Amigos de más

Cuando una comedia romántica no pierde un ápice de elegancia tras la pirueta, aparentemente suicida, de mostrar a sus protagonistas manteniendo una conversación acerca de la cantidad de heces que determinadas personalidades acumulaban en su intestino a la hora de morir, es que la cosa funciona. Es lo que sucede con la canadiense Amigos de más (Michael Dowse, 2013), deliciosa cinta inspirada en la también encantadora 500 días juntos (Marc Webb, 2009) en gran medida por sus entrañables matices fantásticos. Si estos rasgos distintivos venían de la mano de Joseph Gordon-Levitt cantando sin ton ni son en mitad de un parque en el film de Webb, aquí son las creaciones pictóricas de la protagonista, revoloteando en pantalla en momentos concretos, las que aportan ese meditado rasgo diferenciador. Lo curioso es que, a pesar de estas pinceladas surrealistas, la película nos gana desde el primer minuto por su constante apego a la realidad. Desde sus protagonistas, lejos del canon de belleza al que históricamente se han aferrado las producciones del género -que hace que los reconozcamos como alguien cercanos, de carne y hueso-, hasta la importancia de los temas tratados -fidelidad, tenacidad, ilusión-, todo en Amigos de más está orientado a buscar la complicidad con el espectador exigente. 

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Si la citada cinta de Webb sorprendía por su impactante frase promocional –“Chico conoce chica. Chico se enamora. Chica no”-, la de Amigos de más bien podría ser: “Chico conoce chica. Chico se enamora. Chica tiene novio”. Basada en la novela de T- J. Dawe y Michael Rinaldi, todo arranca en una fiesta, donde Wallace (Daniel Radcliffe) y Chantry (Zoe Kazan) se conocen. A raíz de entonces entablan una relación de amistad, con el inconveniente de que Chantry tiene novio y que él comienza a sentirse atraído por ella. Dejando al margen el que la cinta plantee hasta qué punto una persona pueda entablar una amistad con alguien del sexo contrario estando comprometida o hasta qué nivel es lícito intentar conquistar a la persona a la que amas sabiendo que tiene pareja, lo que más llama la atención en Amigos de más es la irrefrenable química entre sus protagonistas, esencial para mantener a flote la película en todo momento. Resulta casi extraordinario el portentoso feeling que existe entre un Radcliffe empeñado en demostrar que hay vida más allá de Harry Potter -ya lo demostró, para los olvidadizos, en la estimable La mujer de negro (James Watkins, 2012)- y la nieta del mítico Elia Kazan, autora del libreto de la también indie Ruby Sparks (Jonathan Dayton & Valerie Faris, 2012), que, además, protagonizó. Ambos demuestran saber manejarse en la comedia romántica como peces en el agua. 

Pero el punto álgido del espectacular tándem de Radcliffe y Kazan, iconos del género desde ya es, sin ningún género de dudas, la escena de la cafetería bañada en lágrimas. En la que es la gran secuencia actoral de la cinta, instante de desatasco emocional y confesiones, Amigos de más se crece y demuestra que está tan viva y es tan real que, si se lo propone, puede hacer daño. Preñada de conversaciones ágiles e inteligentes, la película atrapa no obstante desde el primer instante por su frescura y originalidad y, era irremediable mencionarlo, por una banda sonora excepcional -ojo al tema Beach Bummer, obra de AC Newman, tan enigmático y pegadizo como la película en sí-. Al final, claro, lo que menos nos termina importando es si los protagonistas acabarán juntos o no: lo que Dowse nos ha servido hasta entonces está tan bien hecho y desprende tanta VERDAD por cada uno de sus poros que es más que suficiente para recomendarla. 

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Sin ánimo de ser pretenciosa -más allá de dignificar el género romántico, algo que tampoco parece premeditado-, Amigos de más también acierta en su galería de personajes secundarios. A diferencia de otras películas, donde no son más que mero relleno, en esta ocasión todos cumplen un cometido, todos enriquecen de una forma u otra la trama principal. Alguno, incluso brilla con luz propia, como es el caso del siempre eficaz Adam Driver. Con todo, las únicas objeciones que se le pueden hacer a esta obra que ocupará un lugar destacado en las estanterías cinéfilas -tiempo al tiempo- y que deja un inevitable buen sabor de boca son un final demasiado convencional y algún gag poco creíble -el del probador se lleva la palma-. El resto es una película digna de análisis por hacer aparentemente fácil lo que es terriblemente difícil. 

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