El francotirador

Con toda probabilidad puede que El francotirador (2014) sea la obra menos defendible del maestro Clint Eastwood. Y lo dice un cronista que lleva toda su vida admirando al responsable de obras crepusculares como Los puentes de Madison (1995), Million Dollar Baby (2004) o Sin perdón (1992), incluso perdonándole a regañadientes desatinos del calibre de J. Edgar (2011) o Jersey Boys (2014), sus dos últimos trabajos. Pongo de manifiesto mi incapacidad para entender qué necesidad tenía el afamado director de meterse, a sus 84 años, en un jardín semejante, con el adjetivo de polémico tan grabado en la frente; en un terreno tan hostil y conflictivo por el que Eastwood puede perder parte del prestigio ganado por los controvertidos ideales que defiende y por un tufo patriótico que echa para atrás. Algunos verán en El francotirador una historia bien contada, técnicamente irreprochable y fantásticamente bien realizada -que es lo mínimo exigible para alguien de su categoría-. Este crítico, aún reconociendo esta avalancha de virtudes, no puede evitar que todas queden empañadas en el momento en el que indagamos en lo ideológico. Y es en este plano donde la última película de Eastwood, de una simpleza moral de órdago y una subjetividad sin parangón, se me hace imposible de defender.

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El francotirador es la autobiografía del marine Chris Kyle (Bradley Cooper), un tejano al que se le atribuye el dudoso mérito de haber cometido el mayor número de muertes de la historia del ejército USA destinado a Iraq. A lo largo de dos horas y cuarto se narra la vida del que sus enemigos apodaron el Demonio de Ramadi, un hombre que experimentó en primera persona cómo lo vivido en el campo de batalla resulta incompatible con llevar una vida familiar normal y de cómo el peso de los disparos te acompaña el resto de tus días. El problema es que lo que podría haber sido un drama bélico irreprochable, se va al traste en el momento en el que Eastwood se le va la mano con el patriotismo y decide reducir la película a la simpleza más absoluta: los americanos son los buenos buenísimos y los iraquíes los malos malísimos. Sólo hay que comprobar el modo en el que están filmadas las escenas de las muertes de unos y de otros; mientras que en las muertes de los soldados americanos el director no escatima todo lujo de detalles -sangre, sudor, sufrimiento-, las muertes del bando enemigo parecen no importar tanto, mostrándose de forma limpia, como si de alguna forma fueran menos importantes que las primeras.

Excesivamente militarista y cerca, muy cerca, de poder ser considerada un mero panfleto propagandístico, llega un momento en el que acabo saturado del insistente mensaje del “todo por la patria”,  de esa visión sesgada por la que parece que unos matan para defenderse y otros porque son seres terribles, obviando lo más importante: todos matan. Y hubiera agradecido la misma vara de medir por parte de Eastwood para los dos bandos. Ni la estimulante escena en la que la mujer del protagonista -fantástica Sienna Miller- le suplica con lágrimas en los ojos que vuelva a ser humano o la fantástica banda sonora compuesta al alimón por Clint Eastwood y Ennio Morricone, son suficientes en medio de 132 minutos tediosos, aburridos y repetitivos hasta decir basta. Me dan igual los conflictos familiares del protagonista porque su rol me cae antipático; me cansan esas banderas americanas ondeando al viento a las que Eastwood sólo le falta envolver con fuegos artificiales, y me repugnan unos títulos de crédito finales absolutamente bochornosos que parecen más un  vídeo de power point por parte de los fans más entusiastas de Chris Kyle en busca de la lágrima fácil que de una película sin el menor rastro de autocrítica hacia su figura central: minutos donde Eastwood, por si no ha quedado todavía suficientemente claro, parece vanagloriar más si cabe a este sanguinario héroe.

Imagen-Warner-Bros.

Como ferviente admirador del director, haré como que esta película jamás existió, más allá de acoger la mejor interpretación de la carrera de Bradley Cooper y haberle permitido engrosar la selecta lista de actores nominados al Oscar tres ocasiones consecutivas y unos excelentes efectos sonoros dignos merecedores del Oscar. Lo de Dicrapio ridículamente maquillado en J. Edgar lo perdoné; el anodino relato de Jersey Boys también lo pasé por alto… pero este tercer intento de vendernos gato por libre ya no cuela. Solo espero que antes de morir Clint Eastwood vuelva a dar síntomas de lo que un día fue y nos vuelva a regalar otra obra maestra. Y si no, que recuerde una de las máximas en la vida: una retirada a tiempo es una victoria. 

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