Nymphomaniac. Volumen 1.

Por lo que siempre será recordado Lars Von Trier es por haber convertido la provocación artística en su principal seña de identidad, rasgo que le ha llevado a alumbrar alguna obra maestra –Rompiendo las olas (1996)- pero que ha provocado también que, a veces, caiga en lo directamente risible. Sucedió con Anticristo (2009), caos más dispuesto a acaparar titulares por sus ínfulas transgresoras que por su calidad, y vuelve a suceder -aunque en menor dosis- en la primera parte del díptico Nymphomaniac (2013), película con una duración inicial de cinco horas y media que el propio director se vio obligado a dividir en dos para su estreno comercial. Que la polémica y el danés siempre han ido de la mano no es ningún secreto: basta remontarse al Festival de Cannes de 2011, donde, antes de manifestar por primera vez su deseo de rodar algo que muchos han calificado como porno de autor, Von Trier se definió a sí mismo, en tono sarcástico, como un nazi, razón por la cual fue declarada persona non grata en dicho certamen. Lo que le ocurre a este crítico con este primera parte de Nymphomanic es que todo lo que ve y escucha en ella parece llevar inherente su intención de escandalizar, a que se hable de ella a toda costa. 

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La historia arranca con Joe (Charlotte Gainsbourg), una joven que despierta apaleada y tirada en el suelo de un oscuro callejón. Un bondadoso anciano (Stellan Skarsgard) la rescatará y la acogerá en su casa, tras la negativa de ésta de denunciar su caso a la policía. Allí, la chica se dispondrá a contar todas las vivencias de su vida, desde su infancia hasta los 50 años, que estructura en 8 capítulos. Una vida lastrada por una enfermedad: la ninfomanía. Está claro que a raíz de una temática tan espinosa como esta no era de esperar una película especialmente agradable. Pero tampoco imaginaba encontrarme un documento audiovisual tan áspero, tan poco logrado estéticamente, donde todo da tanto repelús y, al mismo tiempo, resulta tan insulso y aburrido, que tendría que hacer un considerable esfuerzo para verlo una segunda vez. Algunos esgrimirán que este es precisamente su punto fuerte: que una historia que, al fin y al cabo, no es más que la radiografía de una enferma, casa a la perfección con su aspecto lúgubre, alicaído. En cualquier caso, un servidor cree que se podía haber que se podía haber hecho a través de otro enfoque, si no más comercial, más visualmente llamativo. 

Pero, sin duda, lo que más me echó para atrás de la película fue sus ramalazos pseudo-filosóficos, como el comparar la ninfomanía con Bach, Fibonacci, Edgar allan Poe, la pesca, el teorema de Pitágoras o la arquitectura, por citar sólo unos ejemplos. Todo su acervo cultural, su falsa trascendencia, su aura de “cine de autor” queda tan impostada, que termina saturando. Todo queda demasiado frío y angustioso, a pesar de que tras su presentación mundial en la capital danesa gran parte de la crítica la aplaudió. Personalmente, si tuviese que salvar algo de esta primera parte sería su gran labor de montaje, la presencia de Uma Thurman en un breve pero decisivo papel -el capítulo 3 es, de lejos, el más completo-, ese ya antológico y revelador plano de la gota resbalándose por los muros de la protagonista o el largo plano fundido a negro con el que se abre la película, capaz de expresar de forma genial ese decrepitud a la que se ha ido abocando la vida de Joe. Además, y rompiendo otra lanza a su favor, no creo que estemos ante una película porno, como la han tachado algunos. Recordemos que el cine X tiene como objetivo principal excitar al espectador, mientras que aquí hay una historia: la intención de desgranar el drama de una mujer cuyo conflicto interior -y exterior- ha fulminado su capacidad de amar o sentir. El retrato psicológico que se hace de ella es, siendo justos, estremecedor.

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Quizá este crítico no sea lo suficientemente culto ni instruido para entender una obra carcomida por su tendencia a la fealdad, al esnobismo y, sobre todo, por sus ganas locas de crear controversia. Nymphomaniac gustará a los incondicionales del director, pero echará para atrás a todos los demás. A lo largo de sus dos horas, Lars Von Trier no puede evitar cansar al personal, sobre todo por la omnipresente narración en primera persona. Además, no entiendo la gran repercusión mediática que acaparó la película por sus escenas de alto voltaje sexual, cuando el resultado raya lo descafeinado Las escenas carnales de La vida de Adèle o El desconocido del lago, por poner sólo un par de ejemplos, no es superen a las aquí mostradas, es que las dejan en lo directamente risible. Hace falta algo más que una sucesión de penes de distintas razas y tamaños para impresionar a este crítico. 

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