Joven y bonita

Si hay una palabra que defina a Joven y bonita (François Ozon, 2014) sería envolvente, tanto o más que el anterior trabajo de su director, En la casa (2012), por el que el parisino logró el máximo reconocimiento en el Festival de San Sebastián. Con una caligrafía parecida al de aquella, Ozon nos regala en esta ocasión una obra de factura impecable, presa de una atmósfera particularmente tortuosa donde hasta las subcapas tienen subcapas, al tiempo que se confirma como alguien que disfruta invitando a la reflexión al público, dejando que sea él quien saque sus conclusiones, el que termine de ligar un guión abierto a varias interpretaciones. Escrita y dirigida por él, el director se centra en esta ocasión en el tema de la prostitución. Y lo hace lejos de la recurrente mirada con la que el cine siempre ha observado lo que algunos llaman drama pero que, aquí, se alza como una opción igual de válida que cualquier otra. En las antípodas del relato de esa mujer, desesperada y sin recursos, que se lanza a hacer la calle porque no le queda otra forma de ganarse la vida -una mirada válida, qué duda cabe, que además nos ha regalado joyas como Princesas (F. León de Aranoa, 2005)-, lo que hace distinta a la última obra de Ozon es por hablar sin tapujos sobre un fenómeno en auge: el de las jóvenes adineradas que se prostituyen simple y llanamente porque quieren. 

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Una de estas jóvenes es la atractiva Isabelle (Marine Vacth) que, con tan sólo 17 años, empieza a vender su cuerpo a espaldas de su familia. Las motivaciones de semejante decisión nunca aparecen definidas, aunque las opciones son diversas: desde el mero hecho de sentir placer -motivada por la fascinación que le produce su autodescubrimiento sexual- la necesidad de querer suplir la falta de afecto de una ausente figura paterna o que todo se deba, en definitiva, al periodo de la adolescencia, inherente a la curiosidad por lo prohibido, por probar cosas nuevas. Altamente impredecible y amarrada a un guión que se empeña en salirse del tópico y crear su propio discurso, lo que está claro es el carácter innovador de una cinta que habla de una prostituta universitaria, sin problemas económicos y orgullosa de ser dueña y señora de su propio cuerpo; un cuerpo hermoso con el que siente que puede dominar a los hombres sin problemas. Una óptica en la que algunos verán un tufo machista; un servidor, por el contrario, ve todo lo contrario: las mujeres deberían estar agradecidas a Joven y bonita por romper una lanza a su favor, por ser una oda, sin precedentes, a la liberalización sexual. Sin entrar a juzgar el comportamiento de su joven heroína -una intérprete con muchísimo ángel, nominada como mejor actriz revelación en los César-, lo que aquí se nos muestra es a una adolescente que en cada uno de sus furtivos encuentros, en todos y cada uno de sus besos previo pago, busca forjarse una identidad que nada ni nadie tiene derecho a juzgar. ¿Forjarse una identidad?

En efecto: es increíble -y altamente reconfortante- lo segura de sí misma que se muestra una película al hablar de algo que hasta ahora parecía tabú: una mujer no sólo puede dedicarse por su propia voluntad a la prostitución, sino que puede incluso haber nacido para ello -ese clarificador “tienes que entenderlo: yo soy así”, que la joven Isabelle le dedica a su hasta entonces pareja-. La cinta esquiva el drama familiar y, con una facilidad inaudita para hacernos penetrar en la historia desde el primer fotograma, sorprende en su ecuador con un inesperado giro al thriller; un acontecimiento imprevisto por el que la película entra en una espiral de consecuencias imprevisibles. Supondrá, además, la prueba de fuego definitiva por la que Isabelle tendrá que demostrarse a sí misma si realmente ha escogido la opción correcta: si, tal y como hasta ahora estaba convencida, ha nacido para complacer a los demás. Termina de redondear este artefacto tan sutil -en las nada gratuitas escenas de sexo- pero tan perverso a la vez, una banda sonora súper amoldada a la acción, como la crepuscular “Midnight City” de M83 o las arteramente escogidas “L´amour d´un garçon” y “A quoi ça sert” de Francoise Hardy. 

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Accesible a todo tipo de público, pocas películas tienen la virtud de condensar en una estampa el fin de la misma: me refiero a ese puente repleto de cerrojos, perfecta metáfora del aprisionamiento al que nos somete la sociedad, ya no sólo a los que ejercen una profesión intoxicada de prejuicios como la prostitución, sino contra todo aquello que se salga de los cauces tradicionales. ¿Quién es quién para decidir qué es lo bueno y qué es lo malo?, ¿con qué autoridad nos atrevemos a opinar sobre la vida privada de los demás cuando -y recurriendo a la terminología religiosa- quien esté libre de pecado que tire la primera piedra? -ese padrastro intachable a punto de dejarse arrastrar por la tentación-. No se trata de amordazar a nadie, pero si esta película sirve para que una persona, una sola, evite las ganas de emitir un juicio de valor sobre alguien sin tan siquiera conocer las miles, millones de variables que le han llevado a actuar de una determinada manera, habrá merecido la pena. 

 

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4 pensamientos en “Joven y bonita

  1. Mientras en muchas películas la laxitud y falta de concreción es un hándicao en esta es una virtud. Lo mejor que tiene la peli, en mi opinión, es que te deja abierta a la valoración. Orzon es un sutil creador de polémicas pero su halo es tan cuidadoso que no parece que lo esté haciendo. El te plantea la historia y ya está. Se pueden inducir muchas cosas.

  2. Me ha encantado. Gracias por la recomendación. Isabelle es un personaje misterioso: a veces blanca, a veces negra, gris casi siempre…

    Me encanta que no se aprecie ningún tipo de juicio del director en la película, ya que deja al espectador sacar su propia conclusión sin intoxicarlo con sus prejuicios como autor.

    Tengo que decir lo mismo que cuando vi En la casa: peliculón.

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