Magia a la luz de la luna

Al acumular un buen puñado de obras maestras a sus espaldas, siempre que Woody Allen estrena una película que no lo es, crítica y público coinciden en el mismo calificativo: “obra menor”, como si el ser una obra menor del neoyorkino, que desde 1982 cuenta con la peculiaridad de estrenar un film por año, fuese poca cosa. Está claro que Magia a la luz de la luna (2014) no es una película redonda, ni mucho menos, pero lleva grabada a fuego la esencia, el alma de Woody Allen en cada uno de sus planos. Y conseguir dotar de personalidad y estilo propio cada uno de tus trabajos y, encima, sin esfuerzo aparente como es el caso de Allen, es una cualidad sólo al alcance de los más grandes. El mayor atractivo de Magia a la luz de la luna es su encanto, su capacidad de ser disfrutada con una sonrisa en la boca -y algún que otro bostezo, dado su irregular arranque y algún que otro tramo arrítmico- aunque, mal que le pese a los incondicionales del cineasta, se ve tan rápido como se olvida. La nueva película de Allen te garantiza hora y media de satisfacción, pero le falta potencial para perdurar en el recuerdo como sí lo hizo su anterior film, Blue Jasmine (2013) u otros grandes títulos como Match Point (2004).

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Al igual que sucediera con cintas como La maldición del escorpión de Jane, Scoop, Sombras y niebla o Conocerás al hombre de tus sueños, el tema de la magia juega un papel determinante en la nueva película del director, quien desde pequeño ha sentido admiración por este mundo. Inspirada en las screwball comedies, la trama gira entorno a los empeños de un mago (Colin Firth) en desenmascarar a una supuesta médium (Emma Stone) y de cómo, en el transcurso de su investigación, éste cae rendido a los encantos de la chica. En efecto, en medio de este juego del ratón y el gato, en el que ambos se pasan la película ocultando información al otro, va naciendo una historia de amor que se ve beneficiada por el enorme talento de sus actores y la química que desprenden. Hay algo mágico en la película y no sé explicar muy bien qué es: si el afán del director por contar la historia como si fuese una fábula ambientada en los locos años veinte con aroma a jazz, por los oníricos paisajes de la Provenza francesa y la Costa Azul en los que se desarrolla la acción o por la aparente ligereza de una trama que, sin embargo, plantea algunos temas de envergadura como la existencia de Dios, la muerte o los límites de la ciencia y la fe, asuntos de cabecera en la filmografía del director. Pone sobre la mesa, además, un interesante aunque algo manido debate: ¿es superior intelectualmente alguien que se aferra incondicionalmente a la ciencia para explicarlo todo que el que cree en el mundo paranormal? 

Otros puntos a favor de una producción que, ciertamente, podríamos denominar “de época” son la presencia de la gran actriz británica Eileen Atikis, en la piel de Vanessa, tía de la protagonista; el gustazo que da ver en pantalla a una actriz como Emma Stone, cuyo carisma desborda la pantalla -y nueva musa de Woody Allen, ya que encabezará el cartel de su próximo largometraje- y el equilibrio que demuestra en todos y cada uno de sus apartados artísticos, desde maquillaje a vestuario, pasando por su composición de encuadres y lo bien que sabe el cineasta en dirigir a los actores. Sin grandes aspavientos ni movientos de cámara, Allen va envolviendo al espectador en un historia bien narrada pero, insisto, con un déficit importante: el de acuñar alguna escena que pase de ser correcta a memorable, aunque la del observatorio astronómico tras una sorpresiva lluvia esté cerca de lograrlo. También es cierto que esto es impensable exigírselo a otro director, pero firmándola quien la firma no habría estado de más alguna escena realmente remarcable en medio de un guión por momentos inspirado, pero por otros algo monótono. Ya puestos podríamos hasta pedir la propia presencia de Allen en pantalla, algo que equivaldría a triunfo casi asegurado. Por suerte, el director no estira el chicle demasiado y condensa la acción en hora y media exacta. En cualquier caso hay que subrayar el inesperado giro final, el cual hace sumar varios enteros a la función. 

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Tiene todas las papeletas para gustar a los incondiciones de Woody Allen, aunque se sientan algo defraudados por no tener la energía ni estar a la altura, insisto, de sus obras magmas. Pero nadie puede negar que es una historia contada con fluidez, que se ve casi sin pestañear y lo bien que se digiere. Es mucho más de lo que ofrecen muchas películas. Una obra, en definitiva, al que le viene como anillo al dedo ese adjetivo tan cursi como a veces tan necesario para expresar nuestras impresiones sobre algo como el de “bonita”. 

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4 pensamientos en “Magia a la luz de la luna

  1. Pues sí,es muy bonita y muy ligera,la verdad que le falta un algo pero sí que se disfruta muchísimo porque es muy Woody Allen y te deja un buen sabor de boca siempre. A mi me ha encantado pero en el sentido de ser una película “encantadora”, un besote Pablo!!

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