Regresión

En ocasiones en la carrera de un director con una filmografía impecable brota un film que rompe la buena racha. En el caso de Alejandro Amenábar este film ha sido Regresión -y no, como muchos apuntan, su anterior trabajo, la infravalorada Ágora (2009)-. El sexto largometraje del responsable de Mar Adentro (2004) y el tercero que rueda en inglés, supone también su primer batacazo importante. No hablo en términos de taquilla, claro está -un director con su nombre puede rodar el mayor de los bodrios que siempre tendrá un mínimo de recaudación garantizado-, sino en términos estrictamente cinematográficos. Y, en estos términos, Regresión es un error casi completo. Algunos de los pocos defensores de la película -el desencanto entre el público está siendo brutal- esgrimirán que los decepcionados íbamos con las expectativas muy altas. No sé en el resto, pero en mi caso no. Aún sabiendo los excelsos precedentes de su autor y de su inmenso talento, me enfrenté a Regresión como me podría enfrentar a la obra de un director novel. Y el resultado, lo dirija quien lo dirija, es muy mejorable. Hay quien dice que aquí Amenábar se reencuentra con el thriller psicológico, género que lo lanzó al estrellato en Tesis (1996). Pero hay una pequeña diferencia: en esta ocasión el suspense brilla por su ausencia. 

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Ambientada en Minnesota, Medio Oeste de Estados Unidos en 1990, la película arranca cuando Angela Gray (Emma Watson) acusa a su padre de abuso sexual. El detective Bruce Kenner (Ethan Hawke) se adentrará en el mundo de las prácticas satánicas que convulsionaron la sociedad americana de los años 80 cuando se disponga a investigar este escalofriante incesto. Lo primero que llama la atención tras el visionado de la película es que este fenómeno social que se vivió en USA daba para mucho, muchísimo más. Si Amenábar llevaba tantos años sin estrenar película era porque no encontraba una historia convincente, un relato digno de ser llevado a la gran pantalla. El oscuro capítulo USA del Abuso Ritual Satánico era, sin duda, la excusa perfecta para volver a incorporar una nueva obra maestra a su filmografía, máxime cuando el cine casi no ha reparado en este fenómeno, hoy ya prácticamente olvidado. Pero no contábamos con que el director con el honor de haber dirigido la producción española más taquillera en el mundo –Los Otros (2001)- iba a tirar por la borda tan sugestivo y espeluznante material de partida para ofrecernos una película plana, tonta, aburrida y sin chicha. 

Rodada en escenarios naturales de Toronto y en los estudios Pinewood canadienses con un presupuesto de 20 millones de €, da rabia que lo que podía haber sido un peliculón se quede en algo del montón, en un espectáculo del que pocos se acordarán (para bien) en unos años. ¿La culpa de tremendo desaguisado? Un guión que no logra captar la atención del espectador en ningún momento. Los diálogos y la trama en sí son tan monótonos que nos obliga a bajar la guardia desde sus primeros compases, erróneos y confusos. Mucho diálogo y poca acción es el mejor resumen que se puede hacer de una película que, tras su atractivo envoltorio, se esconde la nada más absoluta. Ni siquiera el plano de Watson hablando por el televisor, que nos remite al metafórico final de Tesis, tiene la fuerza perturbadora de su opera prima: por el camino se ha perdido las ganas de incomodar y hacer pensar y las dobles lecturas, aunque bien es cierto que Regresión trata en todo momento al público somo seres pensantes; se agradece, para ser justos, que la película nos trate como personas inteligentes. 

Porque no todo es malo. Claro que en Regresión se describen los turbios ambientes donde se desarrolla la acción con suma perspicacia; claro que el retrato de la época es fidedigno y ajustado; claro que en sus planos se respira el cine del mejor Amenábar, que sigue teniendo un pulso cinematográfico del que pocos pueden presumir. Y claro que la factura de la película, con planos muy competentes, es para hacer la ola. Pero no estamos hablando de eso. Estamos hablando de que un director, un genio con una puntería extrema en sus trabajos, ha dado un tiro en falso del que costará recuperarse. Puede que nunca. 

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