Faraday

Es Faraday (Norberto Ramos del Val, 2013) una película presa de su bipolaridad: por un lado, es una comedia paranormal, surrealista y absurda, pero, por el otro -y aquí es donde hay que prestarle atención- una obra con los pies en la tierra, realista y solvente. Todo a la vez. Nuevo ejemplo de cine low cost español, al que su director está acostumbrado tras El último fin de semana (2011) o la anterior Summertime (2012), los esfuerzos que el cántabro Ramos del Val dedica a diferenciarse a todo cuanto se haya hecho antes da como resultado un trabajo increíblemente fresco, original y -por qué no decirlo- vanguardista. Solo así se puede calificar un filme en el que lo que menos importa es que nos creamos su disparatado argumento o que lo que estamos viendo se haya hecho con cuatro duros; con lo que hay que quedarse de Faraday es por su torbellino de gags, dispuestos a arrancar más de una carcajada al público, siempre mediante el ingenio y la inteligencia, y cómo estos constituyen, en la mayoría de ocasiones, una aguda crítica a nuestro tiempo, a una modernidad en la que el nivel de éxito ya no lo mide el talento, sino el número de followers en las redes sociales. Atiborrada de cómicas situaciones, la ganadora al Mejor Director en el Festival de Cine Fantástico Europeo de Murcia tiene en el humor, en efecto, una de sus principales bazas. 

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Ambientada en el Madrid más hipster, Faraday (Javier Bódalo) pivota en torno a un joven obsesionado con el mundo paranormal que conoce por Twitter a Pati (Diana Gómez) una bloguera con una doble afición: las cupcakes y un afán indiscriminado de ganar seguidores en la Red. Al poco tiempo se van a vivir juntos a un piso, el cual descubren que está encantado por el espíritu de una gótica, una de las 2 personas que fallecieron allí hace años. A quien le parezca un argumento inverosímil, conviene decirle que esto es solo una breve pincelada de lo que se encontrarán en una de las comedias más irreverentes y estimulantes que ha parido el cine español en los últimos años. Presentada en el Festival de Sitges, algunos pedíamos a gritos una película que abordara sin tapujos -y, a ser posible, en clave de humor- el tema de las nuevas tecnologías, herramientas que han jugado un papel determinante en la identidad del individuo. Una película, en definitiva, que parodiase el egocentrismo o el batallón de esnobs que ha provocado la cultura pop actual. Todo ello aderezado con algunos otros lastres de la sociedad como la credulidad e ingenuidad, reflejada en todo su tratamiento del tema sobrenatural. La obra elabora esta crítica, además, de forma que es accesible a todo tipo de público, de forma que es muy fácil penetrar en ella.  

En cualquier caso, y a pesar de su toque malévolo, Faraday no es una obra hiriente, por mucho que algunos se vean reflejados en precisamente lo que aquí se pretende denunciar. Aunque existan gags más salvajes que otros, lo cierto es que la comedia se mueve en todo momento en el terreno de la sutileza, de lo inocuo, siempre con un único fin por bandera: hacer reír al público. No conviene, pues, tomársela demasiado en serio. Pero sí es aconsejable percatarse que es más madura de lo que parece a simple vista, que en cada una de sus estrambóticas situaciones fruto de los afilados diálogos de Pablo Vázquez y Jimina Sabadú -cuya labor fue también premiada en el C-FEM- hay mucho donde rasgar. A ello hay que sumar el ritmo insaciable que el director imprime a la jugada que, acertando a condensarla en unos excelentemente aprovechados 80 minutos. Y es que a Faraday se le podrán reprochar muchas cosas, pero no su capacidad de entretener. Si hay una baza que la haga defendible es precisamente esta: Faraday es un disfrute de principio a fin, tan sólo atascada en su tramo final -vamos a llamarlo- de acción, en la que la obra parece encallarse. En cualquier caso, poco importa: lo que nos hemos reído -y emocionado, gracias a esos interludios musicales, auténticos contrapuntos nostálgicos, como el Amor de importación del cantautor sevillano Manuel Cuesta-, compensa el resultado final. 

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En el plano artístico no podemos pasar por alto su alto nivel interpretativo -tanto de los protagonistas como de los más de sus 30 cameos, entre los que destaca Inma del Moral, Nacho Vigalondo o Ana de Armas, todos creíbles en medio de lo increíble-, el dar voz a bloggers reales como Haplo Schaffer o JPelirrojo, que dotan de verosimiltud la jugada, o la competente dirección de Ramos de Val, con una estudiadísima puesta en escena. Además, y esto es lo que más ha llamado la atención, sorprende por introducir una nuevo recurso expresivo: el de los tweets a pie de pantalla -especialmente trabajados- o el hecho de mostrar el número de followers en Twitter de la protagonista -que van creciendo o decreciendo en función de sus actos y/o palabras, un recurso simplemente genial-. Es la mayor muestra de agudez e ingenio de una película imposible de definir, tan paranormal como la vida misma. 

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