X-Men 3: La decisión final

Iba tan advertido por gente de mi confianza de que X-Men 3: La decisión final (Brett Ratner) rayaba el despropósito que mis reticencias a la hora de enfrentarme a ella eran inevitables. Sin embargo, y en contra de lo esperado, fui el primer sorprendido de mi entusiasmo hacia ella. Cierto es que es la peor de la trilogía -Bryan Singer, que abandonó la franquicia para dirigir Superman Returns (2006), puso el listón muy alto-, pero no es, ni de lejos, una mala película. Su gran problema es que es la que más se aleja del cine de autor de las tres, entendiéndose como cine de autor la capacidad del director por imprimir, con la mayor libertad posible, estilo y personalidad a su trabajo. X-Men 3, en este sentido, es una película de estudio pura y dura: Ratner, para entendernos, parece un tirititero en manos de una compañía que, ávida de hacer caja, no tiene reparos en sobrecargar de acción todos y cada uno de los minutos de la película, en detrimento de la profundidad y el trasfondo que habían caracterizado las películas de Singer. El principal defecto de X-Men 3, en efecto, es que sus cabezas pensantes parecen no ser conscientes de que sus escasos 105 minutos son insuficientes para desarrollar, aunque sea mínimamente, toda la nueva galería de mutantes o todo el cúmulo de situaciones cruciales que aquí se plantean. 

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El último capítulo de la trilogía de los X-Men arranca con el descubrimiento de una sustancia capaz de anular el ADN mutante, algo que cambiaría el curso de la historia. El hallazgo genera una división de opiniones: por un lado, los que consideran un insulto la mera existencia de este antídoto –Charles Xavier (Patrick Stewart) y todo su ejército de mutantes-, ya que fulmina el principio de la integración que tanto defienden y, por otro lado, los que se muestran a favor de él -liderados por Magneto (Ian McKellen)-, abogando por la supervivencia de los más capacitados. Si hay un handicap en la película este es, sin ninguna duda, la obsesión por sus responsables de atiborrarla de nuevos personajes, algo que incluso dificulta su comprensión en algunos tramos. ¿De verdad era necesaria la presencia de Juggernaut cuando apenas cuenta con unos minutos lucirse? ¿O la de Angel, cuya aparición no aporta absolutamente nada? Eso por no hablar de la de Gatasombra, cuya única función parece ser la dar celos a Pícara (Anna Paquin) por su relación con Hombre de Hielo (Shawn Ashmore). El guión, lúdico hasta el tuétano, se muestra incapaz de ahondar no sólo en estos nuevos mutantes, sino en acontecimientos tan importantes para los amantes de los cómics como la aparición de los centinelas, las numerosas muertes, el pasado de Lobezno -que vuelve a ser eje vertebral de la película, junto con Tormenta (Halle Berry)- o la gran metáfora en la que se podría haber convertido ese antídoto capaz de curar a los marginados, premisa totalmente desaprovechada. Algo más desarrollado está el regreso de Jean Grey (Famke Janssen), resucitada como Fénix, uno de los episodios más esperados por los amantes de los tebeos; fans que, en su mayoría, se sintieron descontentos por esta película cuando es, paradójicamente, la que más referencias hace a su material de partida.

Entonces, ¿por qué me ha gustado X-Men 3? En primer lugar, porque contiene los mejores efectos digitales vistos en la trilogía, así como la escena de acción más lograda: el derrumbamiento del puente de San Francisco, simplemente espectacular. Sus responsables destinan hasta el último de los 210 millones de dólares de presupuesto -fue la película más cara rodada hasta la fecha- en entretener. Algunos dirán que con ese dinero podían haber contratado a otros guionistas que no dejaran tantos cabos sueltos, y razón no les faltará, pero no deja de tener su mérito una película cuyo apabullante nivel visual impide prácticamente el pestañeo. Sus escenas de lucha, perfectamente coreografiadas, son para enmarcar, especialmente las del tramo de la crepuscular batalla final de Alcatraz, reforzada además por un trabajo de sonido perfectamente integrado a la acción. Además, es un gustazo que prácticamente la totalidad de actores sigan al frente -algo poco común en la tercera entrega de cualquier saga-, así como el hecho de Ratner reúna por primera vez a los cinco X-Men originales: Jean Grey, Cíclope, Hombre de Hielo, Bestia -a la que ya vimos en X-Men 2- y Ángel.

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Con el habitual cameo de Stan Lee y también el de Chris Claremont -que fue, junto al ilustrador John Byrne, el autor de La Saga de Fénix Oscura, el cómic en el que se basa esta tercera parte, además de guionista durante 16 años de la serie-, X-Men 3 será recordada como la película más efectista de la saga, pero también como la más infravalorada. Aún desbordada de personajes y sin la enjundia de las dos primeras, sigue quedando su cásting de excepción, su impactante escena post-títulos de crédito, su destreza para mantenernos enganchados. Y sigue Hugh Jackman al frente del show. Actor con ese extraño don de elevar a los altares cualquier película son su mera presencia física.  

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