Cien años de perdón

Es curioso como un detalle aparentemente insignificante como la fecha en la que se estrena una película puede ser muchas veces un plus añadido. En este sentido, los productores de Cien años de perdón (Daniel Calparsoro, 2016) no han podido escoger mejor el día de lanzamiento de la que, quizá, sea una de las películas de atracos menos convencionales de la historia por el simple hecho de que, aquí, lo que menos importa es el atraco en sí. Coproducción entre España, Argentina y Francia, el noveno largometraje del director catalán se beneficia de la insoportable situación de corrupción política e institucional de nuestro país, la cual queda reflejada de forma inmisericorde en la película. En un momento en el que los españoles nos despertamos día sí y día también con un nuevo caso de corrupción en el Gobierno, se agradece un trabajo que saque las vergüenzas de nuestros responsables políticos de forma tan fidedigna y tan poco complaciente. En esta línea la nueva producción de Telecinco Cinema es cine social puro y duro. Y es que, tras un primer acto en el que nos creemos que los únicos malos de la película son los atracadores, llena la demoledora segunda mitad que nos demuestra cómo muchos de nuestros representantes públicos, más que serviciales funcionarios, constituyen una jauría dispuesta a todo en pos del dinero y el poder.

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Todo comienza una lluviosa mañana en el corazón de Valencia. Los clientes y trabajadores del Banco Mediterráneo son asaltados por un grupo de delincuentes enmascarados dispuestos a desvalijarlo. Sin embargo, poco a poco lo que parece un atraco común, se va complicando cuando en él se vean involucrados cargos políticos (Raúl Arévalo, José Coronado) y del Gobierno. Y todo por culpa de una caja de alta seguridad, la 314, cuyo supuesto contenido parece que puede hacer temblar los cimientos del país. Sorprende lo bien definidos que están los personajes y lo trabajadas que están las interacciones entre ellos, mérito que hay que atribuirle al siempre eficaz Jorge Guerricaechevarría, guionista habitual de Álex de la Iglesia y Daniel Monzón. Entre esta maraña de relaciones, sorprende el tour de force que se marcan los dos líderes de la banda, el Uruguayo (Rodrigo de la Serna, nominado al BAFTA por su papel en Diarios de motocicleta) y el Gallego (Luis Tosar, volviendo a demostrar que es el mejor actor vivo del cine español): el permanente conflicto de amistad-rivalidad entre ellos es una de las bazas con las que cuenta la obra para tener en tensión al espectador hasta el final.

Con Tarde de perros (Sidney Lumet, 1975) como uno de sus máximos referentes, Calparsoro hace una extraordinaria estampa del país en el que vivimos y de la decadencia moral que lo carcome; una radiografía en la que nadie, o casi nadie, está libre de culpa, ni siquiera el pueblo. Sin afán de caer en el discurso populista, en el que los banqueros son los malos y los ciudadanos los buenos, Cien años de perdón contiene una escena vital que desmonta esta discurso: me refiero a ese instante en el que una de las rehenes, una de esas personas que podemos enmarcar dentro del manoseado concepto de “pueblo”, acepta el fajo de billetes que le ofrece uno de los atracadores, dinamitando la idea de que los atracadores son los malos y los rehenes los buenos o, por lo menos, ayudando a reflexionar sobre los conceptos “bueno” y “malo”: ¿El que se convierte en cómplice de la corrupción es menos malo que quien atraca un banco? Más allá de esta aguda reflexión que lanza esta escena concreta del film, merece la pena destacar la brillante factura técnica que rebosa Cien años de perdón en todos y cada uno de sus apartados: montaje, fotografía, sonido…, dando como resultado un artefacto de alta intensidad, no sólo a nivel argumental -en la que no hay ni un átomo de aburrimiento-, también visual.

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Con las dosis justas de violencia, incluso de humor, y con una trama en la que nunca dejan de pasar cosas, Cien años de perdón evidencia que el cine de acción es uno de los géneros en los que mejor se maneja el cine español, como demuestran las recientes El niño (Daniel Monzón, 2014), La isla mínima (Alberto Rodríguez, 2014) o El desconocido (Dani de la Torre, 2015) . No es una obra maestra ni nada que se le parezca, pero sí un artefacto competente en sus formas y en su contenido que rezuma sentido del ritmo y elegancia; un producto, en conclusión, que ayuda a cimentar el prestigio de cualquier cineasta. Y, por último, no lo olviden: si un extraterrestre aterriza a nuestro país desde el espacio y quiere que le expliquemos cómo es España, no tengan duda: siéntenlo en una butaca y póngales Cien años de perdón. Verán como coge su cohete y pone rumbo de nuevo a su planeta. A toda máquina. 

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