Star Wars. Episodio VII: El despertar de la fuerza

Confieso que respiré aliviado cuando supe que iba a ser J. J. Abrams el encargado de pilotar el capítulo VII de Star Wars, la cuarta película de la saga, precuelas aparte. A lo largo de su faceta en la gran pantalla el genio estadounidense ha demostrado ser un director de formas pulidas, dotado de un extraordinario sentido de la épica y un profundo conocedor del lenguaje cinematográfico. Más que un nombre, Abrams es una marca garantía de calidad. Y, como en el resto de sus trabajos, el encargado de revitalizar la otra gran franquicia cósmica del cine –Star Trek (2009) y Star Trek: en la oscuridad (2013)- no da paso en falso. Tampoco lo hace en Star Wars. Episodio VII: El despertar de la fuerza (2015), donde se revela como un profundo conocedor de la saga, la cual le marcó desde niño. Enamorado hasta el tuétano del universo ideado por George Lucas hace 40 años, a Abrams se le nota entusiasmado con cada plano que firma en esta película, en la cual vuelca todo el sentido del espectáculo y toda la aventura que seamos capaces de imaginar. 

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Esta continuación arranca 30 años después de la mítica Batalla de Endor vista en el Episodio VI: El retorno del jedi (Richard Marquand, 1983) que originó la destrucción de la segunda Estrella de la Muerte y el paradero de Luke Skywalker, que es la excusa sobre la que despega la trama de esta nueva entrega. La nueva amenaza del Imperio se llama La Primera Orden y contra ella, además de los antiguos héroes, lucharán dos recién llegados: el piloto Poe Dameron (Oscar Isaac), un stormtrooper arrepentido llamado Fin (John Boyega) y una cazatesoros abandonada por su familia de niña de nombre Rey (Daisy Ridley). Todos juntos deberán vencer al Capitán Phasma, de la Primera Orden, y al malvado Kylo Ren. Si por algo destaca el film es por su rica gama de criaturas monstruosas y seres variopintos, entre los que destaca el que es uno de sus mayores aciertos: el robot rodante BB-8, una creación del propio director. Él es una de las mayores aportaciones de Abrams a la saga, y casi se podría decir que sustituye al emblemático R2-D2, que ocupa un más que segundo plano junto al también desaprovechado C-3PO. Aún así, los actores que dan vida a ambos -Kenny Baker y Anthony Daniels- tuvieron que verse las caras de nuevo tras años de enemistad por una lucha absurda por ver quién era el más carismático de los dos.

Curiosidades aparte, este Episodio VII es más de lo mismo que la trilogía original. Y no debe entenderse esto como algo peyorativo, al revés: hacer más de lo mismo de algo que ya de por sí era mágico, inabarcable y mítico es toda una proeza que hay que aplaudirle al señor Abrams. En cualquier caso, un proyecto de estas dimensiones, en el que se tiene tanta responsabilidad por manejar -y resucitar- una franquicia con tantos seguidores, siempre existe el riesgo de no contentar a todos: si haces más de lo mismo, habrá quién te lo agradezca y habrá quien no. Pero si haces algo diferente, tres cuartos de lo mismo. Por tanto, lo mejor que ha podido hacer el director, que escribe la historia junto a Michael Arndt y Lawrence Kasdan -coautor de El imperio contraataca y El retorno del jedi– es respetar al máximo la filosofía y el alma que encierra el universo Star Wars, la mística y la grandeza imaginada por Lucas y hacer la película que le ha dado la gana, introduciendo elementos nuevos que puedan dar pie a una nueva trilogía al tiempo que rescata muchos de los antiguos. Así, es de un mérito incalculable el haber recuperado a Carrie Fisher, Mark Hamill y, especialmente, Harrison Ford, que vuelve a la franquicia con 73 años tras jurar que nunca lo haría. Ford se pone en la piel nuevamente de Han Solo -de quien se prepara un spin-off para 2018-, el cual es uno de los culpables de la incendiaria media hora final del film, en la que Abrams echa toda la carne en el asador.

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Quizá este primer capítulo de esta nueva trilogía no vaya a trascender como el original, pero sin duda es un magnífico comienzo de esta nueva serie de tres películas. Claro que tiene sus defectos, como un villano exento de carisma -con look homenaje a Darth Vader-, una Leia convertida ahora en una oficial del ejército algo deslucida o lo poco creíbles que resultan ciertas acciones de Rey -lo mismo te pilota el Halcón Milenario a pesar de su inexperiencia que se convierte en una experta en la espada láser en cuestión de segundos-, pero las virtudes ganan por goleada a la que es la primera película de la saga tras la adquisición de Lucasfilm por parte de Disney, entre las que destaca el estar rodada en su mayor parte en escenarios naturales, y no en maquetas, como hacían sus predecesoras. A los fans de la ciencia ficción les entusiasmará. Y a los que no, también.

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