Exodus: Dioses y reyes

He aquí un magnífico ejemplo de película más preocupada por el envoltorio que por el contenido. Exodus: Dioses y Reyes (Ridley Scott, 2014) es un ejercicio cinematográfico de aspecto impecable, majestuosos escenarios y fidedignas recreaciones. Es, en definitiva, una obra de dimensión colosal. Sin embargo, esta cinta con 140 millones de dólares de presupuesto y con un 70% de producción española naufraga en lo más importante: el guión. Y es que el libreto de la nueva película del director de la infravalorada El Consejero (2013) o la también adscrita al género peplum Gladiator (2000) hace aguas por todos lados. Desde su caótico comienzo, hasta un sinfín de aburridos diálogos, escenas alargadas u otras directamente suprimibles. A Exodus: Dioses y Reyes no le hubiese venido mal una revisión profunda de un guión cuyo mayor defecto es que no logra nunca despertar el interés del espectador. Con todo, su principal problema es que no cuenta nada que no nos hayan contado antes; Scott nos lo vuelve a contar y, encima, peor. Esta “nueva” versión de la historia de Moisés, príncipe de Egipto, lo tenía todo para ser la nueva Ben-Hur (Willian Wyler, 1959): buenos actores, un director de reconocida trayectoria, abultado presupuesto… pero no pasará de ser una película más del montón.

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La película narra la historia de cómo Moisés (Christian Bale) llegó a ser el profeta y líder de Egipto; cómo se enemistó con el poderoso faraón Ramsés (Joel Edgerton) y todo el proceso por el cual liberó a los 600.000 esclavos y los condujo hacia la Tierra Prometida. Una trama extraída del Antiguo Testamento que el cine ha retratado en infinidad de ocasiones y que en esta ocasión no ofrece nada nuevo. Si acaso, ciertas connotaciones políticas que desprenden algunas situaciones como en la que Moisés le exige a su primo Ramsés que libere a los judíos, a lo que él responde que eso sería nefasto para la economía. Al final, de lo que aquí se habla es de la responsabilidad que tiene alguien que ejerce un poder determinado sobre un pueblo, algo perfectamente extrapolable a la actualidad; quizá sea la vertiente más atractiva desde la que disfrutar Exodus.Y la más recomendable. La historia comienza a adquirir cierto cuerpo y entidad a partir de la huída de Moisés por Egipto -donde conocerá a la que más tarde será su mujer, Séfora (María Valverde)- y, a pesar de que su pulso narrativo sea prácticamente inexistente, nos regala algún que otro momento de antología, como el de la plaga de insectos o de cocodrilos o la escena de la apertura del Mar Rojo, la más complicada de rodar por la cantidad de elementos que intervienen en ella. 

Aparte de lo bien que lleva sobre sus espaldas Christian Bale el grueso de la película, y de la presencia de primeras figuras interpretativas como María Valverde -fantástica, como siempre-, Aaron Paul o la inexplicablemente desaprovechada Sigourney Weaver, en Exodus hay otras bazas que no conviene pasar por alto como la banda sonora de Alberto Iglesias, grabada en el mítico estudio de sonido Abbey Road, donde los Beatles parieron algunos de sus más grandes éxitos. El compositor fetiche de Almodóvar, acostumbrado al cine de toque intimista, sale más que victorioso de la que es su primera composición para el cine épico. La película también destaca por la capacidad de Scott para rodar escenas arriesgadas y de gran envergadura logística; hay pocos, muy pocos directores en la actualidad capaces de afrontar una película de estas dimensiones y con la osadía suficiente de ofrecer fotogramas que, por un segundo, hacen dudar al público si lo que está viendo es real o una mera película. Es de justicia reconocer que en lo referido al look visual todo está cuidado al milímetro. 

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Entonces, ¿Exodus sí o Exodus no? Depende. Si lo que se pretende es mantener durante 150 minutos el encefalograma plano y dejarse arrastrar y embelesar por la belleza de las imágenes, esta es tu película. Si, en cambio, eres de los qu exige un mínimo de trasfondo o de enjundia a dicho espectáculo, mejor no hacerse muchas ilusiones. En líneas generales la película supone un paso atrás de un director con una carrera que aglutina títulos brillantes –Alien, el 8º pasajero (1979), Blade Runner (1982)- pero que, en la actualidad, necesita urgentemente un revulsivo. Encontrar a un buen guionista podría ser su salvación. 

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