Perdiendo el norte

En los últimos coletazos del franquismo, se estrenó una comedia que con el tiempo ha adquirido la condición de clásico del cine español acerca de la emigración a Alemania de una generación a la que las circunstancias históricas le habían privado de la más mínima formación. Eran analfabetos que soñaban con el inicio de una nueva vida en un país europeo que se antojaba paradisíaco, aunque la realidad, tal y como el personaje de Alfredo Landa pudo comprobar en sus propias carnes en ¡Vente a Alemania, Pepe! (Pedro Lazaga, 1971), no eran tan idílica. La historia se repite décadas después en Perdiendo el norte (Nacho G. Velilla, 2015), con la diferencia de que ahora podemos presumir de contar con la generación mejor preparada de la historia, aunque eso sirva de poco cuando muchos tienen que emigrar en busca de una vida digna. Sin embargo, lejos de ahondar en un drama que poco o nada tiene de gracioso, el creador de fenómenos televisivos como 7 vidas o Aída y director de largometrajes como Fuera de carta (2008) o Que se mueran los feos (2010), lo usa como mero telón de fondo para construir una película alocada, divertida y entregada al slapstick continuo. Una cinta que va de menos a más, alcanzado momentos de hilaridad máxima.

Pelicula PERDIENDO EL NORTE de Nacho G.Vililla Produccion Aparte

 La historia en esta ocasión gira en torno a Hugo (Yon González) y Braulio (Julián López), dos veinteañeros sobradamente preparados en paro que, animados por un programa de televisión de españoles en el extranjero, deciden viajar a la “próspera” Alemania en busca de un futuro mejor. Sin embargo, una vez allí se darán cuenta que el sueño alemán no es más que eso, un sueño, comprobando cómo su intención de triunfar no tarda en desvanecerse. Compartiendo piso con 2 hermanos (Blanca Suárez y Miki Esparbé) y trabajando -y con suerte- en un kebab, Hugo hará creer a su familia que todo marcha sobre ruedas. Lo más subrayable del tercer largometraje de Velilla es que cumple con creces su objetivo: hacer reír. Y lo hace sin tomar al público por idiota, algo más meritorio aún. Perdiendo el norte garantiza 100 minutos de risas continuas, pese a un comienzo falto de fuelle y unos gags irregulares. Cada espectador, tal y como ocurre en todas las comedias, se reirá en momentos diferentes, bien en los más escatológicos, los más sutiles, o los más inteligentes. Pero lo importante es que se reirá. Cómo no hacerlo con instantes que ya forman parte de lo mejor que ha parido la comedia española en los últimos tiempos, como ese Julián López travestido, esa Blanca Suárez llorando a lágrima viva o esa cena con cuernos postizos, absolutamente tronchante.

Sostenida por un cast de lujo en el que brillan todos y cada uno de sus actores -desde los más jóvenes Yon González y Blanca Suárez que, pese a su escasa experiencia en la comedia, demuestran un punch cómico extraordinario, hasta los más veteranos, como Javier Cámara o Carmen Machi, fieles del director-, el visionado de Perdiendo el norte está, no obstante, más que justificado por una sola escena. Ese instante del personaje robaescenas de José Sacristán, todo un guiño a la obra de Lazaga, repitiendo eso de que “la memoria es muy importante” con lágrimas en los ojos es oro puro, y da buena fe de lo bien que funciona la película cuando lo que se propone es emocionar. Y es que lágrimas, risas, dislate, romance o drama social se dan la mano, se retroalimentan de forma extraordinaria; Velilla y su fiel equipo de coguionistas con los que lleva 15 años trabajando tejen todos estos ingredientes de forma fantástica. Se podría decir que es una película bastante bien equilibrada, aunque lo que personalmente me termine ganando sean las notas de ternura y nostalgia que aporta el rol de Sacristán en medio de una película que alcanza momentos de auténtica locura, para regocijo de los que buscamos reír a carcajada limpia. 

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A pesar de lo surrealistas de muchas situaciones, de abusar del factor “casualidad” -ese viaje exprés de Hugo a Alemania, lo fácil que localizan al hombre del programa de televisión en medio de una ciudad gigantesca…- o esas imágenes que parecen extraídas de algún vídeo de YouTube que no hacen justicia a la alta calidad formal del conjunto, Perdiendo el norte es una película que desprende ingenio y talento por los cuatro costados. Sí, puede que abuse de las frases hechas -que, no por eso, dejan de ser ciertas- y que aborde el drama en el que se base con brocha gorda, pero la intención de sus responsables nunca ha sido hacer un documental sobre la crisis, sino reírnos de ella. Y no hay intención más loable. Ni más difícil. 

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