La madre muerta

En su segundo largometraje, Juanma Bajo Ulloa retorna a algunos de los temas que ya exploró en su primera película, Alas de mariposa (2001) -ganadora de la Concha de Oro en el Festival de San Sebastián-, como el sentimiento de culpa, la fragilidad de la niñez o el vínculo materno. Temas, todos, que el director vasco lleva en esta ocasión al extremo. Atípica dentro de la cinematografía española, La madre muerta (1993) también comparte con la opera prima del vizcaíno el afán por sorprender, la singular personalidad de su autor y su canon estético, equiparable al de Vacas (Julio Medem, 1992). Ganadora del premio a la Mejor Dirección en Montreal y del Goya a los mejores efectos especiales, sorprende lo cuidada que está en el plano visual, a lo que contribuye la fotografía de Javier Aguirresarobe. Bajo Ulloa, que demuestra un excelente manejo del lenguaje cinematográfico, consigue imágenes de gran belleza apostando siempre por el tiro de cámara más atractivo y el encuadre más singular, sin que el resultado caiga nunca en la pomposidad, en la artificiosidad de la que pecan otras producciones. 

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La trama arranca en un robo nocturno en el que Ismael López de Matauko (Karra Elejalde) mata a sangre fría a la dueña de la casa. Poco después, el asesino descubre que la hija de la víctima, la pequeña Leire (Ana Álvarez), quien quedará tan traumatizada que ingresará en un centro para incapacitados mentales, ha sido testigo de la tragedia. Durante 20 años Ismael no ha podido olvidar esos ojos infantiles, amén de la ingenuidad y la inocencia, que le sorprendieron en la oscuridad. Es por ello que, cuando pasado todo esas dos décadas vuelve a ver esa mirada no tarda en reconocerla. Temeroso de que todavía recuerde lo que pasó aquella noche, la rapta en el caserío en el que vive con su novia. A partir de este argumento insólito y francamente original -en medio de un guión que podría haber admitido alguna vuelta de tuerca extra-, Bajo Ulloa desarrolla una historia que viene a decirnos que no existe la maldad pura y dura, sin matices. Y lo hace gracias al papel de Ismael, un ser deleznable, autor de mil fechorías, que resulta ser el primer sorprendido de que bajo su consabida maldad exista algo que le haga conmoverse con la presencia de la joven a la que, sin pretenderlo, le cambió la vida hace años. El principal atractivo de la trama es ver cómo se desarrolla esta peligrosa y, a la vez, fascinante relación entre secuestrador y secuestrada, que derivará en un fuerte caso de síndrome de estocolmo.  

Gran parte de culpa de que este atípico vínculo resulte creíble, la tiene la excelente composición que sus actores hacen de sus personajes. Irradiando una dulzura capaz de despertar el instinto protector al ser más abominable del planeta, Ana Álvarez está fantástica en la piel de una aparente discapacitada mental, al igual que un Karra Elejalde -protagonista también de Alas de mariposa-, pieza angular del filme, en un rol tan primitivo como lleno de aristas. El actor vasco transmite a la perfección el proceso por el que Ismael logra sentir emociones que hasta entonces le eran desconocidas como la compasión y el afecto que derivarán, en el antológico momento final de la cinta, en un sentimiento tan puro y noble como el amor. Una pirueta arriesgada de la que Bajo Ulloa no sólo cae de pie, sino que termina de elevar a los altares una obra en la que sus personajes parecen moverse en un espacio que no parece ser la realidad, sino un entorno onírico en el que ambos buscan exorcizar sus pasiones. Esta premisa fantástica, que explicaría el -increíble- instante en el que con tan sólo un segundo el protagonista sea capaz de reconocer unos ojos que vio por última vez hace 20 años, casaría con su aura de cuento de hadas, como si todo lo que nos estuvieran contando no fuese más que una fábula de La bella y la bestia. Como si su fin último, en efecto, no fuese más que mostrarnos el contraste entre la pureza y lo salvaje.

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Película altamente intimista, a pesar de que muchas de sus escenas transcurran en espacios abiertos -ojo a las de las vías del tren, en el que el chocolate funciona mejor que nunca como metáfora de lo que, más que lo imposible, es lo políticamente incorrecto-, La madre muerta se refuerza por la cuidada partitura de Bingen Mendizábal, que se acopla perfectamente a las imágenes, realzando su atmósfera evocadora y poética. Concienzudamente extraña, delicadamente sensual y de visceralidad aplastante, La madre muerta es una película que sale de las tripas para calar hondo a quien esté dispuesto a descifrarla. 

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