Nadie quiere la noche

A lo largo de su prolífica carrera, Isabel Coixet ha alumbrado éxitos mayúsculos –La vida secreta de las palabras (2005), Mi vida sin mí (2003)-, películas aceptables –Aprendiendo a conducir (2014), Ayer no termina nunca (2013)- y otras directamente olvidables –Mi otro yo (2013)-. ¿En cuál de las tres categorías se podría situar Nadie quiere la noche (2015)? Para hacerlo quizá haya que crear otra nueva categoría que oscilase entre la primera y la segunda, es decir, grandes películas a las que, sin embargo, les faltan el empujón definitivo para hacerlas imprescindibles. De lo que no cabe duda es que Nadie quiere la noche está entre lo mejor de su cosecha de la directora catalana, no ya tanto por su ambición técnica -rodaje extremo a temperaturas de 23 grados bajo cero a través del que se consiguen planos de gran poderío visual-, sino por su magnífico retrato de los sentimientos. Estamos, sin duda, ante uno de los trabajos en los que la cineasta mejor plasma las emociones humanas, como la angustia, el dolor, la desesperación, la incertidumbre, el amor, la complicidad o el afecto. Y lo que es mejor: sin caer en la lágrima fácil, con ingentes cantidades de verdad.

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Escrita por Miguel Barros inspirándose en hechos reales, la película nos traslada a 1908 para contarnos el viaje (terrenal y espiritual) que Josephine (Juliette Binoche), una mujer cosmopolita, altiva y adinerada, hizo en 1908 para reunirse con su marido, el explorador Robert Peary. La intención de esta mujer de la alta sociedad americana era compartir con su marido la alegría por haber sido el primero en llegar al Polo Norte, pero las inclementes condiciones atmosféricas darán al traste a sus planes, obligando a entablar una relación con una joven inuit llamada Allaka (Rinko Kikuchi), amante de su marido. Como mejor se puede definir la película es como una obra de alto voltaje emocional; no hay frase en el guión o imagen visual que esté ahí con otra intención que no sea la de arrasar, devastar al espectador con el mínimo de sensibilidad para apreciar la épica y, al mismo tiempo, carácter intimista e infinita delicadeza de una obra tan rica en detalles y tan llena de alma que gana con cada nuevo visionado.

El principal atractivo de la propuesta radica en como dos mujeres completamente diferentes, de opuesto bagaje cultural y distintas formas de ver el mundo, se ven obligadas a entenderse para sobrevivir. Atrapadas en una situación extrema, Josephine irá dejando atrás sus prejuicios y su altanería para aprender que tu acomodada vida, cuanto menos te lo esperas, se puede ir al traste. Es altamente estimulante observar el proceso de transformación vital de la protagonista, quien aprenderá que, cuando todo lo de tu alrededor se derrumba, es esa persona en la que nunca te hubieras fijado, la más diferente a ti de todas cuantas hayas imaginado, la que tiene la llave para enderezarte. Lo mejor de todo es que Coixet huye de la pedantería y se refugia en la sutileza para contarnos ese proceso de metamorfosis de estas dos mujeres que nos enseñarán que, las diferencias culturales, lejos de ser contaminantes, son la clave del progreso. Que la cineasta nos cuente esto -y mucho, muchísimo más- huyendo de la pedantería de manual y abogando en todo momento por un relato limpio y nada tramposo es un punto a su favor, así como el otorgar un gran peso a la narración estrictamente visual. En este sentido es imposible olvidar la escena con la que la catalana remata la película; una de las más hermosas metáforas del cine reciente que nos muestra cómo hasta el corazón más helado puede derretirse.

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Otros aspectos a destacar de esta coproducción entre España, Francia y Bulgaria nominada a 9 Goyas y presentada en el Festival de Berlín es, junto a su magnífica fotografía, sus ecos de parábola fundamentalista y lo bien encajadas que están sus notas cómicas, lo bien que funciona el binomio entre Coixet y Binoche, a las que se les nota más que compenetradas. La cineasta consigue sacar lo mejor de sí a una actriz que destila un encanto indefinible en cada plano, a pesar de que su personaje caiga antipático -uno de los grandes aciertos del film-. La imagen de la intérprete con abrigo de astracán y pañuelo negro a borde de un trineo a través de unos exteriores helados rodados en Noruega tiene todas las papeletas para ser una de las más iconográficas de su carrera, al igual que lo será para Isabel Coixet este trabajo que demuestra que, con sus patinazos y aciertos, sigue teniendo el talento suficiente para seguir considerándola una de las más grandes directoras que ha dado nunca este país.

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