El viento se levanta

Cuando uno asiste, con lágrimas en los ojos, al final de El viento se levanta (Hayao Miyazaki, 2013), no sabe muy bien si esa emoción es fruto de estar ante una película tan desgarradoramente triste o, por otro lado, por haber sido testigo de la retirada del que, más que director, ha sido uno de los más grandes humanistas de todos los tiempos. Con 73 años, el llamado Walt Disney oriental, decidió despedirse del séptimo arte con una película en la que se condensan todas las máximas del Studio Ghibli, mítica compañía de la que es cofundador y que ha alumbrado éxitos como Mi vecino Totoro (1988), El castillo ambulante (2004), La tumba de las luciérnagas (1988) o El viaje de Chihiro (2001), atesorando ésta última el único Oscar del estudio. En efecto, en El viento se levanta se dan cita el amor indiscriminado por la naturaleza -que ofrece aquí su lado más bello, pero también el más destructor-, el poder de los sueños, el alegato antibelicista y el amor como principal impulsor para cambiar las cosas. En el plano técnico se mantiene la técnica de la animación tradicional, principal seña de identidad de la compañía, mientras que a nivel de guión se rompe con lo establecido hasta ahora al tejer por primera vez un relato sobre una historia real y no en el mundo fantástico, tal y como Miyazaki nos tenía acostumbrados.

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Podríamos definir a El viento se levanta como una especie de biopic de Jiro Horikoshi, un joven obsesionado con volar al que su miopía -deficiencia que comparte con Miyazaki, que tenía claro cuando empezó a trabajar en esta película en 2008 que iba a ser su último trabajo por este motivo- impidió hacer realidad dicho sueño. Así, tendrá que conformarse con ser ingeniero aeronáutico, llegando a diseñar uno de los artefactos más temidos de la Segunda Guerra Mundial: el caza Mitsubishi Zero japonés. Mientras tanto, el joven tendrá tiempo de enamorarse de Nahoko Satomi, una joven enferma que le dará la fuerza y la energía para perseguir sus metas. Basada en una novela de Tatsuo Hori, llaman la atención las críticas que recibió la película en el Festival de Cannes por cierta parte del público, que vieron paradójico que, al mismo tiempo que Miyazaki pretende enarbolar de nuevo la bandera pacifista -denunciando, por ejemplo, el terrible uso de unas herramientas tan útiles para el hombre como los aviones, que lo mismo sirven para repartir comida a los necesitados como para matar-, su película se encargue de glorificar a un individuo como Horikoshki, artífice de semejantes inventos. Argumentos que pierden su peso al entender la verdadera razón de ser del último artefacto del genio: conviene siempre luchar por perseguir nuestros sueños, excepto cuando éstos pueden hacer flanquear los límites de la ética y la moralidad. 

Trufada de referencias literarias, desde La montaña mágica de Thomas Mann -novela que versa en torno a temas como la enfermedad, la muerte o la política, de gran importancia también en la película- hasta ese verso de Paul Valery que abre la obra –¡el viento se levanta!, ¡hay que intentar vivir!, que condensa toda la filosofía y espíritu de la misma-, El viento se levanta se sitúa un escalón por debajo a lo que su creador nos tiene acostumbrados, en parte por sus saltos temporales poco claros y una duración innecesariamente alargada. En el otro extremo de la balanza tenemos la gran habilidad de Miyazaki por saber usar la paleta de colores, regalándonos algunas de las más bellas estampas de su carrera, en la que predomina el color verde, del que se hace todo un estudio. Los paisajes, trazados -excepto algún momento puntual hecho por ordenador- con una técnica manual a la que el imparable uso digital hace presagiar una muerte inminente, respiran oxígeno y libertad, hasta el punto que dan ganas de quedarse a vivir en ellos. De entre todos sus fotogramas al aire libre, en los que destacan unas nubes preciosistas, sobresale el escogido para el cartel promocional: el de la protagonista pintando un cuadro en el esplendor de la hierba, justo antes de que la naturaleza se manifieste en su otra vertiente: la mortífera. Ese terremoto en la región de Kanto en 1923 nos recuerda lo delgada que es la frontera que separa lo bello de lo tenebroso, la vida de la muerte. 

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Nominada al Oscar y al Globo de Oro a la Mejor Película de Animación -galardones que finalmente recayeron en Frozen. El reino del hielo (Chris Buck & Jennifer Lee, 2013)- y proyectada en Festivales tan prestigiosos como Sitges, Venecia o San Sebastián, El viento se levanta es cine inexcusable para aquellos amantes de las películas narradas con gusto, delicadeza y sensibilidad. Quien intente descifrar el secreto de su intensidad lo tiene fácil: lo artesanal, con sus aciertos e imperfecciones, equivale a verdad. La misma que rezuma su mensaje principal: cada ser humano dispone de un único decenio de creación. Aunque al virtuoso poeta de las imágenes Miyazaki este periodo se le quedara corto. Te echaremos de menos. 

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