar o retroceder la acción de la forma que le da la gana. 

La clave de que la jugada final quede tan compacta y que nos la terminemos creyendo, por muchos que sean los riesgos que corre Almodóvar, es un guión escrito con la precisión de un reloj suizo por alguien con la habilidad innata de dar una total dimensión psicológica a sus personajes, sea menor o mayor el tiempo que aparecen en pantalla. El cineasta, que hace aquí un conciso y poderosísimo estudio de las emociones -el perdón, la indiferencia, la traición, la culpa-, consigue diálogos de suprema lucidez, frases con la enjundia y el aliento épico y emocional suficientes para entrar directas a lo mejor que ha escrito nunca –“tu ausencia llena mi vida por completo y la destruye”. En esta ocasión Almodóvar acierta al desterrar los coletazos más surrealistas y extravagantes de su cine para alumbrar un melodrama seco, conciso, sin estridencias. El director se muestra incluso contenido en las escenas de sexo, en las que no se regodea innecesariamente. El resultado es un relato excepcionalmente contado, opresivo, con una insólita facilidad para cambiar de piel cuando menos te lo esperas, compuesto por escenas que por sí solas son un misterio. Encajar todas las piezas de esta catedral emocional, en la que hasta el fragmento más aparentemente intrascendente es altamente trascendente, exige sin ninguna duda de un segundo visionado. Porque aunque Julieta parezca a simple vista uno de sus films más accesibles, lo cierto es que es uno de los más indescifrables. 

Es una lástima que al final la película no se terminara llamando Silencio como estaba inicialmente previsto -el título se cambió para no coincidir con la película que Scorsese estaba rodando de idéntico nombre-, porque es el silencio el verdadero protagonista de Julieta. En este thriller emocional -¿ha inventado Almodóvar un nuevo género?- lo que verdaderamente importa es lo que no vemos, frente a lo que sí, al igual que termina teniendo más peso lo que los personajes callan frente a lo que dicen. Múltiples interrogantes que nosotros y sólo nosotros tendremos que dar respuesta, como la verdadera relación entre la enigmática ama de llaves -de reminiscencias a Rebeca (Alfred Hitchcock, 1940)- con el pescador, lo que verdaderamente ocurrió con cierta chica en esa casa de retiro espiritual -o lo que sea que fuese- y, sobre todo, al enigma principal: lo que les sucede a los personajes después de bajar el telón. Eso es lo más misterioso. Y terrorífico. 

 

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