Los miércoles no existen

Aunque está basada en la pieza teatral homónima, muchos no saben que el origen de “Los miércoles no existen” (Peris Romano, 2015) es un guión de cine escrito por el propio director antes de que su obra se llevara a las tablas con gran éxito, con representaciones durante 3 años en 3 teatros de Madrid -El Sol de York, Lara y Fígaro- y una gira por toda España, a cargo de dos compañías distintas que la interpretaron de forma simultánea. La galopante crisis y la dificultad de encontrar productores imposibilitó la idea de trasladar a fotogramas un guión pensado inicialmente para el cine, pero la jugada le salió bien a Romano, ya que tres años después y con el aval del público y la crítica a sus espaldas, los productores se interesaron por fin en su proyecto. La película Los miércoles no existen pasó a ser una realidad. Comedia dramática ambientada en un Madrid que en todo momento funciona como un personaje más, la obra gira en torno a las idas y venidas sentimentales de un grupo de 6 treintañeros en crisis -siete, si contamos a María León, que únicamente aparece en la introducción del film-. Todo aderezado, claro está, con música, para mantener intacto el espíritu de la obra original. 

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La película arranca cuando Patricia (María León) deja a su novio César (Gorka Otxoa), al que se le hace muy difícil olvidar a su ex Mara (Inma Cuesta), que a su vez está en proceso de iniciar algo con Pablo (Eduardo Noriega), quien está casado con Irene (Alexandra Jiménez), con quien pasó una noche loca Hugo (William Miller), el que es el mejor amigo de César. Termina de rematar este mosaico de personajes Paula (Andrea Duro), la hermana pequeña de Irene. Lo mejor que se puede decir de la película es que el director consigue sacar lo mejor de sí a unos actores especialmente dotados para la comedia; todos brillan en unos papeles en los que además cantan en sonido directo -algo que no torpedea el ritmo de la película, al revés, ya que a través de las letras de las canciones los personajes exteriorizan sus sentimientos-. De todo este plantel, la sorpresa viene de la mano de William Miller -el único actor que procede de la obra teatral junto a Otxoa-, en un rol muy diferente al que nos tiene acostumbrados y que, sin duda, es el que más carcajadas arranca en el público. El episodio que protagoniza junto con Alexandra Jiménez, después de la magnífica introducción en plano secuencia de los personajes de Patricia y César, es una incontinente sucesión de frases graciosas y gags afortunados. La primera media hora del film, por tanto, es para enmarcar.

A partir de entonces la película mantiene un ritmo más o menos irregular, con cierta descompensación en sus episodios. La sensación de satisfacción final se hubiera potenciado por mil si la obra hubiera condensado en media hora menos la acción -125 minutos se antojan excesivos- y, puestos a pedir, que los continuos saltos temporales no nos descolocaran tanto, ya que hay momentos en los que cuesta ordenar cronológicamente  los acontecimientos -llega un punto en el que no sabes, por ejemplo, quién conoce a quién o quién se ha liado con quién, aunque supongo que es el precio que hay que pagar en las historias de enredo-. Por lo demás, aplaudir una obra que engarza con una facilidad pasmosa el drama y la comedia -ojo al demoledor discurso de César a Hugo en el bar, cuando hace unos segundos te estabas partiendo la caja de risa- y que habla de temas que a todos nos interesan, como la resignación sentimental, la madurez o la necesidad de afecto. Si hay algo en lo que es astuto el guión de Romano es el enorme plantel de personalidades que plantea, lo que hace que el público se sienta identificado con, al menos, una de ellas. Si a ello le añadimos lo bien seleccionadas que están las canciones y el aire fresco que aportan cada una de las apariciones de los músicos Esther Rodríguez y Alberto Matesanz, el resultado es una película por encima de la media.

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Los miércoles no existen es, en definitiva, una película simpática. Parece un adjetivo menor, pero conseguir una película que resulte “simpática” es algo terriblemente difícil de conseguir. No son muchos los trabajos con la capacidad de ser vistos y oídos con una sonrisa, y que además manejen el lenguaje cinematográfico tan bien como en esta ocasión: la factura de la película es impecable, la puesta en escena de sobresaliente y, lo más importante: en todo momento mantiene intacto de su vocación de hacer disfrutar al público, constantes ya presentes en el debut tras la cámara del propio Romano en colaboración con Rodrigo Sorogoyen, la también coral 8 citas (2008). Con tan sólo 2 películas en su haber podemos establecer que ir a ver una película dirigida por Peris Romano es garantía de éxito. Esperamos ansiosos un nuevo trabajo. 

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