La letra escarlata

A excepción de Ghost (Jerry Zucker, 1990), película por la que se convirtió en una de las actrices más cotizadas del Hollywood de los 90, Demi Moore pocas veces ha vuelto a gozar del favor de la crítica, que nunca ha tenido piedad en atacar -en ocasiones de forma especialmente vil- todos y cada uno de sus trabajos. ¿Los motivos? Principalmente que la actriz, más que desarrollar sus dotes interpretativas, se dedicaba de alimentar su imagen de mito erótico -beneficiada por su espectacular físico- en películas de medio pelo. Títulos como Acoso (Barry Levinson, 1994), Una proposición indecente (Adrian Lyne, 1993) o la infumable Striptease (Andrew Bergman, 1996) dieron alas a sus detractores en condenar a una intérprete que, siendo justos, nunca ha sido tan mala como la pintan y que, en realidad, cuenta con varios buenos títulos en su haber. Es el caso de La letra escarlata (Roland Joffé, 1995), remake de la película que Win Wenders dirigió en 1973 y que adapta muy libremente la novela homónima de Nathaniel Hawthorne; una historia que, además, nos regala uno de los personajes femeninos más icónicos de la historia del cine: la aguerrida y transgresora Hester Prynn. 

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La historia, ambientada a finales del siglo XVIII en la Massachussets colonial, gira en torno a la reacción que provoca la llegada de esta mujer a una tierra atada al culto religioso extremo y las más arcaicas tradiciones. Independiente y de ideas progresistas, la irrupción de Prynn en un lugar en el que se piensa que las mujeres sólo sirven para coser y cocinar chocará frontalmente con sus lugareños, que la someterán a escarnio público y la enviarán a prisión por adúltera tras quedar ésta embaraza del reverendo Dimesdalo (Gary Oldman). Estamos, por tanto, ante una obra que deja constancia de la intolerancia religiosa; ideologías que, lejos de contribuir a la concordia, fomentan la opresión social y la división. El retrato que se hace de Prynn es fascinante porque, en contra de lo que pretenden este nutrido grupo de fanáticos que se creen con la potestad suficiente de interpretar la Biblia según les convenga, no pretende juzgar ni imponer su moral a los demás: lo único a lo que aspira es vivir su vida sin hacer daño a nadie. Es por ello por lo que el público se solidariza tan rápido con ella, porque encarna ese espíritu de inconformismo, de rebeldía incluso, necesario para cambiar las cosas. Prynn, en efecto, es un bastón para derrocar la injusticia; un bastón que, aún en pleno S.XXI, puede ser tomado como referente. 

Al margen de su trabajado rol principal, lo más destacable de La letra escarlata es su dirección artística, con mención especial para el diseño de vestuario y su ambientación, labores a las que Joffé suele prestar especial atención en sus trabajos –La misión (1986), La ciudad de al alegría (1992)-. Aunque nunca termina de despegarse del tufo de telefilm de sobremesa -a lo que no ayuda su excesiva duración- y estar sometida a un guión que aglutina demasiados puntos muertos, la película tiene escenas logradas, como toda la batalla final de los indios bañada en fuego y, sobre todo, su primera media hora, en el que se nos narra la llegada de la protagonista al pueblo. Sus primeros 30 minutos son un excelente ejemplo de cómo hacer accesible al gran público una película que habla de cosas transversales, profundas, y lo hace además con suma carga emocional. Algo a lo que contribuye de forma decisiva la banda sonora de un John Barry que, poseído por ese extraño don al alcance sólo de los grandes compositores, consigue elevar la película a los altares con la sola presencia de su tema principal. Una evocadora y bellísima partitura por la que Barry consigue alterar las emociones humanas y llegar a lo más hondo, además de dotar de épica y grandiosidad al conjunto y complementarse con el espíritu de libertad que representa Prynn. 

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A los que les parezca que soy demasiado benevolente con La letra escarlata, tranquilos. No es el desastre que algunos pretendieron vender, pero tampoco una gran película, en parte por una historia de amor que, en más ocasiones de las permitidas, parece basarse en los descartes de alguno de los folletines de Corín Tellado. El director se enroca excesivamente en una historia de amor falta de naturalidad en lugar de haber sacado más jugo a su atractivo contexto social, que por momentos roza la caricatura. Asimismo, y aún siendo fan de la actriz, es cierto que algunos fragmentos de la película parecen confeccionados para el lucimiento única y exclusivamente de ésta -el nacimiento de su hijo-. Con todo, una película bien trazada, no tan bien edificada como podría haber sido, pero que deja un sabor satisfactorio, en parte por la impecable frase con la que se cierra todo: “Nadie puede decir lo que es o no es pecado a los ojos de Dios”. Eso lo sabía muy bien Hester Prynn. 

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