Irrational man

Llega un punto en la vida de cualquier artista en el que éste ya no tiene que demostrar nada a nadie; ese punto en el que lo que piensen los demás, por decirlo de forma llana y coloquial, se la trae al pairo. A estas alturas de la película -y nunca mejor dicho-, después de 4 Oscar, 24 nominaciones y de haber dirigido una cinta por año durante algo más de cuatro décadas, Woody Allen se ha ganado el respeto de la crítica y el público a base de tesón, genialidad y su capacidad de hacer cine en mayúsculas. El cine de Allen se ha convertido en un género en sí mismo; cuando un espectador paga por ver una de sus películas sabe lo que va a ver: su público más fiel sabe incluso detectar que una película está firmada por él con solo visionar alguno de sus planos. Y cuando un director consigue algo tan difícil ya se puede retirar con la cabeza alta. Sin embargo Woody Allen ahí sigue, al pie del cañón con 79 años. Es cierto que en su cosecha hay obras mayores y menores -como en la filmografía de cualquier otro cineasta, ojo-, pero siempre defenderé la idea de que una película menor de Woody Allen sigue siendo una película por encima de la media. Es el caso de Irrational man (2015), segunda colaboración de Emma Stone con el genio neoyorkino tras Magia a la luz de la luna (2014), esta vez acompañada del animal escénico Joaquin Phoenix. 

Irrational-man

Phoenix se pone en la piel de Abe Lucas, un nihilista profesor de filosofía en horas bajas que ha dejado de encontrarle sentido a la vida. Tras incorporarse a una nueva facultad e iniciar una relación con 2 mujeres muy diferentes –Rita Richard (Parker Posey), una profesora que busca huir de su monotonía conyugal, y Jill Pollard (Emma Stone), su más brillante alumna-, Lucas irá recuperando las ganas de vivir, aunque el mayor aliciente lo encontrará cuando comience a barajar la idea de cometer un asesinato… Lo más curioso de Irrational man es, además de lo bien trazada que está la personalidad del rol masculino -al que podemos llegar a comprender, a pesar de sus sádicas e injustificables intenciones- es cómo a mitad de función se cambia la piel, pasando de ser una comedia romántica a un thriller en toda regla en el que no falta de nada: asesinato, culpables, pistas, coartadas… Y todo narrado con una fluidez pasmosa, lo que la hace muy fácil de digerir. Que se olvide al día siguiente o no, eso ya depende de cada cuál. Yo particularmente no sólo no la olvidé, sino que confieso que todavía hoy me vienen a la mente algunas de las cuestiones que plantea.

Porque lo que hace grande Irrational Man es, como no podía ser de otra manera, su guión, lleno de reflexiones metafísicas, preguntas filosóficas y un sinfín de pensamientos de enjundia, sin que el resultado final quede pedante. Su lenguaje claro y directo, lleno de réplicas y contrarréplicas, hace que nunca bajemos la guardia y estemos siempre atentos a lo que sucede en pantalla. De gran atractivo visual y con el sello del cine de Allen grabado a fuego, el film nos plantea grandes cuestiones existencialistas que, de algún modo u otro, siempre han estado presente en el cine del neoyorkino: el sentido de la vida, la filosofía, el peso del azar, la moralidad, el sentimiento de culpa o la muerte. Si la ven no pierdan detalle del que sin duda es el cénit de una película que, a pesar de sus altibajos, se las ingenia para resultar siempre estimulante: me refiero a cuando Lucas argumenta ante Pollard que el mundo será un lugar mejor de llevar a cabo el asesinato que está planteando, ya que el sujeto que se pretende “cargar” es alguien corrompido en su moralidad y ha hecho daño a mucha gente. El potente duelo dialéctico entre ambos, en el que él se aferra a este idea y ella la rechaza por completo –“ese hombre tiene hijos, por ejemplo”-, es donde Allen se muestra más lúcido a la hora de hablar sobre la condición humana.

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El único problema de Irrational Man, más allá de no dejar el poso de sus mejores obras o de un cierto abuso de la voz en off, es que es demasiado inofensiva. Allen se ha instalado en un tipo de cine que, a pesar de plantear dilemas sobre el ser humano, no termina de hacer daño, de arañar en el espectador. Pero si lo hiciera no sería Woody Allen. Lo importante es que la cinta cumple su cometido de forma satisfactoria: se ve con agrado y se digiere mejor aún y, a pesar de la sensación de que la película se queda a medio gas y echa el cierre de forma algo abrupta, el resultado es otro trabajo hecho a la medida de los incondicionales del genio. Los demás que ni se acerquen: Allen no hace sus películas para ellos. 

 

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