Murieron por encima de sus posibilidades

¿Es posible juntar a José Coronado, Eduard Fernández, Emma Suárez, Bárbara Lennie, Sergi López, Ángela Molina, Josep María Pou, José Sacristán, Luis Tosar y Carmen Machi en una misma película? La respuesta es afirmativa. Lo más sorprendente es que estas son sólo algunas de las primeras espadas del cine español que confluyen en Murieron por encima de sus posibilidades (2015), el nuevo trabajo del ganador de la Concha de Oro en el Festival de San Sebastián por Los pasos dobles (2011). Isaki Lacuesta vuelve a reinventarse con una película que huye de los parámetros establecidos y de cualquier convencionalismo; una obra salvaje, que exhala libertad por cada uno de sus poros, por la que el cineasta catalán se confirma como uno de los autores más personales y irreverentes de nuestra industria. Inscrita en esa tipología de películas sobre la crisis económica, Lacuesta hace en esta ocasión un excelente , punzante y corrosivo diagnóstico de la situación actual, poniéndose por bandera ser lo menos complaciente y lo más políticamente incorrecto posible. 

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La película recoge la indignación de cinco ciudadanos de un país a la deriva que se fugan del psiquiátrico con el objetivo de aniquilar a los culpables de la crisis económica española y mundial. Armados hasta las cejas y vestidos de osos panda, este grupo no parará hasta desfogar su indignación contra los que consideran responsables de lo que ellos mismos califican de una estafa sin precedentes, entre ellos el Presidente del Banco Central. En base a este disparatado argumento se desarrolla esta brutal sátira recomendable para los que, como los protagonistas, pretendan exorcizar toda su rabia contenida. Dirigida y escrita por Lacuesta, era muy difícil sacar adelante una película de estas características, tan diferente a lo que estamos acostumbrados a ver y de tan escaso  tirón comercial, pero el responsable de La leyenda del tiempo (2006) o Los condenados (2009) lo logró gracias a la financiación colectiva entre el equipo técnico y artístico, pudiendo presumir además de tener el mejor reparto de la historia del cine español, algo posible gracias a un método de rodaje intermitente durante 2 años. A Dios gracias, porque viéndola uno no puede más que maravillarse por sus altas dosis de humor negrísimo, su logrado pulso estilístico y la acumulación de momentos gloriosos que nos ofrece.

Narrada a través de pequeños capítulos que diseccionan una sociedad que ha perdido el rumbo y todo atisbo de sentido común, algunos de estos estos instantes imprescindibles son las palabras del personaje de José Sacristán sentando cátedra en la barra de un bar, el inolvidable monólogo de Albert Plat -el ya mítico “Pues a mí lo que me gustaría”, capaz de resumir en unas frases el espíritu de la obra-, el punzante análisis de Raúl Arévalo sobre el 15 M o la demoledora distinción entre cucarachas y dinosaurios que hace Josep María Pou en el incendiario tramo final, donde la película alcanza las mayores cotas de lucidez y salvajismo. Eso por no hablar del magnífico pasaje capitaneado por una soberbia Emma Suárez, que encierra una avasalladora crítica a los sangrantes recortes en sanidad, realzado por una banda sonora perfectamente insertada, tal y como sucede también con el capítulo de una incendiaria Ángela Molina al ritmo de una versión 2.0 de la canción de la serie infantil Marco; un pasaje que quedará para la posterioridad como lo más explosivo y bestia que ha parido el cine español en años. Cierto que la película no está siempre al mismo nivel ni tiene el mismo gancho, y que el talento está más condensado en algunos tramos que en otros, pero en líneas generales es irreprochable el talento de un director que mantiene intacta su capacidad por no defraudar a quien espere algo diferente.

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Desde su estreno en el Festival de San Sebastián, la película se ha topado con una crítica dividida -no es para menos ante una cinta ante la que comulgas por completo o te repatea hasta la náusea- aunque el que esto escribe no tiene ninguna duda de que con el tiempo se convertirá en una pieza de culto, como lo es ya esa sangrienta escena final que simboliza con cero disimulo -he ahí su grandeza- cómo los ciudadanos de bien hemos sido el alimento de unos depredadores, caníbales sin escrúpulos, que -todavía hoy- mueven los hilos con absoluta impunidad. La pregunta es hasta cuándo. 

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