Una segunda madre

Nada podría resultar más erróneo que catalogar al cuarto largometraje de la directora y guionista brasileña Anna Muylaert de comedia costumbrista. Sería un fallo que algunos se quedaran con su aparente ligereza y no tuvieran la capacidad suficiente de rasgar en una superficie mucho, mucho menos amable de lo que parece. Porque Una segunda madre (2015) es una película tramposa. En el buen sentido de la palabra, claro. Y es que no: las risas constantes que provoca un guión plagado de situaciones simpáticas a cargo de una protagonista entrañable no son la finalidad del discurso de la que, desde ya, debería figurar en la lista de mejores películas brasileñas de la historia. Un film que pone sobre la mesa la gran paradoja social que vive el país latinoamericano, donde muchas familias adineradas dejan a sus hijos a cargo de las criadas mientras que éstas, al mismo tiempo, se ven obligadas a abandonar a los suyos para poder alimentarlos. La gran pregunta a la que intenta hacer frente la película es qué madre tiene más valor: la que te ha dado la vida o la que te ha criado desde que eras niño. 

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La historia gira en torno al personaje de Val (Regina Casé), una mujer que dejó a su hija al cuidado de unos familiares en el norte de Brasil para trabajar como criada de un adinerado matrimonio de Sao Paulo. Durante más de 10 años Val ha criado al hijo de sus jefes como si fuese el suyo propio, al tiempo que destinaba su sueldo a la manutención de su verdadera hija. Todo cambiará cuando ésta (Camila Mardila) viaje para reencontrarse con su madre, la cual le comunica que deberá vivir en la casa donde trabaja. Sin embargo, Jessica, una joven sobradamente preparada que sueña con estudiar arquitectura, se negará a vivir como una sirvienta. Y es que, si Val ha sido la verdadera madre del hijo del matrimonio durante más de una década, ¿por qué su hija debe ser tratada en calidad de sirvienta? Si bien es ejemplar el retrato que la directora y guionista hace de todos sus personajes, a los que atiborra de matices y va definiendo con pequeños actos aparentemente insignificantes pero tremendamente significativos, si hay uno que destaca por encima del resto es el de Jessica, quien nos provoca un indiscutible rechazo inicial pero que, conforme va consumiéndose la historia, llegamos a entender e, incluso, a admirar. Perteneciente a esa nueva ola generacional brasileña que sueña con emprender, la chica llega en forma de vendaval para destripar a una familia miserable y sin valores, y casi sin quererlo le dará las claves a su verdadera maestra para que deje de seguir formando parte de la vida de esa burguesía repelente. 

Uno de los grandes aciertos de la cinta es el estar rodada casi íntegramente en la mansión donde se desarrolla la acción; son muy pocas las escenas que ocurren fuera de la casa, como si de alguna forma todos los personajes estuviesen oprimidos, faltos de oxígeno. El padre está harto de tener dinero -y es capaz de alcanzar niveles de patetismo abrumadores, tal y como se desprende de su memorable conversación en la cocina con Jessica-; la madre es otra hipócrita infeliz que no tarda en mostrar su verdadero rostro después de una falsa amabilidad inicial, y Val ha entregado su vida hasta cotas inimaginables a unas personas que no lo saben valorar, renunciando a su propia dignidad. La denuncia de la diferencia de clases que todavía sigue existiendo el país, a pesar del gran impulso socio económico al que le sometió el ex presidente Lula da Silva y su sucesora en el cargo Dilma Rousseff, es, en efecto, el principal bastón del film. Sin embargo, Muylaert no cae en el discurso panfletario y reivindicativo, sino que aborda el tema con sutileza. Lo más fascinante, no obstante, de Una segunda madre, son las relaciones que se establecen entre todos sus roles; relaciones en las que conviene indagar para poder resolver los múltiples interrogantes que la película va planteando casi sin que nos demos cuenta. Es por ello que conviene revisarla tiempo después de su primer visionado, porque es una de esas películas que crecen a medida que vuelves a ellas. 

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Aunque todos los intérpretes brillan con luz propia, mención especial merece Regina Casé, una de las actrices más reconocidas de Brasil, que en esta ocasión parece haber nacido para dar vida a esta criada fiel y abnegada. Es ella la que protagoniza la que, sin ninguna duda, es la escena más arrebatadora de la película: ese baño en la piscina que desprende una carga emocional indecible por todo lo que este gesto lleva implícito. El Premio del Público en el Festival de Berlín o el Premio Especial del Jurado en Sundance avalan a esta película fascinante, compleja y tan superlativa que hasta la subcapas tienen subcapas. Un triunfo. 

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6 pensamientos en “Una segunda madre

  1. Para mí la mayor virtud de la película es hacer sencillo lo complicado. Las relaciones de los personajes son más complejas de lo que aparece en pantalla, lo bueno es que la directora tiene una clarividencia de ideas estupenda para plasmar unas relaciones en el fondo infectadas por los prejuicios de clases, pero tanto los de una clase como los de otra. Importantísima la labor de la actriz protagonista que, como bien dices, parece que ha nacido para hacer este papel. Los prejuicios derivados hacia su propia hija (en el fondo hacia ella misma y hacia su propia condición) es uno de los aspectos más atractivos y mejor tratados de la película y aquí vemos como el tan traído tema en el cine de la discriminación de las personas de clase alta hacia los de clase baja es en realidad bidireccional.

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