Dios mío, ¿pero qué te hemos hecho?

La paradójica sensación experimentada por este cronista con Dios mío, ¿pero qué te hemos hecho? (Philippe de Chauveron, 2014) bien podría dar pie a un interesante debate. Reconozco que es una película loable en sus intenciones y con un mensaje de integración necesario en los tiempos que corren pero… ¿es suficiente sólo con esto? ¿Deben prevalecer las lecturas que se puedan extraer de un film por encima de su propia calidad o de cómo éste está contado? En mi caso, y sintiéndolo mucho por la que ha sido la película francesa con mayor recaudación del 2014 con más de 12 millones de espectadores y la cinta gala más taquillera desde ese fenómeno global que fue Intocable (Olivier Nakache & Eric Toledano, 2011), me temo que no basta con ir cargado de buenas intenciones para hacer una película recomendable. La fórmula de Philippe de Chauveron es de sobra conocida: apostar, en plena era de la globalización, por el choque cultural en clave de humor  para conectar con el público y ganarse así sus simpatías. Una experimento legítimo, qué duda cabe, que hubiese funcionado con otros guionistas capaces de dotar de más gracia e ingenio las situaciones que aquí se van planteando. Y es que el film francés apenas consigue arrancar la carcajada.

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Los protagonistas de la historia con Claude (christian Clavier) y Marie Verneuil (Chantal Lauby), un matrimonio conservador con cuatro hijas que, para su desgracia, han optado por un modo de vida que dista mucho de sus principios burgueses y católicos. Cada una de ellas decide compartir su vida al lado de un hombre de razas diferentes, desde un musulmán, hasta un judío, pasando por un chino. El último bastón de esperanza de los Verneuil radica en su hija menor la que, como no podía ser de otra forma, sorprende a sus padres con un novio africano. Querer ser tan políticamente corrrecta y despojarse de cualquier atisbo de mala baba -o querer llevar grabada a fuego la etiqueta de apta para todos los públicos-, es algo que no le conviene en absoluto a Díos mío, ¿pero qué te hemos hecho?, cuando la génesis de su planteamiento y su razón de ser piden a gritos precisamente lo contrario: el desmadre, la locura, la incorreción política a borbotones. O si no armarse de toneladas de mordacidad e ironía, sí las suficientes para hacer algo de pupa, de la que no hay ni rastro. El otro gran problema del film es que parece escrito rápido y corriendo… por un grupo de adolescentes. 

Algunos momentos no sólo no hacen gracia, sino que provocan ese sentimiento tan poco agradable como la verguenza ajena -la clase de zumba en el salón, el resbalón del padre en el pasillo con el cuadro… -, capaces incluso de empañar otras más conseguidas -la cita en el restaurante, donde la mera reacción de los padres ante el novio negro de su hija justifica por sí sola la película-. Tampoco ayuda el hecho de que los personajes no es que sean planos, es que son extraplanos, sin matices y totalmente estereotipados, por no hablar de la sospechosa casualidad que las 4 hijas del matrimonio parezcan modelos. Al final, la cinta se instala en esa tipología de comedias familiares sin gracia ni chispa, que serán más recordadas más por lo que quieren transmitir que por lo bien ejecutadas que están. Nadie duda de las saludables lecturas del film, incluso se agradecen en este augue de diversificación cultural, -sus empeños en tratar de normalizar algo que incluso algunos ven como una amenaza no puede ser más admirable-, pero su cochambroso guión se empeña en que recordemos en que lo que estamos viendo le viene grande incluso al público infantil.

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Muchos la han comparado con 8 apellidos vascos (Emilio Martínez Lázaro, 2014) por el tema de la confrontación cultural, aunque mucho me temo que la versión española rezuma la gracia que a la francesa le falta. Si en algo gana el film galo es por su superior factura técnica, ciertamente brillante como nos tiene acostumbrados buena parte del cine francés, y un diseño de escenarios que no puede estar mejor. ¿El resultado? Una película tan banal como intrascendente, con unos 45 minutos iniciales que podrían tener un pase, pero con un chasis narrativo que después se desploma. Díos mío, ¿pero qué te hemos hecho? se conforma con lo mínimo y, precisamente, éste es su público potencial: el que se conforme con lo mismo. 

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