Boyhood

Con la trilogíaAntes de…”love story que narraba el inicio, la consolidación y el ocaso de una relación a lo largo de dos décadas, Richard Linklater se reveló como uno de los cineastas más originales y vanguardistas, además de quedar consagrado como autor de culto. En su último proyecto, Boyhood (2014), el director americano no sólo acentúa estos calificativos, sino que los lleva al extremo: alérgico a los métodos de narración convencionales y siguiendo fiel a la máxima fellinesca del hiperrealismo -mostrar la verdad con los menos artificios posibles-, Linklater sorprende con una película rodada durante 12 años. ¿El motivo? Hay varios: desde el querer mostrar la transición de la niñez a la última etapa de la adolescencia de su protagonista, al que vemos crecer y evolucionar a lo largo del metraje -desde los 6 a los 18 años-, hasta la propia ambición del director de comprimir en un documento audiovisual la levedad de la vida, el implacable paso del tiempo, la propia autodefinición del individuo. Linklater captura a lo largo de sus dos horas y media largas cómo el ser humano va siendo moldeado por las circunstancias de su entorno, por sus propios logros personales o por la mera genética. Boyhood, que muy acertadamente se subtitula “Momentos de una vida“, es la vida misma trasladada a la gran pantalla.

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Siempre que pretende ilustrar el transcurso del tiempo, el cine recurre a más o menos fastuosos trabajos de maquillaje y caracterización, muchos de ellos poco creíbles -algunos, incluso, ridículos, como el caso de J. Edgar (Clint Eastwood, 2011)-. En Boyhood estos no son necesarios simple y llanamente por la mera concepción del proyecto; cada pelo, arruga o cambio físico de los personajes, por insignificante que sea, es real. Y nos muestra ese paso del tiempo, no nos lo cuenta. Una oportunidad de oro para ser conscientes de primera mano de máximas como el carpe diem, de que, en el fondo, la vida no es más que una sucesión de momentos irrepetibles. Pero que nadie piense que estamos ante un relato de ínfulas existencialistas, aunque la etiqueta de “existencialista” la lleve grabada a fuego; Boyhood es un relato complejo, sí, pero tremendamente simple a la vez. De hecho, hay tramos en los que la acción no parece avanzar ni un milímetro o, directamente, momentos en los que ésta es inexistente. Pero, ¿acaso no es así la vida misma? Siendo francos, ¿no son la mayor parte de nuestros días la más viva definición de rutina? Avispado como pocos, Linklater acierta de lleno al combinar en su relato tramas potentes -los malos tratos-, con otras que perfectamente podrían omitirse. Es la vida mostrada a 25 fotogramas por segundo: con lo bueno y malo que esto tiene para el espectador. Puro cine Linklater. 

A pesar de sus múltiples personajes secundarios o los padres de la criatura -Ethan Hawke, muso del director, y Patricia Arquette, ambos entregadísimos a la causa-, el gran protagonista del film es Mason (Ellar Coltrane), al que el director filma con exquisita delicadeza, envuelto en un halo de resonancias tan mágicas como el propio proyecto en sí. El director sitúa a su, podríamos decir, ratón de laboratorio en medio de una perpetua luminosidad que impide que el film se encarame por los derroteros de la nostalgia. Sus planos abiertos, amplios, diurnos, muchos de ellos en exteriores -con especial atención a la escapada naturista entre padre e hijo, donde además queda de manifiesto de forma impecable otro de los grandes temas de la cinta: la complicidad familiar- se repiten con el fin de acentuar el espíritu de libertad de la obra. Linklater consigue, así, un trabajo lleno de vida, oxigenado por cada uno de sus poros, sin que esa demoledora ilustración visual del paso de los años llegue a abatirnos. Al contrario: nos hace tomar conciencia de lo bella que es la vida y de que, en el fondo, no estamos muy lejos de ser ese esqueleto disecado en el suelo que Mason observa con alto grado de madurez. 

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Poseedora de una extraordinaria capacidad de seducción, Boyhood es un trabajo del que no podrás despegar los ojos de la pantalla. Hay tramos más interesantes que otros, no hay duda, pero aún así siempre nos mostramos igual de entusiasmados por lo que estamos viendo. Quizá sea por su cuidada selección musical -ojo al tema Hero de Family of the year-; por su exploración insólita de cómo el entorno familiar repercute en la génesis del propio individuo; por ese lamento  final desgarrador del personaje de Arquette, el gran momento actoral de la cinta; por su innata capacidad de cumplir con las expectativas del espectador más exigente, contando los hechos de una forma tan natural y fluida que abruma, o por no poder desvincularse de la curiosa sensación de que el director, en lugar de esperar un año entre cada semana de rodaje, hubiese descansado tan sólo 5 minutos: la prueba empírica de que todo está comandado por alguien que sabe perfectamente lo que está haciendo. Todas estas virtudes juntas explican la inquebrantable fortaleza de esta genuina obra de arte que no sólo sienta las bases para futuras producciones, también se erige como un indiscutible punto de inflexión en la Historia del Cine. 

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