Cómo sobrevivir a una despedida

Lo peor de Cómo sobrevivir a una despedida no tiene nada que ver con su resultado formal, la calidad de sus interpretaciones o el pulso de su directora. Lo peor del primer largometraje de la directora ciezana Manuela Moreno es que se presta a la crítica fácil sin ni siquiera haberlo visto. Visto el cartel promocional y tráiler –elementos que nunca deberían servir para juzgar la calidad final de una película- hay quien cree disponer de tener las herramientas suficientes para emitir un veredicto sobre una obra audiovisual. Craso error. Hay películas que pintan muy bien y que luego resultan ser un desastre, y al revés: películas que olían a fracaso pero que luego sorprenden gratamente. Cómo sobrevivir a una despedida (2015) pertenece al segundo grupo. Por ello, me parece una lástima que muchos se queden en la reducción simplista de que se trata de un plagio de Resacón en las vegas (Todd Phillips, 2009) o que es una cinta boba e intrascendente sin ni siquiera, insisto, haber pagado por verla. Yo sí lo hice y puedo afirmar que, con sus aciertos y errores, la película me terminó ganando.

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Basada en un guión original escrito a seis manos entre la propia directora, Susana López Rubio y Núria Valls, Cómo sobrevivir a una despedida narra las vicisitudes de un grupo de amigas -y un gay- que se van de despida de soltera a Canarias. Gisela (Celia de Molina) va a ser la primera en casarse y sus amigos han querido prepararle un fin de semana espectacular. Sin embargo, lo que prometían ser unos días inolvidables, terminarán siendo un caos. Producida por Atresmedia Cine y presentada a competición en el Festival de Málaga, el debut en la dirección de la realizadora de los cortometrajes Camas (2009) o Pipas (2013), finalista éste último a los Goya y todo un fenómeno viral, no engaña a nadie y ofrece exactamente lo que el público pide: hora y media de desconexión. A través de las idas y venidas de este grupo de amigos, Moreno consigue que olvidemos los problemas cotidianos y lleguemos a sentirnos como uno más de esta alocada pandilla. Con chistes más o menos afortunados y su bordeo más o menos constante con la caricatura y el tópico, la película acumula varios momentos que logran la carcajada, como su retrato de la moda hipster o el indescriptible baile final -con cameo sorpresa incluido-. Todo parece estar cuidado hasta el más mínimo detalle en una película a la que es fácil imaginarse a la directora, que demuestra una vez más tener un gran olfato para lo cómico, detrás de la cámara sin dejar nada al azar y haciendo malabares con su presupuesto para rentabilizar hasta el último euro.

Catalogarla como un retrato generacional me parece exagerado, mucho más en una película que se enorgullece de su completa falta de pretensiones. La película no aspira a ser un espejo de la juventud actual, sino narrar, con gracia y tino, las desdichas de un grupo de amigas en una experiencia tan imprevisible como es una despedida de soltera. Los más puritanos remarcarán que las amigas estén continuamente hablando de hombres -cosa que, por otro lado, no es cierta-, como si alguien se fuera de viaje desenfrenado con sus amigas de la infancia para hablar de física cuántica, pero los que hemos sido jóvenes alguna vez -o lo seguimos siendo- nos reímos con la película y no tenemos motivos por avergonzarnos de ello. Risas culpables las justas. Y menos en una obra con tanta verdad y tan bien ejecutada como esta, que brilla por no tomarse nunca en serio a sí misma.

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Grata sorpresa, pues, esta Cómo sobrevivir a una despedida. La película no disimula su acercamiento al gran público, sus ganas ávidas de devorar las multisalas, sí, pero con cabeza y ofreciendo un producto de calidad, con Moreno dejando constancia de su propio sello estilístico en cada uno de sus planos. Ni se hace pesada -al revés, está llena de ritmo, basta con ver su excelente presentación de los personajes inicial-, ni abusa de la chabacanería -a pesar de sus múltiples conversaciones sobre penes y pollas- ni hay un ápice de mal gusto en una obra que triunfa hasta cuando tiene que enfrentarse directamente con el drama. Y si no, tomen nota de ese demoledor cara a cara en la cárcel entre los personajes de Natalia de Molina -Goya a la Mejor actriz revelación por Vivir es fácil con los ojos cerrados (David Trueba, 2013)- y su hermana en la vida real, Celia de Molina: de lo mejorcito de la película. Esperemos que el segundo largometraje de la realizadora esté diseñado, por lo menos, con la mitad de la eficacia de este álgido momento.

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